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El gran abismo de la vida

El mexicano Emiliano Monge refleja la aridez con una lengua no violenta

 

El gran abismo de la vida -

RICARDO BAIXERAS BARCELONA
11/01/2018

Si no hubiera violencia no existiría México: sin México no habría violencia. Y Emiliano Monge (México, 1978) está cartografiando al milímetro el mapa de esa textura de una forma pertinaz, dibujando todos los contornos a través de un lento vacío silencioso, que convierte lo arcaico y lo profundo en un extrañamiento del relato que no es un saber, sino una experiencia que anda agitada no tanto por decir, cuanto por callar. Morirse de memoria (2010), El cielo árido (2012) y Las tierras arrasadas (2015) ya habían dado sobradas muestras de cómo se puede arrastrar al lector hacia el mismísimo centro del infierno circular. Que siempre regresa.

La matriz que cose cada uno de los relatos del extraordinario La superficie más honda es el silencio como representación de un paisaje decadente, que no es sino otra forma de violencia y quizá la más consistente y corrosiva. Un silencio que atraviesa a los personajes hasta lo más insondable de esa superficie honda que todos llevan dentro porque al fin «aceptarán que el silencio empieza dentro de la boca». Un silencio que invade lentamente los huecos voraces del relato y se torna locura: «[…] eso también me vuelve loca, el silencio. ¿Cómo puede ser que no se escuche nada? No es que extrañe los motores o los gritos, pero aunque sea un rumor de algo». Un silencio que es obligado sacar de muy adentro de los personajes: «lo que importa es que lo arreglen, que le saquen a él ese silencio que trae dentro […] pídeles a esos que le saquen ese frío que nos lo calla».

Las historias carecen de principio y de final. Algo ha sucedido. Y algo sucederá. Pero ni lo uno ni lo otro se cuentan aquí. Como ha dicho Giorgio Agamben en un libro memorable, El fuego y el relato, el escritor «deberá saber distinguir, en el fondo del olvido, los destellos de negra luz que provienen del misterio perdido». Ese misterio del presente porque no hay pasado y no habrá futuro se palpa muy de cerca en La superficie más honda que se convertirá en un libro mítico, mitológico. Imposible creer que cuentos como Todos nuestros odios, La tortura de la esperanza, La tempestad que llevan dentro y Lo que no pueden decirnos serán fáciles de olvidar.

El clima de brutal violencia íntima desarticula las vidas de los personajes, sí, pero articula los relatos como «un coro enloquecido de la noche». El libro es subversivo hasta decir basta porque Monge ha sabido formular esa aridez que sostiene la vida con una lengua no violenta y desde dentro. Una vida que se expresa como el esbozo de un enigma que el lector no puede resolver.

En El instante indicado, Osmar se percata de lo que ya saben todos los personajes que pululan como fantasmas por este libro: «la única forma de que pueda seguir vivo es pensando que estoy muerto». Y es así porque los personajes de Monge observan la vida desde las leyes de la literatura. Son literarios: sus historias les parecen una ficción; se enfrentan al peligro insondable de saber en qué consiste «el enorme abismo», la grieta que cambiará sus vidas, la urdimbre de unos ecos convertidos en memoria como único límite de un mundo que en La superficie más honda se revela como si fuera la rueda del tiempo.

‘LA SUPERFICIE MÁS HONDASSRq

Emiliano Monge

Penguim Random House

Revista RedAragon

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