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editada por los libros del gato negro

Canto al viejo país de los antepasados

Arturo San Agustín publica ‘Pluma de buitre’, un homenaje a sus ancestros aragoneses

 

El barcelonés Arturo San Agustín rinde tributo a los que tuvieron que irse. - EL PERIÓDICO

GARZA AGUERRI
08/04/2019

Dice el periodista y escritor Arturo San Agustín (Barcelona, 1949) que tenía por cumplir una promesa que le había hecho a José Antonio Labordeta. «‘Has de escribir un libro singular sobre el viejo país de los tuyos’, me decía cada vez que nos veíamos», cuenta el autor, que, siempre le aseguraba que sí lo haría, sin embargo nunca encontraba el momento de lanzarse a escribir un texto que transcurriera en Aragón, el viejo país de los suyos.

«Hace dos años –señala San Agustín–, viajé a Riglos, el pueblo de mis abuelos y ví que tenía que cumplir aquella promesa». Nació así Pluma de buitre (Los libros del gato negro) una novela que, en realidad, es un compendio de géneros literarios «pues es crónica familiar ficcionada, crónica periodística, novela de aventuras, wéstern...» y que el sábado presentó en Torre del Visco, en la localidad turolense de Fuentespalda.

Tal mezcla de géneros viene también a tratar de hacer justicia a aquella petición de Labordeta de un «libro singular», algo que Arturo San Agustín no acababa de captar del todo. «Hasta que un día le dije que qué quería decir con ello, y me contestó que un libro que no se pareciera a otros, un libro aragonés, y aunque yo ya nací en Barcelona, siendo nieto e hijo de aragoneses le aseguré que lo intentaría».

San Agustín dice sentirse hijo «de los Mallos de Riglos y del ferrocarril», ya que tanto su familia materna como paterna provienen de esta localidad oscense y, como explica, «mis dos abuelos eran, en Riglos, capataces del ferrocarril y mis abuelas guardesas (guardabarreras) del mismo; luego mi padre se fue a Barcelona y pasó por un campo de concentración en Francia; después a mi madre, también de Riglos, la conoció en Gurrea», cuenta el escritor. Y fue ese vistazo lanzado a su gente y a su pasado lo que acabó por convencerle de que tenía que escribir Pluma de buitre, «una novela presidida por la mirada de Labordeta, un homenaje a Aragón y a las gentes que, como mis padres, tuvieron que irse, por eso si alguno mientras lee el libro le pone como banda sonora la Albada de Labordeta, creo que habré acertado»

CAMBIAR LA BIOGRAFÍA

El protagonista de Pluma de buitre es un periodista («que no tengo por qué ser yo», dice) que recibe como regalo desde Estados Unidos un viejo winchester que no sabe de quién era pero averigua que era de su abuela paterna, una naturalista irlandesa que muere a finales del siglo XIX en un hospital de Zaragoza, tras haber alumbrado un varón que pasa sus primeros días en el hospicio de Huesca. Una parte de la trama, esta última, que sí tiene un componente autobiográfico, «pues mi abuelo sí estuvo en el hospicio de Huesca, de ahí mi apellido San Agustín», y, comenta entretenido que si bien lo de la naturalista irlandesa es inventado, «casi empiezo a poder asegurar que mi abuela podía ser irlandesa». Pero, en el fondo, tampoco eso importa, ya que insiste en que «es una novela, una novela de aventuras, y solo el 10% es real», aunque a él le gusta jugar con esos giros de su biografía que el propio Fellini le empujaba a practicar: «Me decía que cada persona debía cambiar su biografía cada mes, y eso es la novela, que no se espante mi familia que la mayor parte del libro es ficción», asegura entre bromas y veras.

Aunque en la novela hay mucho de San Agustín, de su pasado y del viejo país de los suyos. «Ese color rojo de los mallos al atardecer, con los buitres sobrevolando, es una imagen pura de las películas del Oeste, por eso la novela tiene guiños al wéstern», explica. Y también en esa crónica sentimental que impregna la ficción, «pues en Riglos aprendí y entendí el concepto de libertad por dos animales totémicos, el gato y el buitre. Con el tiempo he visto también que uno no es de donde ha nacido, sino de donde nacieron y crecieron sus padres y es lo que finalmente me decidió a escribir. Vi que era un libro necesario, que sin Labordeta no hubiese existido y que a los míos les hubiese gustado», concluye.

 
 
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