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«No había libros sobre mujeres compositoras»

 

La historiadora de música Anna Beer. - LAURA GUERRERO

MARTA CERVERA
13/06/2019

La historiadora Anna Beer (Londres, 1964) ha publicado un revelador libro sobre compositoras injustamente olvidadas. Ellas, a diferencia de sus homólogos masculinos, se enfrentaron a multitud de prejuicios. Su estudio se centra en mujeres de diferentes épocas, desde Francesca Caccini, que vivió en la Florencia renacentista, hasta Elisabeth Machonchy, contemporánea de Britten. Barbara Strozzi, Jacquet de la Guerre, Marianne Von Martines, Fanny Hensel Mendelssohn, Clara Schumann, Lili Boulanger completan el libro.

–¿Qué le llevó a escribir Armonías y suaves cantos (Acantilado)?

–La idea surgió mientras daba clases sobre la música en Shakespeare, sobre John Milton y su descubrimiento de la ópera cuando viajó a Italia y la sorpresa que le causó ver a mujeres en escena. Algo que no ocurría en Inglaterra. Entonces caí en la cuenta de que nunca había escuchado o tocado una obra compuesta por una mujer. Quizá solo escuché una en un concierto. Y ese silencio me hizo pensar.

–No es habitual verlas en las programaciones ni siquiera hoy en día.

–Siguen sin estar ahí y era todavía peor cuando empecé a escribir el libro hace cinco años. Para mí, que siendo una niña tocaba el clarinete, el piano y la flauta dulce y hasta compuse algunas cosas, fue chocante no encontrar apenas libros sobre mujeres compositoras. Y aunque no soy musicóloga, me propuse rescatarlas porque sus historias son apasionantes. Todas desafiaron las convenciones sociales.

–¿Qué le ha sorpendido más?

–Su música. Uno interioriza aquello que le dice el mundo que le rodea. Y en mi caso era que no había mujeres compositoras o que, si existieron, no debían de ser buenas porque si no las conoceríamos. Gracias a esta investigación, de repente empecé a escuchar magníficas obras y ¡todavía hoy sigo haciéndolo!

–¿Hay conexión entre las compositoras de hoy y las del libro?

–Los problemas a los que se enfrentan son similares: la división del trabajo entre hombre y mujer en casa hoy pesa tanto como en el Dresde de 1840. Y la dificultad de montar un espectáculo en la época de los Médici en Florencia no dista mucho del que tendría una compositora actual. El sistema no ha cambiado porque el pensamiento no ha evolucionado.

–¿Ni siquiera en esta época de empoderamiento de la mujer?

–Algo empieza a cambiar. Ahora hay mucho más debate que cuando me metí en este proyecto en el 2014. Estamos en la era del #MeToo. Pero no basta que en la radio pública de Inglaterra programen 24 horas de música clásica escrita por mujeres cuando se celebra el Día Internacional de la Mujer. Se puso en marcha en el 2016 pero resulta frustrante limitarse a sacar sus obras del olvido un día e ignorarlas el resto del año. Quiero escuchar esas obras de manera habitual, sin tenerlas en un gueto. No debe haber una sección dedicada solo a las mujeres.

–¿Acaso se puede adivinar si una obra es femenina solo con escucharla?

–¡Ni hablar! La música no tiene sexo. No puedes saber si es hombre o mujer escuchando una pieza clásica igual que tampoco adivinas si un intérprete es hombre o mujer cuando solo le escuchas, sin verle, como ocurre en las pruebas para una orquesta.

–¿Sigue escuchando y descubriendo nuevas composiciones creadas por mujeres?

–El libro ha hecho posible mi sueño: trabajar con músicos y rescatar otras obras escritas por mujeres. Siento como si hubiera descubierto un nuevo continente, aunque no todo es de mi gusto. Pero acabo de descubrir los cuartetos de cuerda de Maddalena Siamen, una italiana del siglo XVIII que se adelantó a Haydn, considerado el padre de este tipo de cuartetos.

–¿En qué se diferencian las mujeres compositoras respecto a ellos?

–Ellas son prácticas y mucho más pragmáticas. Elisabeth Maconchy, por ejemplo, componía cuando su hijo dormía. En general, ellas no se arriesgan tanto a la hora de crear ya que debían aprovechar su oportunidad para ser escuchadas. Ya es suficientemente duro ser mujer compositora como para atreverse a ser vanguardista. Por eso hacían obras que sonaran familiares, no demasiado complicadas y con melodía. Aunque ha habido excepciones, en su mayoría fueron precavidas y conservadoras como compositoras. Es el precio que pagaron para ser escuchadas. No fueron tan libres.

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