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CRÍTICA DE MÚSICA

La Macanita, en el laberinto de la soleá

 

Javier Losilla Javier Losilla
11/05/2019

Un poco de historia: en 2002, esa cantaora jerezana de rajo y tronío llamada Tomasa Guerrero Carrasco, más conocida por La Macanita, facturó en el Festival Pirineos Sur una actuación de lujo. Un año después cantó en Zaragoza y ofreció lo que entonces titulé un concierto de rebajas. Más tarde, ya en 2010, La Macanita regresó a la ciudad, desplegó su blues flamenco (otro titular) y casi nos convenció de la grandeza de su arte. Y el jueves pasado, Tomasa, de nuevo en el Festival de Flamenco, refrendó y superó su propuesta de 2010 desplegando todos los recursos que conforman la hondura de su cante. Le acompañó en la faena el guitarrista Manuel Valencia, instrumentista preciso y creador de excelentes figuras sonoras. La cantaora le dio cancha, y todos felices.

Profunda, dramática y rotunda, La Macanita es el flamenco hecho carne, aunque en ocasiones el fuego que despide le abrasa tanto que se queda en el escenario y no llega a los espectadores. Pero, ¡ay, cuando llega!, que es con frecuencia: arrastra, perturba, arrebata. Abrió a lo grande con la malagueña El jardín de Venus, entró luego con brío en el laberinto de la soleá para agarrar al Minotauro por las pelotas, se mostró después por tientos, asoló por segurillas y remató con 20 minutos de vibrantes bulerías en las que recreó a Manuel Alejandro (Cuando tú no estás) y copleó con garbo (María de la O). Tremenda Macanita. Reconozco que no soy muy partidario de las demostraciones vocales fuera del micrófono, como no lo soy del exceso de olés por parte del respetable, pero tremenda, a fin de cuentas.

El pianista zaragozano Enrique Amador Musi abrió la velada. Le acompañaron el cante de un solventísimo Daniel Jiménez, el bajo colorista de Juan Caballero y las gozosas percusiones del singular Josué Barrés. En la primera parte Musi, que cada día toca con más enjundia, tiró por el camino ligero de la canción flamenca, pero la cosa tomó otro cariz cuando arremetió por colombianas y enlazó tres bulerías como tres soles. Tal vez echamos en falta un poco más de riesgo en su propuesta, pero la verdad es que no se lo pusieron fácil, pues tuvo que tocar con un piano eléctrico: un armatoste que no proporciona ni las prestaciones ni el sonido adecuados. Así que casi podíamos escuchar los pensamientos de Musi, como el grito de Ricardo III: «Un piano, mi móvil por un piano».

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