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CRÍTICA DE teatro

Adiós al padre muerto

 

Por Rafael Campos
22/01/2018

Ester Bellver interpreta es su Requiem una forma de adiós al padre muerto. Pero se entretiene en los últimos momentos del tránsito, en los que la hija y el padre descubren una forma desconocida de tratarse; o sea, que se redescubren, el uno vulnerable y a merced del mundo, que no es ya nada más que su hija; y ésta, por su parte, en una cercanía casi turbadora con su padre.

Hay muchas otras tentativas de saldar cuentas con el padre. Viene con urgencia a la memoria la Carta al padre de Kafka, mucho menos amable, un ajuste de cuentas amargo, triste, desolado. Aquí, sin embargo, hay sobre todo una humanidad que se desborda en matices reconocibles, sin estruendo; la historia de un adiós desde una vocación de lo menudo, de lo común, de lo cierto y de lo natural. Casi todo el mundo puede imaginarse en esta crónica tiernamente triste, amablemente desolada, en este adiós al padre tan apacible y casi dulce, descontado naturalmente el desconcierto inevitable de cualquier pérdida y el dolor y la pena que trae.

Ester Bellver ha urdido una dramaturgia, un ordenamiento del espacio poético para la ceremonia del adiós que interpreta en medio de un círculo de perchas vacías: una poderosa evocación de la ausencia rememorada a lo largo de la obra, coronado arriba por tres arañas luminosas que subrayan atinadamente ciertos momentos del relato. El maestro Juan Gómez Cornejo ilumina el escenario con matices que ayudan a la actriz en cada esquina de su recorrido por la memoria del padre muerto. La interpretación parece deliberadamente naif, sin ninguna impostación, fiada sobre todo a la cercanía de la actriz con la verdad de su sentimiento confesado ya en el mismo programa, donde anticipa honestamente su intención de compartir con el público un gesto tan hondo como sencillo, el recorrido por una despedida trazado con un lenguaje pertinente, sencillo, sin énfasis ni impostaciones, tranquilo y apacible, naturalmente sentido y trasladado a la platea con el compás liminar de un adaggio.

A veces el teatro requiere esta soledad, esta sencillez. Alguien que habla y siente las cosas que dice desde el escenario, ayudada por algunos apuntes de acordeón, para quien escuche y vea de qué sencilla manera puede un corazón decir adiós sin aspavientos a un ser querido. La actriz renuncia a casi todo que no sea la palabra y la verdad que trae, ayudada por apenas un vestuario elocuente: una cascada de chaquetas colgadas que parecen otras tantas memorias del padre adheridas a la vida de la hija.

Revista RedAragon

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