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ENTREVISTA

«No es fácil querer a la gente»

David Trueba presentó su novela ‘Tierra de campos’ en Los portadores de sueños de Zaragoza

 

David Trueba, el viernes pasado, en su visita a la capital aragonesa. - CHUS MARCHADOR

DANIEL MONSERRAT
25/04/2017

–Cuando abrí el libro pensaba que iba a encontrar un choque de generaciones y es todo lo contrario.

–Una de las cosas por las que también se titula así el libro es por el interés de partir de dos extremos en apariencia completamente distintos como puedan ser dos dedicaciones, una persona que tiene un oficio contemporáneo como es el del espectáculo y un padre que viene de la agricultura como origen y del comercio puro duro. Al final, el hijo ve que no hace nada que no hiciera un señor en su huerto, en su plantación, intentando sembrar algo, recogerlo, vivir de ello, sobrevivir, no quiere hacerse rico ni ser el más importante, solo quiere poderse dedicar a lo suyo.

–¿No existe el choque generacional?

–La reconciliación generacional se produce porque te das cuenta de que los intereses y los valores de esa persona son similares a los tuyos aunque estén expresados de una manera opuesta. El hecho de que se haya alargado la esperanza de vida hace que el argumento clásico del enfrentamiento padres e hijos ya no sea tal. En los últimos 50 años se ha abierto una posibilidad nueva, que ese enfrentamiento se culmine en una cierta reconciliación porque antes un padre moría antes de que un hijo pudiera ser padre. De pronto puedes convivir con el padre anciano y tienes tiempo de encontrarte con él y ocupar su territorio.

–¿Es una novela del David padre o del David hijo?

–A medio camino entre las dos. Me parece que en un momento dado cuando eres padre no dejas de ser hijo y de alguna manera tu formación es juntar las dos cosas, transportas unas cosas como padre porque las sufriste como hijo o las aprecias pero sin el padre no existiría el contraste de pareceres. Yo cuando escribo soy como una especie de máquina, me dejo muy de lado a mí mismo, le doy a todos los personajes sus oportunidades para desbocarse. Creo que cuando no lo haces, haces novelas demasiado rígidas, en las mías trato de entender cualquier personaje y de llevarlo a esa complejidad en la que no sea fácil juzgarlo porque hace cosas positivas y negativas y lo que quiero es embarcar a lector en ese juego complejo de pensar.

–¿Cree que lo consigue?

–El otro día me dijeron, el padre (de la novela) bordea el maltratador… Mi padre era una persona autoritaria y hoy seguramente lo sería pero él no vivió hoy, no tendría los referentes y los cambios en la educación que hay, él hacía lo que creía que era mejor. ¡Pero ese juicio está bien! Enfrentas al lector a esa posibilidad de que todo no era como ahora. Cuando cuentan historias del pasado yo pienso pero de qué iba a haber esos personajes feministas, esas actitudes de alguien que le contesta a un maestro o a una autoridad. No era así, contemos las cosas como eran. Eran hombres de su tiempo pero eso que me dijeron me hizo pensar. Casi mejor que no sea fácil querer a la gente porque en la vida real no es fácil querer a la gente. La gente va con prisa, tiene mala educación... No es fácil pero si nos conocemos más podemos llegar a un entendimiento.

–¿Aspira a escribir una novela sin trama? Aquí, nuevamente apuesta por los personajes.

–Es una reivindicación. Me gusta analizar el territorio en el que me muevo y creo que, en cierta manera, hay una infantilización de la narrativa por la cual a la trama se le da una preponderancia hasta el punto de convertirla en una fórmula. Pero las situaciones siempre son similares, alguien va a tener una muerte, una búsqueda, un conflicto… lo que te atrapa es intuir que ese personaje tiene que resolver esos conflictos pero el conflicto en sí mismo no es interesante. El padrino es una película más de la mafia, hay millones, pero sí son buenas es porque los personajes son interesantes. En una novela mala lo único que importa es el suceso. La vida es la metáfora perfecta de la narración, sabemos el final, pero no es eso lo importante sino cómo llegamos hasta ahí.

–¿Está subestimado el sentido del humor?

–Siempre es una cosa sospechosa. En el 90% de las grandes obras aparece el sentido del humor y en la vida, por supuesto. La vida es un contraste genérico, lo bonito de ella es que cada día contiene todos los géneros. Me produce rechazo la gente que no tiene humor. Te limpia de todas tus pomposidades, de creerte superior, de la arrogancia.

–He visto en la novela el Trueba que al recoger el Goya dijo eso de ‘¿Qué sería de la vida si no nos insultara la gente que nos debe insultar?’.

–No entiendo el empeño de la gente de creer que le puedes gustar a todo el mundo. No puedes aspirar a gustar a todos. Si digo las cosas que pienso y me comporto como me gusta comportarme, es normal que haya un señor que piense, este no me gusta. ¿Qué gano yo renunciado a escribir lo que me gusta o a dirigir la película que me gusta? Me convierto en lo que se convierten los políticos, en unas máquinas de calcular lo que tienen que decir para no herir. Son patriotas de aquí pero están en contra de que sean patriotas allí. Esa fase es asquerosa. Prefiero que uno tenga gente que le odie, significará que te expresas con libertad.

–En la novela también hay un choque entre un personaje con ideales y otro sin ellos.

–Quería contar cómo gestionar la quiebra de tus ideales que es un proceso natural en la vida de una persona. Es muy posible que no cumplas todos tus ideales, que las personas en las que has depositado tu confianza, no sean como tú los pensabas exactamente. Las personas somos imperfectas. El ideal se va resquebrajando y hay algo muy bonito en la idea que el personaje fuera descubriendo y construyendo eso. Siempre he abominado de los dogmas, ningún ideal está por encima de la gente y para ello tienes que descubrir que los ideales son una especie de meta a la que no vas a llegar. Y eso hace más difícil vivir.

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