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GALARDÓN DE LITERATURA DRAMÁTICA.

Elena Belmonte presenta ´Baile de huesos´ con una lección de escritura

La CAI acogió una representación leída de la obra ganadora del Premio Lázaro Carreter.

 

Elena Belmonte, ayer, con su obra ganadora, editada por el Gobierno de Aragón. - FOTO: JAIME GALINDO

ROBERTO MIRANDAROBERTO MIRANDA 16/11/2010

Elena Belmonte (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1958), ganadora del VI Premio Internacional de Literatura Dramática Lázaro Carreter 2010, que otorga el Centro Dramático de Aragón, por su obra Baile de huesos dio ayer una clase magistral de escritura. Dijo al recoger el galardón que "escribí esto como quien emprende un viaje sin saber a dónde te llevará, ni en qué estación de tren tendría que bajarme y sentí la emoción de ir descubriendo cosas". La autora reveló cómo hace un año "necesitaba indagar en la idea de la muerte por la enfermedad de una amiga y la pregunta de un conocido sobre por qué no ocurre en la vida de las personas una catarsis que, de repente, lo cambia todo, como en el teatro".

La obra, ganadora entre 80 presentadas, y estrenada ayer de forma leída por miembros de la compañía teatral La Cla en la Sala Luzán de la CAI, muestra una antesala donde cuatro personajes esperan la llegada de la muerte para esgrimir ante ella sus motivos para seguir con vida.

ENSEÑAR A ESCRIBIR "No sabía qué personajes, ni qué era la muerte --reveló ayer Elena Belmonte, profesora de escritura en Madrid, como si diera una clase--; poco a poco descubrí a uno muy cobarde, con una existencia insulsa y rutinaria". La autora le llamó Mauro y aceptó la aventura de inventar cómo se las apañaría ante La Muerte. Más tarde descubrió a una mujer soñadora, Lisa, que todo lo arreglaba y, en su trastienda guardaba una infancia pacífica. Luego ideó a Cora, una mujer fría y ambiciosa y por último a Tobías, "lleno de rabia, dolorido, que me descubrió muchas cosas".

"Cuando tuve a La Muerte sobre el papel, me empeñé en que no fuera vestida de negro, ni dijera cosas solemnes; me daba unas ganas tremendas de vivir, de pedirle ayuda para mi amiga, de reclamarle una catarsis", explicó la autora de la obra.

Entra La Muerte por la derecha. Mujer menuda, vestida con sencillez: una falda una blusay una chaqueta de color marrón. Lleva un bolso muy grande. Parece aturullada y nada más entrar, el bolso se le cae haciendo bastante ruido. Los demás se sobrecogen. Y dice, sobrecogida también: "¡Uy! Disculpen". Y se muestra amable y razonable con todos; ella sólo va a cumplir su misión con sencillez.

"Ana Rosetti dijo que había que tener cuidado con lo que se escribía, porque el escritor se adelantaba al futuro", explicaba ayer Elena Belmonte, quien agregó que hubiera querido que con un chasquido de dedos desapareciera el hecho de que hay que morir: "Aquellos días iba a llover y hacía mucho calor en Madrid. Al final vi que no quería que ninguno de ellos muriese. No sabía si salvarlos a todos o que todos murieran", agregó.

Ese ambiente de calor asfixiante se nota en la escena: La autora está segura, dijo, de que "en un combate entre vida y muerte ganaría siempre la primera, con tal de que quedara solo una razón para seguir adelante: "Moriré cuando haya corregido el último adjetivo, cuando haya dicho la última palabra, cuando haya dado el último beso", declaró la autora, para añadir que "Ana Rosetti no tenía razón; no funciona el destino igual en todos los casos, ni el escritor es omnipotente; sólo es alguien con buenas vibraciones".

A la representación leída asistió el director general de Cultura, Ramón Miranda.

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