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Deportistas aragoneses por el mundo

Delicias en los Abruzos

 

La zaragozana Eva Ortega posa con la camiseta del Montesilvano. - SILVIA CANUT

R. MARTÍ
21/01/2018

Eva tiene un intenso brillo en sus ojos. Esta chica de 28 años del barrio zaragozano de Delicias sabe que está en el mejor momento de su vida. Aparenta menos años, tiene una larga melena oscura, un hablar tranquilo y una sonrisa perpetua que ya llamó la atención desde que se fue a vivir hace algo menos de dos años a Montesilvano, un pequeño núcleo a orillas del Adriático pegado a Pescara y cercano a los Apeninos. «Este pueblo no tiene mucho misterio. Son dos calles paralelas a 10 minutos en coche de Pescara. No descarto quedarme a vivir aquí. Tienes de todo y es una zona tranquila. Porque en Roma hay mucha gente», dice.

No se da importancia y nadie diría que esta joven-veterana es una de las grandes en la historia del fútbol sala aragonés. Apenas tiene acento italiano. «Todavía no lo hablo perfecto. He sido internacional absoluta y gané el Torneo de Rusia. También fui la mejor jugadora de la División de Honor en el 2011», explica.

Milita desde hace dos años en el Montesilvano, un conjunto de la máxima categoría de Calcio a 5. «Me fui un poco a la aventura. Pero soy joven. Y si no arriesgas, no ganas. ¡Al final he ganado! Y soy profesional de este deporte», reconoce Ortega, que vive en un piso alquilado con Bruna Borges, una compañera del equipo. «Ambas somos muy independientes. Ya soy una especialista en hacer pasta y en España ya me he atrevido en cocinar pizza. A nivel deportivo no echo nada de menos Zaragoza. Soy aragonesa, pero me siento una pescarese más . En los momentos de dificultad tengo a la familia. Tengo altibajos, pero soy tranquila. Ante los problemas no me agobio. No sirve de nada», afirma.

Ortega vive feliz en su jardín. Pero le falta algo para cerrar su círculo. El Montesilvano es tercero en la Liga tras el final de la primera vuelta. El gran dominador es el Pescara, el rival local. Y Ortega quiere ganar el Scudetto. La aragonesa cree que todo es posible. «Podemos ganar la Liga. Trabajamos muchísimo y somos capaces de lo mejor y de lo peor. Llevamos muchos partidos sin perder, dos empates y tan solo dos derrotas».

Cuando Eva se pone a liderar el equipo busca la perfección absoluta. Ella misma se define como una jugadora «universal. Me gusta hacer la jugada perfecta o la jugada imposible». Lo suyo es el tiqui-taca, lo que hacía el Barcelona de Guardiola. «Desde niña he sido una jugadora de ataque. Como a Iniesta, me gusta dar el pase». Pero las exigencias del equipo le han hecho evolucionar. «Ahora soy la que hace el trabajo sucio. ¡Soy un poco leñera!», reconoce irónica. Y continúa. «Antes era más goleadora, aunque ahora he bajado las líneas. No me doy mal porque llevo muchos años en la élite profesional». Es menuda y con cuerpo de velocista. «Físicamente no tengo mucha resistencia y soy más explosiva. Estoy casi siempre en el campo. Me gusta mucho la táctica y saco todos los balones parados».

Su madurez la ha forjado con los obstáculos. La vida siempre ha sido una enseñanza para la deportista aragonesa y eso le ha aportado un punto de rebeldía ante las injusticias, ya desde que era niña en el colegio Ana Mayayo. Entonces se dio cuenta de que su vida sería el fútbol sala. Tuvo que afrontar el escepticismo de María Jesús y Manuel, sus padres. «En el recreo las niñas se ponían a jugar con las muñecas y a saltar la comba. A mí sin embargo me atraía le balón. A mis padres les costó decirme que me pusiera a jugar», reconoce.

En los recreos era la única chica futbolista entre los chicos. «No les sabía bien a los niños que una niña pequeñita y delgada metiera goles y se enfadaban si ganaba». A la larga jugar con niños hasta los 14 años fue la mejor preparación para Ortega. «Se nota jugar con chicos, porque te proporciona más fuerza». Con 13 años Eva llegaba a jugar hasta cuatro partidos el fin de semana. «Hasta que con 14 años debuté con el Foticos en la Primera. Mi primer partido fue en la Bombarda frente al Cabanyal», afirma.

Ortega siguió haciéndose fuerte en momentos dolorosos. Tras el Mainfer llegó su etapa en el Natudelia. «No nos pagaban, me planté y fui la única del equipo que estuvo seis meses sin jugar. Me entrenaba con un equipo de Helios. Después pagué mi ficha y compré mi carta de libertad. Fuimos nosotras las culpables puesto que no nos hicimos respetar. El fútbol sala no tiene reconocimiento y, por desgracia, nunca lo tendrá. No cobrábamos millones y eso me parecía una falta de respeto a la persona», afirma.

Su último equipo de élite en España fue el Diamante la Rioja. «Jugamos en Zaragoza frente al Natudelia en La Granja y nos jugábamos la permanencia. Metí un gol y lo celebré. Me criticaron por eso en Zaragoza. El año siguiente desapareció el Natudelia». Un año más tarde Eva conoció, por fin, su paraíso al pie de los Abruzos.

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