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ZARAGOZEANDO

Publicar sin filtros

Un fanzine permite expresar con pasión las ideas que se pierden en los márgenes

 

La editora Rosa Serrano además de la impulsora de Bolboreta Press, con una residencia en Harinera Zaragoza, es coleccionista de fanzines. - NURIA SOLER

David Chic David Chic
04/03/2020

Están en los bares, como un puñado de hojas dobladas. En el rincón de algunas librería. En las ferias de ilustradores, o en algunos conciertos de espíritu alternativo. En el salón del cómic. En los centros cívicos y los de inspiración comunitaria. El fanzine se resiste a desaparecer. El medio de expresión sin filtros por excelencia, entre el panfleto y la miniatura artesana, goza de una salud envidiable gracias a colectivos que lo adoptan por su fuerza e inmediatez.

Los títulos que están en circulación en Zaragoza son ingentes. Desde los detallistas Amor de Primas o Bistec Negro hasta los salvajes Estafermo o Cómix y cigarrillos. Todos ellos unidos por una pulsión especial relacionada con la libertad, en la que forma y fondo se entremezclan en una mezcla de tintas, recortes, garabatos y viñetas. Algunos de los fanzines toman la forma de revistas, con su numeración poniendo orden en el caos. En este campo destacan los veteranos como Malavida, especialistas en un humor costumbrista y algo cafre, así como los más conceptuales de Voluntas.

El centro comunitario Harinera, en el barrio de San José, se ha convertido estos meses en la residencia de Bolboreta Press, una editorial que profesa devoción y admiración por este medio expresivo. De hecho, en libros poéticos como Porto de Marina G. Godoy exploran al máximo las posibilidades de las páginas dobladas, la estampación y el formato. Gracias a los talleres que han organizado han publicado fancines como Electrografiks en los que son los niños los que aportan contenido. La libertad estética y temática vuelve a marcar la pauta. «Nació para que colectivos que no tenían acceso a los medios dominantes tuvieran libertad para expresarse, un espíritu que se mantiene a pesar de que las tecnologías lo han limitado a un público más especializado y curioso aunque siempre relacionado con la pasión», explica Rosa Serrano.

Bolboreta usa para sus fanzines el método de la risografía, una mezcla de tintas que les permite efectos similares los de la serigrafía. El espacio de su residencia destaca por la enorme máquina impresora, así como por la acumulación de publicaciones. Todo con un colorido fuera de lo normal. Así es fácil que los niños se interesen por una técnica que fácilmente puede pasar por una herramienta educativa.
Serrano, junto con el diseñador Gillermo Mendoza, ya han impulsado varios talleres para fomentar el fanzine como herramienta pedagógica. «Sirve para destacar el talento de los niños y adolescentes participantes», recuerda. El objetivo es fomentar la espontaneidad y las ganas de compartir. En pocos meses repetirán la experiencia con más plazas disponibles.

Politización

La librería El armadillo ilustrado, en la calle Las Armas, es el espacio oficialista en la ciudad para hacerse con un buen puñado de los fanzines de la escena local. Sus dueños, le han prestado una especial atención a esta tarea de selección y exposición. «Creemos que es una forma de fomentar la labor de los futuros profesionales», destaca la librera Beatriz Barbero. Como ilustradora ella mismo ha participado en diferentes publicaciones y considera que así facilitan el acceso a unos productos que generalmente «son difíciles de encontrar» fuera del circuito.

En las estanterías también se pueden encontrar obras como las del colectivo femenino Outsaider, el infantil Tebeo de piña o las curiosas propuestas realizadas por Dani García Nieto que resume en un puñado de folios obras cumbres del pensamiento como El segundo sexo de Simone de Beauvoir. Un buen ejemplo de que aquí cabe de todo. Es más, la politización del fanzine es una de sus características más evidentes. Los panfletos anarquistas en las casas okupas han servido de difusión de pensamientos al margen. Al igual que los talles que se desarrollan en los centros sociales y comunitarios. Un ejemplo de su vigencia social se encuentra entre las páginas del último premio Nacional de Narrativa, el Lectura fácil de Cristina Morales. 

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