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ENTREVISTA

Luis Landero: «Si juzgas, simplificas al personaje y lo empobreces»

 

Luis Landero, ayer, en el centro de Zaragoza. - JAIME GALINDO

DANIEL MONSERRAT
15/03/2019

--Lluvia fina es un título más que apropiado para su novela, ¿es peor una lluvia fina que un temporal?

–Es que la lluvia fina a veces puede acabar en temporal. En cuanto se me ocurrió la historia se me ocurrió el título. Esas discusiones entre familiares, pequeñas afrentas, pequeñas cosas pero que un día y otro día van creciendo como la lluvia fina que va calando y que puede llegar a desbordarse y a destruir todo lo que encuentra a su paso.

–¿La familia es un laboratorio a pequeña escala?

–Efectivamente, porque es donde las relaciones humanas están concentradas, focalizadas y lo que ocurre en las familias son precursoras de nuestras relaciones sociales también. Y, además, ya sabemos también que luego las familias tienen sus particularidades y convivir íntimamente durante muchos años es todo un aprendizaje acerca del arte de convivir. Es todo un catálogo de pasiones, quién no ha odiado a sus padres, a sus hermanos, quién no hubiera dado la vida por ellos…

–Las familias también estallan como se ve en la novela.

–Es que todo está ahí, el amor también por supuesto, pero luego a partir de ahí se desmadran y afortunadamente se reprimen. En la familia los malos sentimientos, los rencores y los odios normalmente se reprimen, como tiene que ser. Una manera de reprimirlo es separarse de ellos pero cuando salen todos los demonios que hay o que pueda haber, puede ser terrible.

–Le he leído que ha comparado la situación de esta familia con la de España...

–No, no, yo no lo he comparado, a mí me lo han preguntado, ¿eh?. Para nada he pensado en hacer una alegoría, dios me libre, cuento la historia de una familia y punto. Un narrador se mueve en lo concreto, pero bueno, es inevitable, la historia tiene una resonancia simbólica y es inevitable que te pregunten. Creo que somos en España como una gran familia en crisis en la que nos queremos y nos odiamos y donde a veces nos hacemos la puñeta unos a otros, una familia que, en realidad, de toda la vida se ha llevado mal. Siempre andamos a grescas y hostias pero así somos.

–Tampoco huye de su estilo en esta novela, narra pero ni juzga ni moraliza.

–Los personajes pueden juzgarse entre ellos y, de hecho se juzgan, pero que el narrador entre a juzgar pues no. Hay que aprender de Cervantes, de esa cordialidad que no juzga, que presenta los personajes en todas sus facetas de un modo poliédrico, con sus cosas buenas y malas. Me parece que eso de juzgar es cosa de la novela decimonónica con todos mis respetos porque es maravillosa pero no viene a cuento que el narrador se interfiera en plan psicólogo y en plan juez.

–¿El lector es soberano?

–Efectivamente. Al personaje hay que presentarlo en toda su ambigüedad, cuanto más ambiguo es, más rico es en su significado. Si tú dogmatizas y al personaje lo simplificas por medio de juicios, lo empobreces. Todo personaje tiene que ser humano y eso es ser de todo, a veces un poco hijo de puta, ser un santo… Y eso es lo humano. Esa ambigüedad es fundamental en la literatura.

–¿Ningún relato es inocente? Lo digo porque lo deja muy claro en la primera página de esta novela.

–A menudo el pasado que tenemos es en parte imaginario, hay recuerdos subjetivos, otros con los que creemos recordar lo que hemos soñado, imaginado y a veces pues también exageramos las cosas, nos las inventamos. Es tremendo cuando somos niños cómo puede influir en nuestro carácter o modo de ser una mirada que creemos que es de desdén de nuestros padres. Eso se nos queda para siempre, en el alma de los niños todo está por imprimir. Y todas esas afrentas, esos agravios, esas heridas de niños pueden llegar a ser traumáticas. A partir de ahí nos montamos nuestro mundo, de victimismo muy a menudo porque ser víctima es confortable. Y nuestro pasado es a veces muy subjetivo y por eso los relatos no son inocentes y las palabras tampoco. Como decía Octavio Paz, cuidemos las palabras y cuidémonos de las palabras. Hay que tener mucho cuidado con las palabras tanto cuando las decimos como cuando las escuchamos.

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