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A Lovecraft, con amor

La publicación de la edición anotada de sus relatos devuelve a la actualidad al soñador de Providence

 

El escritor de cómics Alan Moore. -

Una composición de H. P. Lovecraft y uno de sus monstruos primordiales y tentaculares. -

ELENA HEVIA
08/02/2018

Esta es la historia de cómo un sociópata enfermizo, a quien su madre crió entre algodones y enseñó a temer a los extraños, se convirtió en un autor reverenciado por un pequeño círculo de seguidores y que, sin llegar a perder jamás el favor del público, acabó convenciendo a la crítica y entrando finalmente en el canon más de 80 años después. Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) no llegó a ver jamás sus historias de terror, aparecidas en revistas pulp, reunidas en un libro. Así que la aparición del lujoso y voluminoso (casi mil páginas) H. P. Lovecraft. Edición anotada (Akal) tiene algo de venganza poética contra el pasado.

Editado por el especialista Leslie S. Klinger, que se ha ocupado también de sus mil notas (a tan solo 22 relatos, que se dice pronto) y del prólogo, el libro incluye también una introducción del guionista de cómic Alan Moore, que ha demostrado sobradamente ser un fiel seguidor del terror cósmico del autor. Amén de 300 ilustraciones y distintos anexos, genealogías y cronologías, hasta la extenuación. Incluso los muy devotos quedarán saciados.

Cuatro años antes de su muerte, a los 46 años, en una de sus 100.000 cartas –grafómano, llegó incluso a escribir una durante su agonía– dejó anotada su acertada percepción de que quizá su literatura podía ser «pobre», pero estaba escrita con «sinceridad». Eso que en un principio no supieron ver los grandes popes de la crítica norteamericana como Edmund Wilson –«El único horror de Lovecraft es su mal gusto y su pésimo estilo», dijo–. Y tampoco, Jorge Luis Borges, que calificó su obra como «falsa» y «desagradable», aunque no pocos estudiosos del argentino han creído ver en el cuento El Aleph una reescritura del universo lovecraftiano.

CTHULU

Porque ahí están sus monstruos cefalópodos llegados del espacio exterior o esta mitología de Cthulu que él no sistematizó, como sí haría Tolkien, sino que esta fue obra de sus fervientes seguidores, el llamado Círculo de Lovecraft, sus apóstoles, que dieron a conocer sus obras con reverencia religiosa. Ahí están también el horror cósmico y la percepción de insignificancia del individuo frente a un universo que nos supera. Pero también su lenguaje anticuado y su ristra de adjetivos, siempre los mismos, que no nos lleva a una inquietud in crescendo, sino que la tensión y la angustia están ya instaladas en las primeras líneas hasta alcanzar un superclima agotador. Ese asomarse al vacío y ver en el fondo de la nada lo más terrible, lo inefable, porque no hay palabras –¿o Lovecraft no las tenía?– para describirlo. Objetivamente no es un buen escritor. Pero ¿quién lee objetivamente? Muchos maravillosos estilistas no han superado la prueba del algodón del tiempo. Él sigue ahí, en las librerías.

No es extraño que la cultura popular le haya abrazado con amor, especialmente David Carpenter, que con The Thing, pero especialmente con En la boca del miedo, le hizo un rendido homenaje. De él han bebido autores como Stephen King y Clive Baker y también realizadores como Guillermo del Toro; no en vano uno de sus proyectos anunciados es la adaptación de En las montañas de la locura. Pero no solo eso. A finales del siglo XX, autores mayores con una especial conexión con las concreciones del horror han sabido leer a Lovecraft. Joyce Carol Oates es una de sus grandes profetas y no extraña nada que un misántropo como Michel Houellebecq le dedicase un libro, Contra el mundo, contra la vida, reivindicándolo y utilizándolo como espejo de sí mismo. El francés se dio cuenta de que nada mejor que el soñador de Providence para ejemplificar nuestros miedos. «En épocas de cambio, ese miedo se reactiva –explica el profesor David Roas, uno de los grandes expertos en teoría de la literatura fantástica–. Ahí cobra plena vigencia el universo cataclísmico, esa idea de Lovecraft de que vamos hacia nuestra destrucción».

Y de una forma más lúdica, pero no menos apasionada, hay que considerar la lovecraftmanía que desde todos los puntos del planeta concentra cada año a los fans del autor en el NecronomiCon. Que una web ofrezca títulos de doctorado de la mítica e imaginaria Universidad de Miskatonic a módicos precios es solo la punta de lanza de un gran merchandising.

Roas, embarcado en un estudio sobre la recepción del autor en España, destaca la vinculación del maestro del terror con Cataluña. Sorprendente pero cierta. A saber. Que solo dos años después de su muerte, en 1939, recién acabada la guerra civil, Josep Mallorquí Figuerola, es decir José Mallorquí, el creador de El Coyote, tradujo en Barcelona las historias de Lovecraft para una editorial argentina. «El primer idioma al que se traduce es el español», precisa Roas.

En los años 50, cuando en Estados Unidos se habían olvidado completamente de él, los franceses lo convierten en un autor de culto, como años antes habían hecho con Poe. En esa lengua lo lee Joan Perucho, que paseando junto a los bouquinistes del Sena compra El color que cayó del cielo y se queda atónito. Llega incluso a escribir un relato, Amb la técnica de Lovecraft, que más tarde y traducido al castellano llegará a publicar Camilo José Cela en la muy selecta revista Papeles de son Armadans. Y con los años llegarían más ediciones, especialmente las ya clásicas de Alianza editadas por Rafael Llopis, uno de sus grandes valedores.

CLÁSICO

¿Está Lovecraft hoy en el canon? Roas no tiene dudas. No hay más que constatar que ha sido publicado en la American Library, lo que sería el equivalente de La Pléiade francesa, y sus libros hoy no solo aparecen en sellos tan selectos como Acantilado, sino directamente en esa entronización de los clásicos que es Cátedra.

Mucha menos pasión suscita la persona. Es muy probable que hoy ni siquiera los fieles admiradores de sus relatos se fueran a tomar una copa con él. Porque lo cierto, ¡ay!, es que aprendió la lección de su madre, que lo atemorizó a conciencia frente a todo lo que fuera distinto a un burgués americano de origen anglosajón. Fue un supremacista blanco con una prácticamente inexistente relación sentimental con las mujeres. El mismo año que murió su madre se casó con una escritora diez años mayor que él y la cosa no funcionó, lo que ha despertado no pocas conjeturas respecto a su sexualidad. Y sin embargo, Sonia Greene, su esposa distante, aseguró en un libro de memorias que «en la alcoba nunca hubo problemas».

Puestos a imaginar no es difícil pensar que quizá Lovecraft hoy votaría a Trump. Pero David Roas, acordándose de un eslogan que se hizo viral hace un tiempo, apuesta por una posibilidad más divertida. «Vota Cthulu ¿Por qué escoger el mal menor?»