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El Camino de Pablo

El defensa gallego Pablo Insua disfruta de la titularidad en el Huesca después de haber superado el ostracismo y una lesión de corazón que casi le obligó a retirarse hace dieciséis meses

 

Insua pelea por el balón con Willian José en el partido contra la Real Sociedad. - EFE / JAVIER ETXEZARRETA Insua pelea por el balón con Willian José en el partido contra la Real Sociedad. - EFE / JAVIER ETXEZARRETA

SERGIO RUIZ ANTORÁN
08/02/2019

25 días en una cama de un hospital. Casi sin información, con la familia en el fin del mundo, escuchando a su alrededor un idioma que no le decía nada, para Pablo Insua fueron las cuatro semanas más largas de su vida, esas en las que pensó que el fútbol había terminado hace tan solo dieciséis meses.

Llevaba poco tiempo en la minera Gelsenkirchen cuando un virus le provocó una pleuresia, una infección en los pulmones que se complicó. «No podía ni subir unas escaleras sin agotarme», recuerda el central del Huesca. En observación tras una leve intervención para eliminar el líquido acumulado, sintió un fuerte dolor en el pecho, síntoma de una pesadilla llamada pericarditis. El reposo clínico y los medicamentos driblaron una operación delicada, pero quedaba una dura rehabilitación con una incógnita que afectaba al alma. «Esta enfermedad daña la masa del corazón. Solo sabía que si el corazón no recuperaba su ubicación podía tener complicaciones para volver a jugar. Por suerte todo pasó», reconoce ahora totalmente recuperado.

El peaje de la dolencia fue caro. 299 días de baja, diez kilos perdidos por la inactividad y tres meses sin poder poner a su corazón por encima de los 120 kilómetros. El único ejercicio que podía hacer era caminar, toda una paradoja para un chico de Arzua, villa coruñesa donde se unen las flechas amarillas del Camino de Santiago Francés y el del Norte. «El turismo es uno de los motores de Arzua. Hay muchos albergues de peregrinos. Yo lo he hecho desde allí, 36 kilómetros. ¿Hacerlo completo? Quizá en bici, pero no se sí podría andando», reconoce este gallego que cada seis meses pasa una revisión cardíaca.

Una temporada en blanco en el Schalke 04, ese club que idolatra a Raúl González y que pagó por Insua tres millones por su traspaso al Depor. Sólo pudo debutar en marzo, jugando 26 minutos ante el Wolfsburgo. Nada más. Otra dolencia muscular no le permitió disfrutar más de la Bundesliga, aunque sí de la clasificación para una Champions que debería esperar.

La oferta de cesión a Huesca fue una bendición. Un proceso de fortalecimiento, donde le ayudó su preparador personal Álex Jordán, le pusieron a tono antes de la pretemporada. Sólo faltaba competir. Pero pasaban las jornadas y no entraba en las convocatorias. Otro mazazo, ahora psicológico, en el que era inevitable pensar en un cambio de aires. «Si estás una vuelta sin jugar está claro que piensas en alguna alternativa. Entra en la cabeza, pero pensaba que podía jugar y gracias a Dios pude entrar en diciembre», afirma uno de los responsables de la recuperación defensiva del Huesca y el candado en la portería en las últimas dos semanas.

EL SUEÑO DEL KÁISER

Francisco lo convirtió en el primer fichaje del invierno un 9 de diciembre. Residual hasta entonces, marcándose un gol en propia puerta en la Copa, fue titular ante el Madrid y desde entonces sólo se ha perdido cuatro minutos. Poco a poco ha ido cogiendo la forma y empieza a expresar ese instinto para la anticipación y el choque que le hicieron ser el mejor defensa de Segunda en el 2014 y jugar 48 partidos en Primera de azul y blanco con el Dépor y el Leganés. Su presencia es una de las banderas que ondean con los nuevos vientos de esperanza por la permanencia. «Siempre mostramos confianza, trabajo e ilusión. No se dieron los resultados, aunque merecíamos más puntos, sobre todo en casa. Ahora se está viendo un Huesca más sólido y competitivo, que maneja mejor los partidos y estos resultados nos van a dar mucha confianza», declara convencido de que ‘sí, se puede’.

Hace ya unos años que Pablo tuvo que dejar el equipo de fútbol sala de su pueblo porque no había niños para jugar. Sus padres hicieron el esfuerzo de llevarle a Santiago, para que entrenase en el Rosalía, mientras sufría desde su casa con un penalti fallado por Djukic. «Pero luego ganamos la Liga. Si me llegan a decir entonces que jugaría en Primera y en el Dépor no me lo hubiera creído. Era un sueño. En esa época el Súperdepor era un grande de España, estaba en Champions. Era como jugar en el Real Madrid».

A Abegondo, escuela del Deportivo, llegó en infantiles. Pronto le pusieron mote. El Káiser, como Beckenbauer. «Siempre jugué atrás, pero me daba por subir y marcar goles, aunque ahora no meto muchos», recuerda este campeón de Europa sub-19 al que siguió de cerca el Man City. Pero uno de sus tantos es historia. Mister Insua estará en el corazón pepinero para siempre. Un cabezazo suyo en Miranda de Ebro supuso la victoria definitiva para celebrar el primer ascenso del Leganés a la máxima categoría.

Enfrascado en la mejora de su inglés, idioma universal también en el fútbol, dio en hueso con el alemán. Pablo Insua tiene el título de TAFAD. Deporte en vena. Y el queso como debilidad. No podía ser de otra forma para alguien de Arzua, donde cada primer domingo de marzo se desarrolla un festival sobre la denominación de origen local famoso en toda Galicia. «Es un queso de vaca. Se hace una festival con catas, bailes regionales, conciertos...», enumera con morriña. «Aunque el queso de Huesca también está muy rico», continúa diplomático.

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