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REPORTAJE

Toda una vida

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    JORGE PEREZJORGE PEREZ 15/11/2004

    Santiago Noeno lleva de directivo en el Oliver, como suele decirse, desde que se hacía la mili con lanza . "Entré con 18 años. Primero fui coordinador porque era menor de edad y no podía ser directivo, y a los 24 años entré de directivo", comenta.

    Se ha tomado sus descansos, pero se acercan a 40 años los que ha dedicado al club de sus amores, con el que ha sufrido mucho: "He llorado al bajar de Tercera División, cuando estaba mi amigo Vicente Arilla de entrenador". También ha tenido momentos agradables, el último la temporada pasada: "Cuando me enteré de que se había salvado el División de Honor, casi me da un infarto".

    Lógicamente, también conoció la unión con el Urrutia: "Cuando se fusionó terminaba un grupo de juveniles en el que estaba el padre de Cani, pero hubo otra". Ha vivido siempre en el barrio, y fue uno de los artífices de que la antigua Camisera fuera el campo del equipo: "Yo iba a cogerle fruta a la usufructuaria del terreno y le pregunté por qué no nos lo dejaba para los chavales que teníamos".

    Ahí empezó todo, pero Santiago Noeno siempre ha tenido mucha faena que hacer, desde "cerrar el campo con cañizo" hasta realizar un curso de masajista, pasando por los muchos kilómetros que ha hecho con el equipo: "He viajado por Cataluña, por el norte, por todo Aragón y tengo buenos amigos por todas partes". Ahora, como está jubilado, tiene más tiempo libre para ayudar "a todo lo que me mandan".

    Los tiempos siempre cambian, pero desde la entrada en la presidencia de Luis Soguero "el club ha dado un giro de 180 grados. Hay mucho movimiento, y las cosas funcionan mejor".

    Por supuesto, podría estar hablando y contando anécdotas durante horas, pero con alguna se tenía que quedar: "Me acuerdo de un viaje a Mequinenza. Le dijimos al conductor que arrancara y nos fuimos a Binéfar, mientras el delegado se había quedado a coger el acta. Menos mal que el padre de un jugador del Mequinenza lo trajo".

    Por no hablar de aquella vez, en sus ya lejanos comienzos: "Fuimos a jugar al campo del San Gregorio cuando estaba el tranvía. Estaba yo solo con el botiquín de madera y un saco de balones, y con diez jugadores todo el partido ganamos". Como él mismo dice, "soy toda una institución". ¿Quién podría negarlo?

     
     
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