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OBITUARIO / JOSÉ LUIS CORTÉS 'PANOJA'

Que no, que no estaba de parranda

 

José Luis Cortés. -

Javier Losilla Javier Losilla
08/10/2019

Esto no es una necrológica al uso; es, lamentablemente, la despedida a un amigo: José Luis Cortés Alcario, más conocido en el mundillo musical aragonés como Panoja. Ayer, seguramente escuchando lejanos ecos de lo que él llamó flamenco diásporo, hizo el tránsito a «la noche callada» de Dylan Thomas. Biólogo, profesor, agitador cultural, erudito y visionario (en el sentido de poner en práctica sus sueños), José Luis fue un revoltoso de verbo fácil y carácter vigoroso. Llegó a Zaragoza desde el sur eterno, y pronto su ímpetu se coló en bares, publicaciones y salas de conciertos. Compaginó, hasta su retiro de las aulas, la docencia con el periodismo y la música, sin duda una de sus grandes pasiones.

Colaboró en el periódico Andalán y en publicaciones de difusión nacional, además de impulsar, a partir del segundo número, con un puñado de amigos entre los que me cuento, esa locura de revista con vocación de un futuro que se truncó llamada Menos 15. Pero aspiraba a algo más que a escribir sobre el trabajo de los demás. Era un creador nato, y eligió el camino de la producción y del management para sentirse vivo. Insufló vida al grupo Los Combays (lo colocó como telonero de The Cure), y bautizó su apuesta como rumbabilly. Toda una declaración de intenciones de quien, como muchos de nosotros, solo creía en una pureza: en la del bourbon.

Su fe en la música caminó pareja a su descreimiento en el negocio, por el que peleó, discutió y se enfadó: de ahí lo de Panoja, su apodo artístico. Es difícil hacer recuento de toda su trayectoria, y tampoco es necesario. Pero no podemos olvidar su apuesta por el flamenco (promovió discos de cantaores, impulsó el flamenco diásporo de la Orquesta Popular de la Madalena, su barrio, por el que se movía con el orgullo de un príncipe, y dio alas al Festival Flamenco de Zaragoza), se empeñó en que la jota entrara con todos honores en el siglo XXI, llevó a Paco de Lucía a Pirineos Sur, y a Battiato, y a Peret. Se fundió con la cultura gitana de aquí y de allá. Su creación más reciente fue el ciclo De la raíz, otro intento por demostrar que el mundo es mestizo y que la música es el reflejo más visible de esa realidad. Visionario, he dicho al inicio de este adiós: cuando poco se sabía por estas tierras de Niño de Elche, José Luis lo trajo a cantar a Zaragoza; cuando Rosalía grabó su primer disco, él supo ver el talento de una artista que más tarde se comería el mundo y le ofreció un escenario en la ciudad.

Hasta casi su último aliento, peleando contra una enfermedad que hace pocos años le dejó postrado en una silla de ruedas, ha estado colgado del teléfono y del ordenador desde la cama doliente en la que ha pasado sus últimos días, escuchando música, negociando conciertos, programando...
Me gustaría escribir que José Luis, como el Muerto vivo que cantó Peret, está de parranda, tomando cañas. Pero no: deambula por el Hades, cruzando el río Aqueronte. No es la mejor sala de música para ir, la verdad, pero aun en el supuesto de que esté rumbeando con el barquero Caronte, nosotros nos hemos quedado bien jodidos. ¡Que lo sepas, Panoja!

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