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LA OPINIÓN DE ALFONSO HERNÁNDEZ

El perfume evaporado

 

El perfume evaporado - EFE

Alfonso Hernández Alfonso Hernández
08/04/2019

Lo del Huesca es puro romanticismo no exento de ingenuidad y de arrojo en la desesperación, dos valores que distinguen al amante clásico cuando la pérdida de lo querido se presenta irremediable. Morales, como antes Benzema y después Iago Aspas, le cogió escribiendo poemas melancólicos en defensa, donde Diéguez y Mantovani, con Galán deshojando margaritas en su banda, ofrecieron todo tipo de facilidades. Después, igual que contra blancos y celestes, le explotó la vena suicida, acompañada de fútbol, de valentía, de goles y ocasiones. Nada le es suficiente para escapar del que parece su destino aunque insista en escalar balcones y torreones; montañas y cordilleras... Cada jornada que se desprende del almanaque, sus versos liberan un aroma a despedida pese a que se saque el corazón del pecho. Esta vez para desbordar en la segunda parte a un Levante con más oficio pero superado por ese torrente pasional que brota de un condenado a muerte que apela por su vida de tribunal en tribunal.

Los últimos encuentros del Huesca se han convertido en perfecto material para una tragedia, con su inevitable epílogo fatal. Episodios que fusionan sobre la misma línea argumental a seres humanos que yerran y héroes que se reconstruyen sobre sus propias cenizas, una especie de trama quijotesca que irrita y enternece. Que deja el espectador hundido en su butaca aun rompiendo a aplaudir por empatía. Sin duda, una obra con una profunda carga emocional en el desarrollo de la lucha por la permanencia, ese gigante entre molinos de viento que amenaza a un Huesca descabalgado de su Rocinante. En el Ciudad de Valencia, frente a un rival directo a quien tenía que ganar, volvió a ser ese equipo de renglones torcidos y letra redonda. Imprevisible, bipolar. Demasiado para a quien apenas le queda su sangre en el tintero para trazar la salvación.

Diéguez fue detrás de Morales con el tren y el billete perdidos en el primer gol granota que el Comandante regaló a Roger. Una vez empatado el partido con un cabezazo de Enric Gallego, a los pocos segundos Mantovani se lanzó a deshora y dentro del área sobre la carrera de Morales, un derribo castigado con penalti. Bofetada tras bofetada, el Huesca se rehizo como si necesitara ser castigado para reaccionar. Volvió a igualar el Chimy con uno de esos tantos tan suyos, una pelota dividida a la que acudió como una fiera rabiosa. De nuevo en una acción gestada a balón parado, Enric Gallego ramató al larguero con el Levante y Aitor Fernández, su portero, resistiendo las oleadas de Juanpi, Ferreiro, más tarde Melero, todos ellos procedentes del banquillo. Siempre Chimy blandiendo la espada en la batalla aunque su cabeza ruede colina abajo.

Pero el reloj de arena consume sus últimos granos y este Huesca soñador y náufrago no recibe correspondencia del otro lado del mar. Quizás porque escribe sin remite a un perfume que se evaporó el primer día que emprendió esta aventura de romántica e inalcanzable reconquista.

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