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«El concepto de canción de autor nunca me ha gustado»

 

Jorge Drexler aplaude al público, ayer, durante el concierto en el Teatro Principal. - ÁNGEL DE CASTRO

JORDI BIANCIOTTO
27/01/2018

Siguiendo una vez más aquella máxima de su canción Todo se transforma, Jorge Drexler regresa cambiado: su nuevo disco, Salvavidas de hielo, está hecho tan solo de voz y guitarras, aunque utilizando este instrumento de formas variadas e inhabituales. Para su puesta en directo se sirve de un grupo de cuatro músicos, como se vio anoche en el Teatro Principal de Zaragoza.

–Está acostumbrando a su público a los cambios drásticos de un disco a otro.

–Siempre me ha gustado el movimiento pendular, ir de un lado a otro, y lo digo sin tener claro que eso sea una virtud ni saber por qué es así. Sí, este disco está en el polo opuesto del anterior, Bailar en la cueva. Aquí el movimiento es más hacia adentro.

–¿Tiene la sensación de que ‘Bailar en la cueva’, un disco marcado por el ritmo, le llevó a un lugar que no era el suyo?

–No, la libertad de cambiar me da una imprevisibilidad que me pone feliz, y ahora el factor bailable de aquel disco ya ha sido asumido por el público. Pero sí percibo en la gente que este disco vuelve a algún sitio. La guitarra, la toques como la toques, con púa, con los dedos, con escobillas, percutiéndola..., siempre acaba sonando a madera. Y asociamos la madera a la canción de autor, lo cual es una asociación caprichosa.

–Lo que llamamos canción de autor puede expresarse en muchos formatos.

–La única definición de canción de autor que me interesa es la más abierta posible. Cuando junta las dos palabras y pasa a ser el cantautor de género, a mí ya empieza a dejar de gustarme. Pero me gustan los cancionistas, y ahí meto desde Beck hasta Monteverdi pasando por Matthew Herbert o Gershwin.

–¿Cree en su identidad artística por encima del lenguaje sonoro elegido?

–Sí, eso es lo que me permite cambiar sin miedo. Cuando piensas que has cambiado mucho de un disco a otro, luego lo ves con perspectiva y ves que la identidad propia prevalece y que tus cambios nunca son tan radicales como creías.

–El disco se abre con ‘Movimiento’: «Somos una especie en viaje / No tenemos pertenencias, / sino equipaje». Una idea muy presente en su obra. ¿No se siente de ningún lugar?

–Este disco está lleno de paradojas y contradicciones. Pues claro que me siento de un lugar: nací en el barrio de Atahualpa, de Montevideo, y me crié en Punta Gorda, y voy por Montevideo y me siento perteneciente a ella, pero con el tiempo mi área de empatía se ha ido ampliando, igual que se ha ampliado el círculo de empatía de la humanidad. Al principio solo considerábamos humanos a los que pertenecían a nuestra familia, luego a nuestra tribu, a nuestra nación, a nuestra religión, a nuestra clase social… Y ahora que ya hace 22 años que me fui de Uruguay, mentiría si dijera que no me siento en casa en Pemuco, Chile, o en Guadalajara, México. Me quedaría a vivir en muchas ciudades.

–En el disco hay una canción, ‘Pongamos que hablo de Martínez’, que evoca su llegada a Madrid, en los años 90. La dedica a Sabina, que tuvo un papel en aquel viaje: usted cruzó el Atlántico esperando verle pero sin haber atado el encuentro.

–¡Es imposible atar del todo algo con Joaquín! Le mandé una carta desde Montevideo y volvió al remitente, a casa de mis padres, cuando yo ya llevaba seis meses en España. Sí, Joaquín me invitó a venir después de haber hecho de telonero suyo en Montevideo, y cometí la imprudencia de seguir ese consejo delirante. Y le mentí: me preguntó «¿tienes algún compromiso?», y le dije que no, cuando tenía todos los compromisos que te puedas imaginar: de pareja, de trabajo… Yo era el hijo mayor de una familia de médicos trabajando en la clínica familiar.

–Tenía la vida montada.

–Claro, y ahí empieza mi huida de lo que se supone que es tu destino. Pasé mucho miedo, porque tenía la vida resuelta en Uruguay, pero una vez que renuncias a eso y ves que eres más feliz y que aumenta tu libertad, empiezas a arrinconar tus pertenencias y a cuestionarlas.

–Respecto a la canción dedicada a Sabina, se la mandó por una nota de voz de WhatsApp. ¿Esperaba su aprobación antes de grabarla?

–No, pero la canción estaba dedicada a él y lo primero que hice fue mandársela. Si no le hubiera gustado..., creo que la habría sacado igual, porque es una canción de agradecimiento escrita por mí. Salió entera tal como está en el disco. La empecé a escribir a las diez de la mañana y a las doce y media él ya la tenía.

–El disco de voz y guitarra puede responder al cliché de la vuelta a las raíces, pero no tiene nada que ver con eso, sino con la exploración.

–Ahí hay otra paradoja, que el disco juega con una expectativa, la guitarra y la voz, y no la cumple. Parece un disco de vuelta a la raíz, y lo es y no lo es. Hay una economía de medios, pero no es un disco minimalista. Y el salvavidas de hielo te salva pero no te salva: es una oda a lo transitorio.

–Los guitarristas que más ha escuchado, ¿son cantautores o solistas del instrumento?

–Siempre me ha gustado la combinación de la guitarra con el canto: Atahualpa Yupanqui, João Gilberto, J. J. Cale, George Harrison… Aunque estudié guitarra clásica diez años y también me gusta mucho la guitarra instrumental.

–La gira comenzó en el Cono Sur. ¿Cuáles son sus sensaciones?

–Estoy muy contento. El disco está gustando más de lo que pensaba. Y el repertorio no tiene casi canciones en común con el de la última gira. Esto lo aprendí de Caetano (Veloso). Tengo ya un montón de canciones como para dejar descansar algunas.