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El único sueño al volante: el fin de los accidentes mortales

Los muertos en la vías interurbanas en Aragón se ha reducido un 70% desde 1990, un descenso vertiginoso que ha estado marcado por la introducción del cinturón de seguridad y el casco obligatorio, el carnet por puntos, el aumento de radares o la reforma del código penal

 

JOVEN ABROCHANDOSE EL CINTURON DE SEGURIDAD EN EL INTERIOR DE SU COCHE. - NEIMA PIDAL

ESTRELLA SETUÁIN
26/02/2020

Todavía no se habían escrito líneas sobre este diario cuando se registró el máximo histórico de víctimas mortales en accidentes de carretera en España. El año 1989 se cerró con una cifra demoledora: casi 6.000 personas perdieron la vida en carreteras del país, una cifra similar a la población actual de María de Huerva. En ese mismo año, 202 individuos murieron en vías aragonesas, pero no fue hasta 1990 cuando se alcanzó la máxima histórica en Aragón con 238 víctimas mortales. Seguramente la cifra de fallecidos fue mayor, porque en aquella época solo se contabilizaban las personas que morían en las primeras 24 horas después del accidente, mientras que ahora y desde 1993, se registran también aquellos accidentados que fenecen 30 días después del siniestro.

Los números de víctimas fueron aflojando en los años 90 hasta números más optimistas (incluso con pequeños repuntes a finales de la década de los 90), pero todavía sin llegar al objetivo de accidentes cero. Una meta de la que todavía se sigue lejos, pero por la que se han hecho grandes esfuerzos desde las instituciones, sobre todo desde la Dirección General de Tráfico. En 1992, con Miguel María Muñoz Medina al mando de Tráfico, se inició una gran campaña para conseguir reducir la mortalidad en carretera, con medidas que han sido tan trascendentales como la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad también en la ciudad y en las plazas traseras o los dispositivos de retención de niños, así como que la tercera luz de freno pasa a ser obligatoria. Ese mismo año, la DGT invirtió 15.000 millones de pesetas en sistemas para el control del tráfico y envió 14 millones de folletos explicativos con las novedades a los conductores españoles. Estos panfletos recogían los cambios en la normativa, la aprobación del nuevo Reglamento de Circulación en el que se limitaba a 50 kilómetros por hora la velocidad en ciudad (antes era de 60 km/h), el límite de velocidad en autovías se igualó al de las autopistas y pasó a ser de 120 kilómetros por hora, ya que hasta entonces era de 100. El reglamento hacía obligatorio el casco en ciudad y carretera para ciclomotores y la distancia lateral para adelantar a las bicicletas se ampliaba a metro y medio; entre otras medidas. La línea dura de las campañas de tráfico fue otra de las apuestas de este momento.

UNA PRIORIDAD POLÍTICA

Con todo este cóctel de medidas legales implantadas a principios de los 90 se consiguió una reducción en la mortalidad en carretera, un descenso nimio que en Aragón ni siquiera fue tal, ya que se entró en el nuevo milenio con cifras similares (224 muertos en el 2000 frente a 238 en 1990). No fue hasta el 2004, con la llegada del nuevo Gobierno del PSOE y la mano de Pere Navarro en la dirección general de Tráfico cuando la situación empezó a cambiar. Se planteó como prioridad política la seguridad vial. En su primer año de mandato, la DGT aumentó los radares un 26%, aumentaron los controles de alcoholemia, se hizo una vigilancia más exhaustiva del uso del casco y de los sistemas de retención y se conjugó con el impulso campañas mediáticas. El global de víctimas anual en España se redujo notablemente en más de 600 personas, cuando la tendencia anterior no había registrado descensos mayores de 200.

El verdadero cambio llegó cuando se elaboró el Plan Estratégico de Seguridad Vial 2005-2008, cuyo principal objetivo era la reducción del 40% los fallecidos (además de otras muchas medidas como la reducción de heridos, puntos negros, salidas de vía…). En ese plan, la medida estrella se implantó en julio del 2006: el carnet por puntos. No solo redujo los accidentes y la mortalidad, sino que modificó los comportamientos de los conductores. También se empezó a concienciar sobre el uso del móvil al volante.

No se llegó al objetivo, pero casi: se redujeron al 30% las defunciones en carretera en España. En Aragón, se pasó de 177 víctimas en el 2005 a 99 en el 2009, un 44% menos. A estas medidas se sumó en noviembre del 2007 la reforma del Código Penal que endureció las penas por delitos de tráfico; o la crisis económica, que redujo los desplazamientos de larga distancia por carretera y, en consecuencia, el número de muertos.

La tendencia a la baja ha seguido hasta hoy en día. En el año 2013 se alcanzó en la comunidad aragonesa el mínimo histórico de fallecidos en vías interurbanas desde 1980 y desde entonces las cifras han sufrido un pequeño repunte, manteniéndose más o menos estables en torno a las 60 víctimas anuales. En 30 años, Aragón ha reducido las víctimas mortales en accidentes de tráfico un 70%, mientras que en España las cifras de fallecidos se han recortado en un 77%. Tener unas carreteras sin víctimas todavía es un sueño. El único que se puede tener al volante. 

Un cambio en las campañas que marcó una época

La llegada de Pere Navarro en el 2004 fue un punto de inflexión en las campañas de la Dirección General de Tráfico. Mucho más directas y agresivas, buscaban impactar al conductor, llamar la atención y concienciar a través de eslóganes que hacían replantearse situaciones que podían pasar si se conducía de manera inadecuada. Siguen todavía hoy.

   
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