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Fermín Aguayo: ‘Espagne 36’

 

‘Recuerdo de Sotillo’, 1960-1961. -

‘Calavera’, 1948. -

POR CHUS TUDELILLA
09/02/2020

«Goya es un hombre que se apasiona y que demuestra pasión. Yo, personalmente, quisiera esconderla. Una especie de pudor, por así decirlo. Me cuesta mucho aceptar un cuadro, aún tan fantástico, como Los fusilamientos del 3 de mayo. A veces me digo que no hay derecho a hacer eso, que no se puede hacer. Por otro lado es bueno que exista. [...] Yo solo he hecho un cuadro así: Espagne 36. Es la única vez en que he partido de un sentimiento para realizar un cuadro. Pero lo pinté cuando logré esconder toda emoción bajo la pintura. Sin que se viera exactamente lo que era. Es muy personal. Durante toda mi vida me he prohibido hacerlo», confesó Fermín Aguayo (Sotillo de la Ribera, Burgos, 1926 - París, 1977) durante la entrevista que mantuvo con Claude Esteban, apenas quince días antes de su muerte. La última conversación sobre pintura porque la pintura era lo único que siempre interesó a Aguayo; no en vano, la pintura le había permitido atenuar el profundo dolor que no quiso compartir, pues solo a él le pertenecía. Jean-François Jaeger, su galerista fiel y amigo cómplice, lo recordó tímido y silencioso, perseverante, indómito y apasionado, solitario y aislado en la constante búsqueda de posibles soluciones al problema de la pintura. Su empeño fue saber qué es un cuadro, algo que quizás, llegó a pensar, no se aprende nunca.

En 1973 Aguayo pintó Espagne 36 un cuadro que evoca el recuerdo de la Guerra Civil y sus trágicas consecuencias en la enigmática densidad del espacio vacío teñido de azul, ocupado por la presencia de una figura humana, la del propio artista, junto a una paloma herida de muerte. Solo el título hace mención directa a un episodio que determinó su vida. Como ocurre en tantas de sus obras. Si finalmente se decidió a pintar un cuadro basado en el sentimiento, dijo a su amigo Jean-Louis Arnaud, fue porque creyó haber encontrado una forma suficientemente pictórica para dominarlo. «El problema era introducir algo que no era únicamente una sensación como en todos mis cuadros, sino una cosa emocional... lo que requería pintar la caída, la pérdida de algo, evocando la de Ícaro, como una especie de mitología personal en la que surge un ave –a la vez la luz– que, medio moribunda, todavía ilumina el cuadro». En 1936 su padre, alcalde socialista de Sotillo de la Ribera, y sus dos hermanos fueron fusilados. Quizás de ahí su rechazo, que era reserva y protección, ante el cuadro Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya. Cuando Aguayo pintó Espagne 36 ya estaba enfermo, era hora de pintar la experiencia de su vida y la angustia de los vencidos.

El enigma de la pintura

Tras el fusilamiento de su padre y hermanos, la madre de Fermín Aguayo decide salir del pueblo. La idea era dirigirse a Bilbao, donde residía una de sus hijas. No se sabe si llegaron a Bilbao o si pusieron fin al viaje en Zaragoza donde Fermín Aguayo enfrentó muy temprano la muerte de su madre y quedó solo en una ciudad extraña. Nunca le gustó recordar aquel tiempo. Por sus amigos Arnaud y José Uriel, se conocen algunos detalles de su estancia en la ciudad, su temprana amistad con Eloy Laguardia, con quien coincidió en la empresa Maquinaria y Fundiciones del Ebro y, más tarde, como delineantes en el estudio de Santiago Lagunas, a quien Aguayo conoció en el café Niké. Comenzaba entonces uno de los capítulos centrales de la incipiente renovación de las artes plásticas en la España de posguerra: el protagonizado por el Grupo Pórtico de Zaragoza, cuya disolución coincidiría, paradójicamente, con el triunfo de la abstracción.

De todo lo escrito por Aguayo recomiendo la lectura de las escasas entrevistas que le hicieron, en especial la de Claude Esteban: un auténtico gozo atender a las reflexiones del artista sobre su obra y trayectoria, que pronto llegaría a su fin. Sobran las anécdotas, que nunca gustaron a Aguayo. Quiso dejar claro que en los tiempos del Grupo Pórtico, en el fondo, no sabía exactamente qué hacía. «No se sabe nunca, se sabe después». Había comenzado a pintar tras ver las ilustraciones en blanco y negro incluidas en el libro Ismos de Ramón Gómez de la Serna; entendía mejor un cuadro moderno que uno antiguo, aunque apenas conociera la pintura clásica. Las bibliotecas de Lagunas y Torralba, la consulta de publicaciones en el kiosco de Pórtico y en la librería-galería Buchholz de Madrid, las conversaciones con Palazuelo, Mathias Goeritz o Antonio Saura, las interminables sesiones en la habitación del domicilio de Lagunas, convertida en estudio y lugar de tertulia, le permitieron introducirse en el enigma de la pintura que se dispuso a explorar con una obra singular que, como la de sus compañeros de Pórtico, causó el rechazo de la mayoría.

Un dolor sordo y profundo

En noviembre de 1950, Aguayo, Lagunas y Laguardia presentaron su última exposición conjunta en Zaragoza. A partir de entonces solo coincidieron en algunas exposiciones. En junio de 1952, Aguayo participó con Saura y Lecoultre en la exposición Tendencias (La Casa Americana, Madrid). José Ayllón los presentó. De Aguayo escribió: «(...) el paisaje, tan importante para el pintor comenzó para él en la meseta castellana bañada por amarillos que llegan al ocre y azules que se pasean por la noche. Pero su mundo, trastornado a los nueve años por el cataclismo de la guerra, perdió esa referencia segura que habría encontrado en otras épocas. De aquel principio solo quedó en su alma el sentimiento de un desprendimiento brusco, angustioso. Cuando creció, cuando sintió la necesidad de pintar, sus primeros cuadros eran tristes, violentos, y las formas empezaban a desintegrarse en ellos a pesar de la seguridad que da siempre lo conocido y a la que se aferra la juventud. Notamos pronto la excesiva madurez de Aguayo y cuando pasa el tiempo se acentúa este afán de destrucción de algo transgredido injustamente. Y ese algo encuentra una confirmación exterior. Comprende, asombrado, que el mundo está tan preparado como él para recibir la realidad en unos cuantos planos coloreados. [...] La ferocidad de sus trazos aumenta, el recuerdo de sus paisajes se hace palpable y se ve en sus cuadros la confesión de un dolor sordo y profundo».

Tanto coincidieron los intereses de artistas y teórico que pensaron fundar el grupo Unión Libre. No pudo ser y en el otoño de 1952 Aguayo se instaló París donde ser abstracto no era algo extraño. Se llevó su soledad, y la memoria del paisaje español fue su punto de partida para empezar de nuevo hasta que, tras una breve etapa de desconcierto, introdujo la figura en la urdimbre abstracta. Aguayo, pionero de la abstracción en España, fue un pintor singular que contravino la senda de la Modernidad marcada por Mondrian, así lo consideró Santiago Amón cuando a la muerte del artista sustituyó la glosa necrológica por un acertado análisis de su trayectoria que encontró atravesada de principio a fin, como una premonición de su triste destino, por «las tintas blancas y las pinceladas negras, el feroz contrapunto entre la visión primigenia de la luz y la amenaza definitiva de la sombra, entre la risueña afirmación del color y la dramática negación del cromatismo y de la vida».

 
 
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