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«Escribo prosa sucia manchada de poesía»

 

Mónica Ojeda, ayer, tras llegar a Zaragoza para presentar su novela. - ángel de castro

IVÁN TRIGO
17/03/2018

Abrir un libro de Mónica Ojeda supone encontrarse de frente con crudas descripciones de la realidad que todos conocemos pero hacia las cuales no queremos mirar. Los adjetivos, abundantes en sus líneas, no permiten, sino que obligan a conformarse imágenes mentales de los pasajes que esta escritora ecuatoriana describe. Imágenes difíciles y crudas que no todo el mundo está dispuesto a soportar. Mónica Ojeda es una de las integrantes de la lista Bogotá39-2017, conformada por los 39 mejores escritores de ficción menores de 40 años de Latinoamérica. Hoy presenta en primicia su tercera novela, Mandíbula, en la librería Antígona de Zaragoza (13.00 horas).

–¿En quién piensa cuando escribe?

–Trato de no pensar en un macrolector. No creo que todos los lectores sean iguales porque esto es imposible. Lo que a mí me interesa como escritora es ser honesta conmigo misma. Cuando escribo no pienso en complacer a otros, trato de complacerme a mí.

<b>–¿Qué pretende con la forma tan descriptiva que utiliza para narrar secuencias duras y difíciles?

</b>–Lo que pretendo es mirar esos actos desde diferentes ángulos, porque son temas que me hieren y me interpelan. Yo no puedo escribir sino es de algo que realmente me remueve por dentro. Lo que a mí me afecta y me duele impulsa mi escritura. Para mí no es cómodo escribir, precisamente porque cuando escribo miro hacia zonas oscuras mías, pero no individuales, porque lo que me pasa a mí es algo colectivo. Busco lectores que conecten con eso.

<b>–La dualidad y bifurcación del ser es otro de los temas que trata.</b>

–La escritura es un lugar de revelaciones. Cuando estoy sentada escribiendo es muy importante que yo descubra algo de mí misma.

–¿Qué sentimientos espera que provoque en sus lectores estos pasajes de autoconocimiento?

–Mi lector ideal sería el que sintiese que también puede sentirse identificado con estas duplicidades. Esa sensación de estar frente a un espejo y ver tu imagen pero invertida, y de repente ver cosas que no habías visto de ti mismo. Hay que mirarse a sí mismo a las heridas porque son parte de nuestra vida, y si no las mantienes siempre.

–Internet es otro tema habitual en sus obras…¿nos está conduciendo la tecnología hacia la distopía?

–El mundo ya de por sí es distópico (ríe). El mundo es una distopía, internet no es más que el reflejo de lo que somos. Internet no inventó la pederastia o el maltrato animal, todo existía antes, pero ha cambiado el medio de difusión. La tecnología no es el problema, el problema somos nosotros. Estamos llenos de violencia, de dolor, de miedos…

–En su libro converge la narrativa y la poesía, ¿qué busca con esta mezcla de estilos?

–Me sale de forma natural. Cuando empecé a escribir todo el rato trataba de anular ese impulso poético que tengo cuando escribo narrativa. Ahora ya lo he aceptado. Al principio quería escribir lo que algunos llaman una prosa mucho más limpia, pero ahora me he dado cuenta de que yo no quiero eso. Yo escribo prosa sucia manchada de poesía.

–Es una novela con mucha presencia femenina, ¿lo ha hecho de forma consciente?

–No, aunque ni siquiera me lo había planteado. Quería escribir sobre el mundo de lo femenino como otredad. El cuerpo de la mujer está lleno de símbolos y es muy fértil para hablar del miedo. El cuerpo de la mujer es literario per se.

 
 
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