+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario El Periódico de Aragón:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
 
   
 
 

El Perro trotamundos pregona en la cartuja

 

Juan Perro, al caer la tarde, en la recta final de su concierto del sábado en la Cartuja de Monegros. -

Javier Losilla Javier Losilla
20/09/2020

Como un trotamundos tan renacentista como barroco llegó el sábado Juan Perro (Santiago Auserón), voz y guitarra, a la Cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes, popularmente conocida como la Cartuja de Monegros, y cual ingenioso hidalgo cervantino, sin rocín pero con guitarra, pregonó: «Señora, donde hay música no puede haber cosa mala». Dicho lo cual, habló y cantó con tal destreza que convenció y encendió a un público hambriento de historias, e incluso despertó las almas dormidas de los monjes.

Cartujos que un día habitaron tan singular y mencionado edificio (situado en el término municipal de Sariñena, cerca de Lanaja), originalmente creado en 1507 por los Condes de Sástago, levantado como monasterio entre los siglos XVI y XVII y transformado en el XVIII en la construcción que hoy conocemos, repleta de pinturas murales salidas de la mano de fray Manuel Bayeu, cuñado de Don Francisco de Goya, y adquirida en tiempos recientes por la Diputación de Huesca para su restauración. A esa institución debemos también el notable ciclo de conciertos SoNna, que concluyó ayer después 31 días de transito por parajes naturales y patrimoniales.

Aquí acudió, decía, Juan Perro, sin duda uno de los artistas más sobresalientes y completos que en las españas han sido y son (cubano o no), aunque sus canciones no figuren en formularios y recetas radiofónicas, ni alcancen la gloria de lo efímero. Su talento, erudición y elocuencia, engarzados con el sustrato más profundo de lo popular, convierten cada uno de sus conciertos en gozosa experiencia. Propuso un mapa sonoro (un viaje transfronterizo y transestilístico), repleto de postales (las canciones). ¡Y vaya si viajamos! Inició el recorrido con El forastero, Ámbar y Los inadaptados. Recordó al musicólogo renacentista Francisco Salinas y a Paul Desmond, autor de la muy conocida pieza de jazz Take Fave, para explicarnos con mucho humor los cinco tiempos (compás 5x4) de El mirlo del pruno. Tan en situación se metió, que a Renacimiento sonó el cierre instrumental de la canción.

Gongorino más tarde, este Perro cantor transmutó en barroco con A morir amores, entró en meneo de calipso con Agua de limón y cambió la laguna de Sariñena por el delta del Misisipi para rememorar a Louis Armstrong (I Gotta Right To Sing The Blues) antes de enfilar Luz de mis huesos. Luego tomo Aire, paseó por La Habana con Perla oscura, navegó por el Río negro y cerró periplo con El viaje. Quiso despedirse entonces, pues ya la luna se aprestaba a salir y el frescor hizo su aparición en la cartuja (la actuación se celebró en el exterior del monasterio), pero ya lo cantó en tiempos pretéritos Alberto Castillo: «Todos queremos más, más y mucho más». Así, de vuelta al escenario abordó una Semilla negra que trufó con ritmo y redondillas de son, y una muy peculiar Estatua del jardín botánico, en guiño necesario a lo que antes había llamado etapa post-punk. Fuímonos entonces todos felices, pisando caracoles y entonando cual coro de cartujos «agua de limón / agua de limón / dame otro vasito de agua de limón».

Agenda

 
 
Escribe tu comentario

Para escribir un comentario necesitas estar registrado.
Accede con tu cuenta o regístrate.

Recordarme

Si no tienes cuenta de Usuario registrado como Usuario de El Periódico de Aragón

Si no recuerdas o has perdido tu contraseña pulsa aquí para solicitarla