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Los retrasos, fieles compañeros

 

04/04/2004

Avenida de la Academia General Militar. Barrio del Arrabal. Seis y treinta y cuatro minutos de la tarde. Una quincena de jóvenes estudiantes espera la llegada del autobús a la intemperie. No hay marquesinas para protegerse de la lluvia. Solución: compartir paraguas.

El autocar llega con dos minutos de retraso sobre el horario previsto. "Los embotellamientos en esta línea suelen ser muy frecuentes, porque cruza toda la ciudad --desde el Arrabal a Miralbueno-- y nos chupamos todos los atascos. Y a esta hora la gente sale de trabajar, lo que complica más el viaje", critica el conductor.

Los problemas comienzan a la altura del cruce de la MAZ. El semáforo está verde para el autobús, pero no puede avanzar por la saturación de vehículos. "Es lamentable que ocurra esto en una intersección bien regulada", denuncia el chófer. Ningún agente de Policía Local regula el tráfico.

El autobús desciende por la avenida. En dos ocasiones, varios coches impiden que el autocar se detenga en las paradas que le corresponde. Y se ve obligado a hacerlo a varios metros de la acera. La situación se repite en la calle Sobrarbe. Se forma una larga cola de vehículos detrás del bus.

"Esta hora suele ser terrible, porque salen de trabajar los obreros de Parque Goya y el autobús se llena enseguida y más de uno se queda en la calle", afirma Mercedes Fernández, estudiante de Empresariales de 19 años. Hoy, por suerte, otro autocar ha pasado un poco antes y se ha llevado al grueso de pasajeros. Sin embargo, diez minutos después del inicio del trayecto, dos terceras partes del bus están ocupadas.

"Todos los días tengo 50 minutos de viaje. A las ocho de la mañana también suelen producirse saturaciones de usuarios y a menudo te toca esperar a que llegue otro bus de apoyo", señala Mónica Asensio, una joven de 16 años que trabaja en la MAZ.

Los atascos suelen formarse en zonas como el paseo de Isabel la Católica, la avenida Gómez Laguna, Cortes de Aragón --donde los coches aparcados en doble fila ocupan uno de los dos carriles del tráfico-- o Vía Hispanidad.

Precisamente, es en Vía Hispanidad donde la circulación se convierte en un continuo acelerar y frenar a ritmo de paso castrense. Un, dos, un, dos. Un camión estorba en una parada de autobús, y cien metros más adelante, la escena se repite. Consecuencia: solapamiento de autocares hasta el final del viaje.

El autobús empieza a vaciarse en el barrio de Delicias. Al fin, en Oliver y Miralbueno, el tráfico se descon-