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La actualidad literaria en Zaragoza Páginas 54 y 55

«En el dolor también hay alegría porque forma parte de la vida»

 

Manuel Vilas, ayer, en la librería Cálamo de Zaragoza, donde presentó su novela. - JAVIER BELVER

DANIEL MONSERRAT
28/01/2018

Apenas lleva diez días en la calle y Ordesa, el último libro de Manuel Vilas, ya va por la tercera edición. Algo que ha «sorprendido al autor, principalmente por la emocionalidad que ha despertado. Ni se me había pasado por la imaginación que iba a tener esta repercusión, sobre todo de carácter emocional», dice al escritor barbastrense que ayer presentó estas memorias familiares en las que aborda la realidad y la ficción.

–Todo comienza por el principio, también en este caso, en el que titular, Ordesa, es el comienzo de todo.

–Se refiere al parque nacional de Ordesa. A mi padre le gustaba mucho ese valle y es un poco como la magdalena de Proust. El libro comienza recordando un viaje de finales de los 60 en el que mi padre nos llevaba a pasar el día en la montaña y pinchó en una recta antes de entrar en el valle.Ese es uno de los primeros recuerdos claros que yo tengo como niño, tendría 7 años o así. Recuerdo que salí del coche porque había pinchado mi padre, estaba callado y nervioso y me quedé mirando al cielo y vi las montañas. Era como el nacimiento de la memoria. Cuarenta y tantos años después voy con mis hijos intentando buscar el lugar donde ocurrió el pinchazo, el símbolo de la vida, el círculo, yo fui hijo, soy padre y estoy buscando el testimonio de algo que ocurrió hace cuarenta y tantos años que era lo que me unía a mi padre. Quiero simbolizar el tránsito, el recorrido de la vida que es un discurso entre padres e hijos.

–¿Todo es un eterno retorno?

–Esto lo es. Es una novela sobre las relaciones familiares donde se repiten como una especie de rara salmodia. Se repite lo mismo pero hay belleza en esa repetición y misterio, enigma. Es una novela que bucea en el pasado en tanto en cuanto el pasado de cualquier persona que tiene más de 50 años como es mi caso se convierte en un enigma. La memoria flaquea, se disuelve un poco el pasado y hay un deseo de buscarlo. Toda la novela es esa búsqueda donde también hay dolor, es un libro muy de catarsis también.

–¿Es un intentar rellenar vacíos de memoria?

–Sí, claro es la parte de la vida perdida para siempre, lo que ya se ha perdido y sobre todo que quienes protagonizaron esa vida que son tus padres están muertos. En realidad es un libro de fantasmas, el de mi madre y el de mi padre que están volviendo constantemente a la vida a través de mi memoria.

–¿Surge del dolor?

–Sí, sí, es un libro desde el dolor en un sentido racional con un ánimo de comprenderlo, empatizar con él y de saber que el dolor es una parte importante de la experiencia humana y que en realidad en el dolor también hay alegría tanto en cuanto forma parte de la vida. Por eso, al principio del libro quise citar la canción de Violeta Parra porque ella dice gracias a la vida con sus dichas y sus quebrantos. Quizá ahora vivamos una época en la que a veces el recordatorio de que existe el dolor parece incómodo pero es que la vida es mezcla de dicha y desdicha y este libro es lo que plasma.

–Vuelve a su infancia, al Barbastro de los años 60 y 70, un reflejo de un tiempo diferente al actual.

–Nací en el 62 y mis recuerdos son de finales de los 60 y principios de los 70 y yo vi que mis padres eran felices en esa época. Quiero bucear y explorar eso con mi memoria, lo que llevo en la cabeza, pequeños recuerdos, fogonazos de la memoria donde aparecen esos años y se trata de alimentarlos y de intentar que no se mueran a través de las páginas.

–Incluso habla del abuso sexual que sufrió.

–Los abusos sexuales son algo horroroso porque si no los dices, la culpa te la llevas tú y si los nombras... Realmente es un fracaso social y de la experiencia humana. Pensé que tenía que decirlo porque ocurrió, tiene la legitimidad de lo que pasó. Era una época terrible de represión sexual especialmente en el ámbito de la Iglesia, gracias al progreso de la historia está saliendo todo y debe salir porque la catarsis y la curación no se produce hasta que se nombra todo. Si no, lo único que se hace es ocultarlo y es peor.

–Habla de culpa y esa palabra y quizá los silencios son dos claves de esta Ordesa.

–Reflexiono mucho sobre la culpa porque te obliga a recordar casi como un misterio de la memoria. En cuanto al silencio, la generación de mis padres verbalizaba poco, no sé por qué, es una de las cosas que más presente está en la novela, por qué ni mi madre ni mi padre me contaron nada de sus familias. De hecho, ahora, con la aparición del libro me están escribiendo primas hermanas mías y me están contando cosas de la familia que ignoraba por completo porque mis padres no me las contaron. Acabo de recibir un whatsapp de una primera hermana con una foto porque yo nunca vi una foto ni de mi abuelo paterno ni materno. Es la primera vez que veo a mi abuelo paterno. Peculiarmente en mi familia no hubo memoria… La novela intenta explicar qué pasó allí, por qué esos silencios. Había una originalidad en mis padres rara, no conservaban fotos de nada, eran muy especiales. Ahora no puedo resolver nada de eso porque ambos están muertos pero probablemente he escrito esta novela por esos silencios que ahora se me han hecho muy contundentes y desasosegantes y he tenido que ponerme a escribir para tratara de combatirlos.

–Ahora Manuel Vilas es padre, ¿ha aprendido algo de todo aquello para ejercer de padre con sus hijos?

–Pienso que la historia avanza y que el mundo cambia a mejor. También en la novela se recuerda que parecía que todo iba a mejor hasta la aparición de la crisis. Hay ahí una grieta en ese espíritu. Mi generación heredó la ilusión de sus padres de que a ti te fuera mejor que a ellos y no sé si ese dinamismo de las familias se ha roto. Lo estamos viendo ahora, los trabajos que tienen los chavales jóvenes, son espantosos.

–La novela incluye un epílogo con poemas suyos también biográficos.

–Es como un making off de la historia, un resumen de todo lo que se ha contado en la novela pero desde otro ángulo y me ha parecido que añadía una perspectiva diferente.

Revista RedAragon

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