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ZARAGOZEANDO

No confunda el autillo con el sapo partero

 

Carlos Pérez colabora con el anillamiento científico de aves. - JAVIER BELVER

Un grupo de aficionados durante la ruta ornitológica por el Parque Grande de Zaragoza. - JAVIER BELVER

David Chic David Chic
02/06/2019

La mañana es ventosa y eso complica la observación de aves. Además, el persistente rumor del cierzo en las ramas de los árboles del Parque Grande de Zaragoza impide escuchar con claridad los matices de los cantos. Pero con una guía acostumbrada desde la infancia a prestar atención a los trinos y gorjeos solo hace falta un poco de calma para distinguir claramente el zorzal charlo de la curruca.

La naturalista de SEO/Birdlife Ángela Felipe es la encargada de repartir los prismáticos entre los curiosos que se han apuntado al paseo ornitológico. Un problema. Los cuatro niños tendrán que compartir los de menor tamaño. «Jo», lamentan. El resto del grupo recibe las primeras instrucciones y un consejo valioso: lo mejor es caminar despacio y en silencio.

Los parques de Zaragoza desbordan biodiversidad, según les gusta decir a las organizaciones ecologistas. Más allá de la jerga, caminar por sus senderos es una experiencia muy gratificante si se presta la suficiente atención y se tienen unas pocas claves. Con ropa de montaña de colores pardos, Felipe desgrana los diferentes ecosistemas que se pueden intuir en el recinto. Mientras, una paloma torcaz observa con interés desde una rama de pino junto a la estatua de el Batallador.

La media docena de interesados en las aves se han reunido junto al Aula de la Naturaleza que en un extremo del parque se ha convertido en referencia ineludible para los aficionados. Las rutas ornitológicas cuentan con el amparo del Ayuntamiento de Zaragoza y se desarrollan en varios turnos durante algunos fines de semana del otoño y la primavera. Cada uno tiene sus peculiaridades, pues en los meses de octubre y noviembre la mayoría de los avistamientos corresponden a aves migradoras o invernantes. Ahora estamos en plena época de nidificación y esto supone encontrar ejemplares dispuestos a mostrar sus plumajes en todo su esplendor.

«Yo una vez vi una paloma muerta», le indica uno de los niños a la naturista que se esfuerza por explicar –con la ayuda de una guía ilustrada– los diferentes tipos que viven en la ciudad. Las más habituales las torcaces, las bravías y las turcas. Una clave: estas últimas –de color marrón claro– llegaron a la ciudad procedentes de los Balcanes en los años treinta.

Lavanderas y currucas

El Parque Grande sorprende por la multitidud de aves que se camuflan en su interior. Los arbustos enmarañados y los setos se asemejan a un bosque frondosos para acoger herrerillos y petirrojos. Con un poco de paciencia no es difícil divisarlos. Las fuentes, el cercano canal y el río Huerva acogen decenas de ánades, pollas de aguas, lavanderas y hasta el destacado martín pescador. «La variedad es sorprendente, es bonito descubrir las diferencias entre las especies», indican.

El grupo, aunque no es fácil, asimila los trucos de los naturalistas. Así el camuflaje de los pájaros pierde su efectividad y el canto revela escondrijos secretos. Así se aprende que los agujeros que dejan las ramas al caer pueden ocultar pequeños agateadores que recorren los troncos de los pinos buscando insectos y larvas por su corteza. Y los más interesados se irán a casa sabiendo diferenciar entre un gorrión molinero de uno común. El primero lleva una mancha blanca en el cuello.

La glorieta con el monumento a Miguel Fleta se conoce como la plaza de los estorninos. Pobre tenor, con lo vanidoso que era. También se encuentran en ella algunos de los nidos de murciélagos que se han instalado por la ciudad. Y el esquivo autillo, un diminuto búho que de deja ver en contadas ocasiones. Felipe imita su canto con maestría, aunque reconoce que es el único trino que se le da bien reproducir. «Es importante conocer su canto porque a veces se puede confundir con el sonido que hacen los sapos parteros», precisa. Anotado queda.

Los ruidos de la ciudad son uno de los grandes problemas a los que se enfrentan estos ecosistemas urbanos. Además, hace que los depredadores pasen más desapercibidos, algo que aprovechan los gatos para ponerse las botas. Sin embargo, el vivero municipal, en el extremo Sur del parque, es un remanso de paz a pesar del incómodo viento. Atravesar su verja, cerrada con cadena y candado, es entrar en un mundo diferente, salvaje y ordenado a partes iguales.

Anillamiento científico

«Los ruiseñores no se ven, solo se oyen», explica el ornitólogo Carlos Pérez al evidenciar lo complejo de su captura para proceder a su anillamiento científico. Esta es la última parte de la ruta y la más esperada por los aficionados. En unas bolsas de tela de colores pastel esperan algunos de los ejemplares que serán registrados delante de los curiosos. Los niños flipan cuando depositan uno de los ejemplares en sus manos para que ayuden en su liberación.

El anillado, según el naturalista, permite obtener mucha información sobre las especies y sus hábitos. Además, con un pequeño alicate libera de una garrapata a papamoscas cerrojillo que ha identificado. Pesa poco más que un azucarillo y recore 3.000 kilómetros para llegar al Sáhara.

Los parques de Zaragoza son una sorpresa. Cuando uno menos se lo espera aparece entre las ramas una oropéndola con su plumaje amarillo. Los miembros de SEO/Birdlife recomiendan repetir la ruta en otoño para ver la otra cara la ruta. Casi todo el grupo asegura que regresarán.