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LO QUE NO SABÍAS DE...

Las anécdotas del rodaje de 'Vitoria 3 de marzo' narradas por su director

El realizador, Víctor Cabaco, esperaba que se presentaran unos 200 figurantes pero fueron muchos más Los extras que hacían de policías y de manifestantes se entregaron tanto que tuvieron que frenarlos

 

El director, Víctor Cabaco, durante el rodaje del filme. - FILMAX

EDUARDO DE VICENTE
02/05/2019

Uno de los estrenos más necesarios de la semana es Vitoria 3 de marzo, drama histórico que recoge los sucesos acaecidos en esa localidad vasca en 1976. El realizador es Víctor Cabaco (director de varios capítulos de Compañeros) y está protagonizado por actores poco conocidos como Amaia Aberasturi, Mikel Iglesias (Polseres vermelles) y Alberto Berzal (Gigantes), además de Ruth Díaz, brillante protagonista de Tarde para la ira.

Es un filme que narra hechos reales a través de una historia de ficción sobre una joven enamorada de un revolucionario con la intención de mostrar lo ocurrido a través de su perspectiva. Tras la muerte de Franco, en 1976, los obreros vitorianos emprenden una huelga para reclamar mejoras salariales y de sus condiciones sanitarias. El paro se prolonga y la patronal no está dispuesta a ceder. El conflicto se irá recrudeciendo y el gobierno central tomará duras decisiones.

Reconstruye unos hechos dolorosos y se ve con indignación. Te pone de los nervios ya que fue un caso que quedó impune y, en su tramo final, se ve con un nudo en la garganta y te hace reflexionar sobre un pasado que no queremos que se vuelva a repetir. Su rodaje fue muy complejo ya que disponían de un presupuesto muy reducido de tan solo un millón y medio de euros, pero también fue muy solidario. Su director, Víctor Cabaco nos lo explica.

-La gran colaboración ciudadana. Al ser una película de bajo presupuesto necesitábamos muchos figurantes para que algunas secuencias pudiesen realizarse, y decidimos contactar con asociaciones culturales para pedir voluntarios. Nosotros nos conformábamos con que viniesen unas 200 personas, y cuál fue nuestra sorpresa ya que se apuntaron 500 personas por la mañana y 500 por la tarde, y muchos de ellos se quedaban voluntariamente todo el día.

-Unas emociones demasiado reales. Era espectacular el nivel de emoción que había cuando estaban reunidas 600 personas y se ponían a cantar arengas o aplaudían espontáneamente y esos momentos los hemos añadido al montaje. A veces la figuración se entregaba tanto que, en las manifestaciones, cogían piedras de verdad y se las tiraban a los que hacían de policías. Tuvimos varios heridos con brechas en la cabeza y en el labio por pedradas recibidas. El ayudante de dirección tuvo que pedir por el megáfono que, por favor, no tirasen piedras de verdad.

-Unas cargas peligrosas. En las manifestaciones teníamos dos equipos de cámara, y después de cada carga me comentaba un operador, que le habían empujado y le habían dado con las porras. Los que fingían ser policías también se entregaban demasiado. Esa es una de las razones por las que las escenas de las manifestaciones resultan tan reales.

-El vestuario de los 70. Los figurantes tenían que venir vestidos desde casa, y se les envío unas fotos de ejemplos con imágenes del 76. Uno de ellos me dijo que la foto que le habían enviado era una foto en la que salía él mismo. Otro señor, de unos 80 años, me dijo que venía con la misma ropa que llevaba aquel día: había guardado durante 40 años el jersey, la chaqueta y la boina.

-El ingenio combate la falta de presupuesto. Viendo la película, parece que hay un gran despliegue de policía pero solo teníamos 13 cascos de grises, y solo pudimos disponer de cinco vehículos policiales durante un día; el resto teníamos que trabajar solo con dos coches. Para disimular la falta de medios, en cada plano los recolocábamos todos para que pareciesen muchos más.

-Una afonía (in)oportuna. Amaia Aberasturi, la actriz que interpreta a la joven Begoña se nos quedó totalmente afónica y es que no podía ni hablar y eso que tenía secuencias bastante emotivas. La tuvimos callada durante dos días enteros y, el tercero, rodamos esas escenas, en las que necesitaba mucha emoción y aprovechamos su afonía para que fueran más dramáticas.

-Se armó el belén. "En la iglesia de San Francisco, donde ocurrieron los hechos, hay un belén gigante de unos 40 metros cuadrados y no nos dejaron desmontarlo. Eso nos obligó a cambiar el altar de la iglesia y tuvimos que construir uno. Nos complicó bastante la planificación porque tuvimos que estar evitando constantemente los planos cercanos al belén. Utilizamos una pared y una columna falsas que íbamos moviendo para ir tapándolo.

-Regreso al futuro. Se hizo una amplia recopilación de objetos de los 70. Desde tabaco, periódicos, muebles, radios, etcétera. Pero la mayor dificultad fue encontrar localizaciones para las calles y las casas. La ciudad de Vitoria ha cambiado totalmente en todos estos años con carriles bici o distintos elementos arquitectónicos que nos obligaron a intervenir en muchísimas calles.

- Casas adecuadas. También resultó muy difícil encontrar casas con la estructura de los 70. Que cumpliesen las condiciones que necesitábamos. El ambiente también era importante, que hubiera mucho humo para conseguir esas atmósferas densas.

-Imágenes y audios auténticos. Las imágenes y los audios de la policía son totalmente auténticos. Y eso es lo que más acojona, que son reales. Para conseguir las imágenes estuvimos en la Filmoteca vasca y en la Diputación viendo todos los materiales que tenían. Contactamos con personas privadas que tenían imágenes, no solo vídeo sino también fotos y muchos nos las cedieron. Los audios son de dominio público y están en Internet. Si quieres escucharlas, las puedes descargar y oírlas.

-Parece Martín Villa, pero no lo es. Hay gente que nos ha comentado que hay un personaje que recuerda mucho a Martín Villa, que en esa época era ministro de relaciones sindicales y estuvo involucrado en los hechos. Lo cierto es que físicamente tiene un aire, pero no se trata de él, sino de Rafael Landín, gobernador civil de Vitoria. Por eso, cuando habla por teléfono le llaman Rafael y siempre le tratan de gobernador.

Una película que nos recuerda un pasado aciago, que nos sumerge en los momentos más negros de la transición y en la que, como no podría ser de otra manera, suena durante los créditos finales el Campanades a morts de Lluís Llach, que compuso como resultado del impacto que le produjeron estos sucesos.

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