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ZARAGOZEANDO

El Tubo: más callejero que nunca

Las multitudes no pueden ocultar las puertas cerradas de algunos locales míticos. Los grupos se aprietan en las calles y cualquier tonel sirve para comerse una croqueta. «La vida en estas calles es importante, pero hace falta que la gente se conciencie», alerta Corita. Curro llegó desde Granada y toca la guitarra en la calle Libertad para pagarse «los tomates»

 

Las callles del Tubo zaragozano se llenan de animación (con mascarilla) el fin de semana. - NURIA SOLER

Curro, con su guitarra, en El Tubo. - NURIA SOLER

David Chic David Chic
21/11/2020

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Las calles del Tubo en la mañana del 21 de noviembre.

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Si hay vermú hay esperanza. Un lema vital al que parecen aferrarse los cientos de zaragozanos que no temen a la pandemia y aprovechan los últimos días del otoño para callejear y cumplir con el ritual. Una cerveza, un chato. Unas croquetas. Lo que podría parecer una mañana de pandemia, triste y abatida, en las calles del Tubo se convierte en una celebración improvisada de lo transitorio y en un brindis por los bares que han cerrado por culpa de las restricciones. «Hemos venido para hacer gasto», reconocen algunos grupos de paseantes. Ni más ni menos.

El periodista Miguel Ángel Brunet definió en los años noventa este entramado de calles como «el ombligo de Zaragoza». Sus crónicas estuvieron llenas de «bares por todas partes, donde los náufragos beben vasicos de vino y trasiegan bocadillos de calamares». Olía a gloria bendita, hasta el punto de que para entrar en el cielo era necesario pasar por El Tubo. Luis Buñuel, José Oto, Miguel Fleta y Paco Martínez Soria. «Núcleo abigarrado de habitantes, espejo de una sociedad envejecida, como sus casas y calles, que se resiste a dejar de ser joven». Todavía hoy se puede encontrar a Corita Viamonte recibiendo saludos de sus vecinos. «¿Qué tal, reina? Hace veinte años que te conozco y estás igual», le grita a su paso el propietario de El Champi, Gregrogio García.

En la puerta de su local, justo en una de las cuatro esquinas que forman el cruce de las calles Libertad y Estébanes celebra lo asequible de sus tapas (mítico montadito con tres cabezas de champiñón) y la calidad de su cerveza, de fabricación propia. Reivindica, en esta etapa de repliegue hostelero, su labor como pionero. «Uno de mis primeros clientes era un yonki que bajó de la casa de enfrente a pedirme un limón», recuerda entre risas.

Aquel ambiente quedó atrás. El Champi, Bodegas Almau, el bar Texas (ya cerrado) fueron en el año 2002 los negocios encargados de reflotar las glorias pasadas del Tubo. Volvieron a lo de siempre, manteniendo en lo posible aquella estética de calles estrechas, carteles de brandy  Veterano de las bodegas Osborne y ofertas de pajaritos fritos. «El problema del Tubo no son los horarios de cierre, será la crisis brutal que se nos viene encima», predice con tristeza.

La propia Corita, cupletista de pedigrí y amante de aquel Tubo «de camareros con la servilleta en el brazo y tabernas oscuras» celebra que un entorno mítico como el que forman estas calles se mantenga con vida, pero advierte sobre los excesos. Ella misma ha tenido que pasar 17 días de cuarentena contagiada por el virus, con molestias leves, fiebre y falta de sabor. «La vida en el Tubo es importante, pero hace falta que la gente se conciencie», insiste. En su memoria aún guarda locales como el Angelito, en el que solo se servía zurracapote. Está claro que las multitudes no pueden ocultar vacantes históricas, algunas muy recientes, como la de casa Pascualillo.

Las Instantáneas zaragozanas de Gabriel Escalante todavía miran más atrás en el tiempo, a los años cuarenta. En La Vital del Coso la caña costaba 0,40 pesetas, el helado de chocolate, 0,25 y el bocadillo una peseta solamente. «El Tubo y los abundantes cafés eran lugares frecuentados por los tratantes de ganado, entre los cuales la palabra dada era ley», detalla fijando su mirada en esos viajeros ataviados con las ropas del altoaragón (ansotanos, fundamentalmente). Estancos, teatros llenos de vida. Las cosas poco han cambiado al ver a los zaragozanos vestidos de domingo (hasta en la mascarilla se nota lo importante que es dejarse ver) aprovechando sus horas libres en perderse por esquinas que en su día llevaron bastante mala fama.

Paciencia

El que no se pueda consumir dentro de los locales ha sacado a la gente a la calle, a pesar del frío. Los visitantes esperan hasta veinte minutos con paciencia en la entrada de los solares transformados en terrazas y condenados a recibir la visita intermitente de la Policía Local para comprobar cómo se respetan las distancias. Cualquier tonel, cualquier taburete, sirve para apoyar el plato de croquetas que sale de barras como la de Vinos Nicolás. Las mesas de Distrito México se expanden por la calle Ossau ampliando el territorio de tapeo por límites que los clásicos no hubieran podido ni sospechar.

«Los clientes, los días que hace bueno, se están pegando por las mesas», explica entre un trasiego de salmueras y cañas Miguel Ángel Almau en la puerta de su bodega. Trata en lo posible que todo el mundo cumpla con la obligación de la mascarilla y se mantengan en grupos de menos de seis personas. Pero así como avanza la tarde las cosas se complican. «La gente necesita socializar», empatiza. No es para menos: con las discotecas cerradas quedan pocas ocasiones de intercambiar impresiones (y lo que no son impresiones) con desconocidos. Así que las mesas cercanas pueden ser una buena pista de baile.

Ahora el entorno lleva fama de ser caro. Podría ser, pero ofrece muchas otras cosas que no se pagan con dinero. Una de ellas posiblemente sea Curro, uno de esos artistas callejeros que se arriman a la calle Libertad con la esperanza  de recibir unas monedas. Lo suyo es el ventilador, el la quiero a morir y el hola, mi amor, tengo que hablar contigo de Junco. Derrocha vitalidad entre los abrigos y las amistades apretadas para conservar el calor. «Aquí llueve mucho», resume.

Rumbas canallas

Las rumbas llenan las calles con un aire canalla que no se encuentra en otras zonas de la ciudad. «Vengo de Granada y allí la gente es más suelta, tiene más libertad», explica resignado el cantor. Pocas propinas consigue. «A veces te miran mal si pides una limosnilla para pagar los tomates, el aceite y las cebollas», parece cantar.

Brunet detalló en pocas páginas la vida callejera de los setenta, los ochenta y un poco más allá. El Tubo de entonces eran loteras, cigarreras, cabareteras. El Plata, las viejas tiendas de libros de segunda mano y la condonería La Francesa. Un salón de lujo para los limpiabotas. «El que se aburre en el Tubo es un muermo [...] aquí en todos los bares se expande, en mil fórmulas, y en frascos diferentes, la mejor receta de la alegría y la vida: la que te pone guapo por dentro y por fuera», destaca. Algo que aún se puede intuir en tiempos de pandemia. «Cada parroquiano tiene abiertos siempre en El Tubo su taberna, su cafetería, su barra o su bar de guardia», profetiza.

«Está todo como para echar a correr», grita tras la barra el propietario de Casa Uli, Santiago Ulibarrena. Una reflexión que no se sabe muy bien si hace referencia a las multitudes o al cierre a cal y canto que presentan estas calles los días de entre semana. Solo los viernes, los sábados y los domingos pueden tratar de compensar los gastos de alquileres y sueldos. «Resulta que la gente se enfada cuando a las ocho de la tarde les dices que se tienen que marchar», explican resignados los camareros de un local en la calle Cuatro de Agosto.

Victoria Pérez hace cola paciente junto a dos amigas para coger un sitio en Doña Casta. La situación es extraña. Trabaja como camarera en el propio bar, pero han presentado un erte ya que no hay trabajo suficiente desde que se han limitado los horarios y no se pueden usar las zonas interiores de los bares. Paradojas que lleva con humor: «Ahora que tengo tiempo puedo salir a tomar el vermú como el resto de siempre», afirma. Mucha gente lo piensa. Hasta algún alzacuellos se puede descubrir entre los paseantes.

Prestando atención se detectan indicios del pasado que parece cubrir el diseño y la modernidad de las nuevas propuestas gastronómicas. Un cartel con la fecha 1912. Una publicidad de los años veinte. El recorte de un periódico de los años treinta colgado en la entrada de un negocio. Ahora en algunos sitios parecen dar la espalda a esta tradición, con tipografías de diseño minimalista y espumas para engañar el hambre. «Lo único que puedo decir es que no compra nadie», dice sorprendido Modu Sec, uno de los nigerianos que patea este ombligo de Zaragoza intentando vender pulseras, elefantes y mecheros. La crisis le ha dejado sin trabajo y esto es lo único que ha encontrado para sobrevivir. Tras más de veinte años en la ciudad asegura conocer todos los rincones del Tubo, algo que al parecer no sirve para animar las ventas.

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1 Comentario
01

Por Zachary 10:20 - 22.11.2020

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Bueno, una enorme loa a esta zona zaragozana de bares por la que a todos nos gusta estar. Sin embargo hay que decir algunas cosas. En efecto, se ha convertido en una zona cara, excesivamente cara. Salir a tomar unas tapas por allí es cosa de lujo. Si, alguno saldrá diciendo que si son de mucha calidad y tal y tal, y es verdad que la mayoría malas no son sino buenas, pero como en todo la masificación se nota también en el producto. No maten la gallina de los huevos de oro. Por otro lado, que un tipo aparezca por allí con una guitarra no me parece loable. Si al menos fuera alguien que hiciera algo de aquí, vamos que cantara jotas por lo menos...Al no serlo se convierte en uno más que pide, lo mismo que en cualquier metro de Madrid: ni lujo ni nada, un pesado. Y el tipo que vende baratijas, que si, que bien que intente ganarse las judias, pero tampoco es ni original ni vende nada típico. Si se quiere cuidar la hosteleria de la ciudad hay que dar elementos diferenciales, y nada de esto lo es. Aún así, el Tubo seguirá funcionando porque a todos nos gusta.

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