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MEMORIAS

Vivir era muy difícil

La IFC rescata las andanzas y los recuerdos de Francisco Foz como veterinario rural

 

JOSEFINA LERMA LOSCOS
15/05/2014

FRANCISCO FOZ: MIS MEMORIAS

EDITORIAL Institución Fernando el Católico de la Diputación Provincial de Zaragoza

PÁGINAS 138

 

Mis memorias. Andanzas de un veterinario rural (1818-1896) es una extraordinaria historia rural aragonesa, de desafíos y superación, y de largas caminatas. Su autor, Francisco Foz, nació en 1818 en Fórnoles, un pequeño pueblo del Matarraña (Teruel), del que proceden personajes ilustres como el médico Andrés Piquer o el propio tío de Francisco, el escritor Braulio Foz.

El manuscrito abarca la breve infancia, con su escasa instrucción y tempranas responsabilidades; los primeros años de casado, que coinciden con la guerra carlista (1833-1840); un largo período posterior de penurias e inestabilidad; sus estudios de Veterinaria en Zaragoza; las tres décadas de andanzas como veterinario rural, y el retiro en Zaragoza, cuando escribe estas memorias, poco antes de fallecer en 1896.

Los datos autobiográficos se combinan con los sucesos políticos, sobre todo relacionados con Ramón Cabrera y los movimientos carlistas, que narra con extraordinaria crudeza, entrelazados con su vida y entorpeciendo sus intentos de salir adelante. Foz fue testigo de castigos o ejecuciones crueles y de las exigencias de alimentos, ropa y cobijo por parte de las tropas. Entre sus recuerdos, las escaramuzas del 5 de marzo de 1838 en Zaragoza o la ocupación de Fórnoles por un batallón y un par de escuadrones de caballería y artillería, que usaron las mesas de los altares de la iglesia como pesebres, mientras la sacristía servía de cárcel.

OTROS TRABAJOS

Antes de tomar la decisión de convertirse en veterinario a los 36 años, Foz había sido pastor, labrador, tendero, recaudador municipal de impuestos, guardia de montes, tratante de caballerías, vendedor ambulante de telas,- sin prosperar ni ver claro el futuro de su cada vez más numerosa familia. Superados importantes inconvenientes (la oposición de su esposa, la desconfianza de su tío), se trasladó a una Zaragoza invadida por el cólera para comenzar a estudiar, a la vez que trabajaba de estanquero, barbero, copista de manuscritos y posadero. La escuela de Veterinaria estaba en la calle Dormer, pero la formación requería la práctica de herrado en la plaza de la Magdalena y de forjado en San Pablo, y el estudio de aritmética en la parte baja del mercado.

Su primer destino como veterinario fue Obón (Teruel), donde vivió cuatro años. Son interesantes esos datos de primera mano sobre el desempeño de la profesión, y los detalles de un universo rural poblado y vivo, que ahora solo podemos imaginar. Obón era un pueblo sano, según relata Foz, en el que encontró ratos de descanso para leer (con el tiempo se hizo con una buena biblioteca), cazar, pescar, trabajar un huerto, escribir artículos sobre ciencia Veterinaria y entablar buenas relaciones vecinales, aunque su despedida fue accidentada. Luego atendió en Montalbán y sucesivos puestos en la provincia de Zaragoza (Plou, Belchite, Codo), mientras sus hijas crecían y los varones estudiaban. A los 74 años se retira en la capital aragonesa, al cuidado de uno de ellos, asombrado de no tener que madrugar ni tardear, e intranquilo por su dependencia económica.

Las experiencias ajenas casi nunca nos penetran, pero hay un aspecto del relato de Foz que se comprende muy bien: las horas que pasó caminando. Caminó en su juventud de un sitio a otro; caminó de Fórnoles a Zaragoza y viceversa, y luego, de esta ciudad a Gargallo y Estercuel antes de llegar a Obón; en Montalbán iba y venía a pie casi cada día a Peñarroyas y Utrillas; en Plou o en Belchite, andaba a diario hasta los pueblos cercanos.

 

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