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Síntomas de la angustia

Vacío, silencio y culpa son el tuétano de ‘Homo Lubitz’, de Menéndez Salmón

 

Síntomas de la angustia -

DOMINGO RÓDENAS
18/01/2018

‘HOMO LUBITZ’

Ricardo Menéndez Salmón

Editorial Seix Barral

Las novelas de Menéndez Salmón no admiten lecturas planas ni entregan ninguna forma de consolación o conformidad, ni siquiera en su factura formal y estilística, una de las más exigentes de la actual narrativa española. Son novelas que perforan la fisonomía de la realidad para asomarse al otro lado, al hueso y al inconsciente colectivo, donde el orden social y las reglas de la conducta muestran su desnudez, su ilegitimidad y su corrosión. Este efecto de ahondamiento inmisericorde lo exploró, en sus primeras novelas, en el pasado histórico, pero en el El Sistema (2016) desplazó el eje de su acción hacia el futuro, un futuro asfixiante en el que se ha impuesto el control omnímodo de la vida y el destino de los ciudadanos, como sucede en la imaginación distópica desde Huxley y Orwell hasta J. G Ballard o Margaret Atwood. En Homo Lubitz ha buscado un territorio intermedio que le permite narrar una distopía como si se tratara no de una parábola política o una fantasía tecnológica, sino como una narración de acontecimientos ya sucedidos. Eso no coarta su libertad de manejo de géneros y lugares comunes, desde la graduada tensión del thriller hasta el estereotipo del anciano misterioso e inhumano en el que es fácil ver las trazas de un vampiro.

Los hechos se sitúan en 2025, en una China donde una ubicua corporación, Arconte Limited, ha firmado un protocolo para que toda los millones de chinos con intolerancia a la lactosa se sometan a un tratamiento farmacológico que les permitirá superarla. O’Hara, el agente encargado de la transacción, no puede sospechar que tras el ventajoso acuerdo se oculta una brutal medida de control demográfico. Obsesionado por los accidentes como desgarrones a través de los que afloran las causas invisibles del mundo, el personaje deberá asumir otra misión desde su retiro en Venecia, la de buscar un lugar único en el mundo por orden de Control, el propietario de Arconte. Tanto la estancia en China como este nuevo cometido los desempeña O’Hara en compañía de unos secundarios memorables, en especial el intérprete Zhao y la anciana cariátide Amanda. Su historia, se dice en un momento, es la del siglo XX: «vacío, violencia y culpa», y ese es también el tuétano de esta poderosa y sobrecogedora novela.

Porque O’Hara es él mismo testigo y paciente del vacío de nuestra época, la de un hedonismo nihilista desesperado de sí mismo; de la violencia estetizada y de la violencia globalizada y ejercida con la impunidad de un videojugador; lo es también de la culpa de quien decide y de quien ejecuta, de la maldad consentida, de la complicidad con el sufrimiento. El título, en el que se alude al copiloto alemán que estrelló en el 2015 un Airbus en los Alpes, ilumina el ominoso sentido de la novela: la vertiginosa angustia ante el abismo de una existencia vacía. Ese es el síntoma de nuestro tiempo que ha rodado David Cronenberg en una película sobre aquel criminal accidente. Novela compleja y profunda, en la que aquello de lo que se habla parece no poder ser dicho (o mirado) sino indirectamente, como ocurría con la Medusa mitológica.

Revista RedAragon

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