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Apunte histórico

Esencias y costumbres

 

Luis Negro Marco Luis Negro Marco
19/04/2019

La Pascua (conmemoración cristiana de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo) tuvo lugar –según los Evangelios– durante la celebración de la Pascua Judía. De ahí que las fechas de su celebración estén estrechamente relacionadas con la Pessah (paso), fiesta en que los hebreos celebran la salida de Egipto del pueblo de Israel y el paso del Mar Rojo en su éxodo hacia la tierra prometida por Dios.

Sin embargo, no fue sino hasta el año 325 cuando, en el concilio ecuménico de Nicea, convocado por el emperador romano Constantino, se decidió que la fiesta cristiana de Pascua (la Resurrección de Jesús) habría de celebrarse siempre en domingo –nombre derivado del latín Dominus (señor)–. Un domingo, por lo demás, concreto y variable: el primero a contar desde la primera luna llena que tiene lugar tras el comienzo de la primavera (en torno al 21 de marzo), oscilando sus posibles fechas de celebración entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

Pero, en realidad, la Semana Santa tiene más de siete días; comenzando por el Domingo de Ramos en que se celebra la entrada de Jesús en Jerusalén, recibido con ramos de palmeras, y aclamado con gritos de Hosanna (sálvanos) y Rey de Israel. De ahí la bendición de Ramos, que evocan el cobijo que, en el desierto de Elim, ofrecieron las palmeras al pueblo de Israel, en su éxodo hacia la tierra prometida.

Ya integrados en la Semana Santa, el día de Jueves Santo era costumbre poner delante de los altares de las iglesias un candelero triangular con velas encendidas, las cuales se iban apagando sucesivamente tras la lectura de cada salmo, significando que al igual que las llamas extintas, al acercarse la muerte de Jesús, sus discípulos le abandonaron. Así mismo, permanecía una vela encendida, debajo del altar, representando a Cristo.

DÍA DE LUTO

Viernes Santo es el día de manifestación de luto en la Iglesia por la muerte en la cruz del Salvador; jornada de dolor que precede al Sábado Santo, símbolo de la fe y esperanza de su Resurrección. De ahí que muy antiguamente el sacramento del bautismo (la resurrección con Cristo a una vida nueva) no se imponía sino en este día y en el del Sábado de Pentecostés. Los bautismales portaban una vela encendida y vestían ropas blancas (albas) en señal de inocencia, que habían de llevar durante ocho días (semana in albis) hasta el Domingo de Quasimodo (siguiente al de Pascua) así llamado porque en ese día, era esta la primera palabra con que comenzaba el salmo de la misa.

El Domingo de Pascua es la culminación de la Semana Santa, la Resurrección del Redentor, después de que María Magdalena, acompañada de otras dos mujeres, descubriera que el sepulcro donde Jesús había sido enterrado estaba vacío. Y para hacer creíble al mundo esa verdad, siguieron diversas apariciones de Jesús a sus apóstoles a lo largo de los 40 días que transcurrieron antes de su definitiva Ascensión a los cielos. Un motivo de alegría que, en la Edad Media, tuvo su prolongación durante toda la semana posterior al domingo pascual (conocida como la Octava de Pascua), aunque actualmente solo perdura como festivo (y no en todos los lugares) el lunes inmediato, día en que tienen lugar numerosas romerías y en el que hacen su aparición las dulces monas de Pascua (del árabe munna, provisión de boca). Por influencia anglosajona son habitualmente presentadas en vistosas y artesanales figuras de chocolate (originariamente un conejo: el Easter Bunny de la Pascua inglesa); sin embargo, en España las monas de Pascua son, tradicionalmente, roscas a base de harina, huevos –que también pueden aparecer cocidos e incrustados con su cáscara en la masa– y azúcar; elementos (el huevo) y forma (circular) que a su vez son símbolos del ciclo infinito de la vida: nacimiento, muerte y renacimiento, muy acordes con el significado de la Semana Santa.

Finalmente, destacar que es al emperador francés Napoleón Bonaparte a quien se atribuye el origen de las tortillas del lunes de Pascua cuando, estando con su Armada en la localidad francesa de Bessières, ordenó se hiciera una omelette (tortilla) gigante para sus tropas. Sin embargo la costumbre de la tortilla pascual sería una manifestación mucho más antigua y extendida por toda Francia, especialmente en la región de Occitania. Una tradición que, en España, encuentra su paralelismo más próximo en la ciudad de Teruel, donde el martes posterior al Domingo de Pascua es festivo, y los turolenses lo celebran con comidas campestres. Una fiesta a la que, ya a finales del siglo XIX, la prensa local bautizó con el sugerente nombre de El Sermón de las Tortillas.