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Entrevista

Chus Viejo, MISIONERA EN EL BARRIO DE ‘EL CODITO’ EN BOGOTÁ (COLOMBIA): "La mejor recompensa es ayudar a los demás"

María Jesús Viejo, Chus, nació en Cifuentes (Guadalajara) y vivió su juventud en La Almunia de Doña Godina (Zaragoza), pero ha pasado la mayor parte de su vida en los barrios marginales de Bogotá con el Instituto de Misioneras Seculares (IMS). Tras viajar a Honduras a visitar a uno de sus hermanos, también misionero y ver la pobreza de aquellos pueblos, tomó la decisión de irse a Colombia. Allí reside desde hace 30 años en El Codito, un barrio de la loma norte de Bogotá, ayudando a los más desfavorecidos.

 

Chus Viejo -

Cecilia Viejo espacio3@elperiodico.com
24/04/2019

–¿Cree que el querer dedicarse a los demás es algo que se lleva innato?

–Creo que sí, pero eso no se improvisa, se vive desde la niñez. En mi familia recibí valores como la justicia, la igualdad y el amor a los demás, que han ido conformando mi vida. Vengo de una familia de catorce hermanos donde se nos enseñó a ser solidarios, sensibles a las necesidades de los demás y a vivir en igualdad. Además, siempre participaba en la parroquia y a las actividades del pueblo. Esas fueron mis raíces.

–¿Cómo conoció el IMS?

–Detecté desde muy pronto los deseos de comprometerme en algún grupo que me ayudara a potenciar mis inquietudes, pero hablaba con mucha gente sin encontrar apoyo. Un día un tío mío, profesor en la Universidad de Salamanca, me habló de las misioneras seculares, y me invitó a ir allí a conocerlas. Estuve una semana en la Casa de Espiritualidad y me encantó el ambiente. Eran mujeres preparadas intelectualmente, entregadas y con una apertura muy grande a la realidad cambiante en la sociedad y en la Iglesia. Volví entusiasmada a mi pueblo.

–¿En qué momento se unió al grupo?

–Esos años fueron de muchos cambios en mi familia y nos trasladamos a vivir a La Almunia de Doña Godina, donde me olvidé un poco de mi inquietud personal y me centré en el trabajo y en el apoyo a la familia. De forma muy accidental, en el hospital clínico de Zaragoza donde estaba mi hermana ingresada, conocí a una persona del IMS. Desde ese momento inicié un contacto más intenso con este grupo, que me convenció por su entrega, estilo de vida y su fraternidad conmigo y con mi familia que vivía un mal momento con el fallecimiento de mi hermana. Así comencé mi periodo de formación en el IMS.

–¿Cómo tomó la decisión de irse de misiones? ¿Fue difícil?

–Programé un viaje a ver a un hermano misionero en Honduras y me fui 40 días a compartir con él y sus compañeros. Sin duda ese viaje cambió mi vida. Ver la pobreza en la que vivían los campesinos, aproximarme a ese mundo de la marginación, cambió totalmente mi forma de ver la vida. Al regreso a España me planteé un cambio radical para ser fiel y dar una respuesta más coherente a mi opción. Un grupo de misioneras de Colombia habían solicitado apoyo a España, preferentemente con preparación en algún oficio, para desarrollar un trabajo con comunidades empobrecidas y con mujeres, y esto fue definitivo para reafirmar mi decisión.

–Me imagino que los primeros meses en Colombia serían muy duros. ¿Fue muy distinta la realidad que se encontró?

–Mucho. Encontré un grupo de misioneras muy entregadas y con muchos proyectos a desarrollar. Vivimos en una casa muy sencilla, muy pobre y con muchas carencias, pero éramos felices en esta misión. Tuvimos muchas dificultades. Nos robaron varias veces. Pero todos estos hechos nos ayudaron a desprendernos, a reflexionar, a vivir con menos cosas y a caminar con los pies descalzos. También fue necesario cambiar muchas cosas para adaptarnos a la cultura del pueblo colombiano.

–¿Cómo empezó su contacto con los barrios más pobres?

–Conocimos a una vecina que tenía una amiga en sector El Codito, así que fuimos a visitarlo. Salían niños y mujeres de todas partes. Los hombres estaban en el campo. Ellas se quedaban a defender los cambuchos –chabolas– de los que querían desalojarlos. Estaban hechas de lonas y palos. Entonces vimos que nuestra primera labor allí debía ser la de ayudarles a construir espacios dignos para vivir. Esos terrenos eran del estado y la población que llegaba venía de los campos, huyendo de la violencia y con la necesidad de buscar colegios para sus hijos. No tenían otra salida que tomar esos terrenos.

–¿De dónde sacaban la financiación para construir las casas?

–Comenzamos con un fondo rotatorio de dinero para que comenzaran a construir sus casas de ladrillos. Un sacerdote de una parroquia en España recolectó dinero para este fin. Organizamos a catorce familias y distribuimos el dinero en un fondo rotatorio para conseguir materiales. La mano de obra se hacía por solidaridad entre ellos. Cuando devolvían el dinero, rotaba a otra familia, y así fue desarrollándose el barrio. Mientras tanto, estábamos capacitando a las mujeres. Lo que ellas querían era formarse para crear una empresa de confecciones que les permitirá elaborar los uniformes de sus hijos. Y capacitarse en peluquería para arreglar a sus hijos sin necesidad de gastar plata. De este trabajo comunitario y organizativo se formó Copevisa en 1993, una cooperativa que hoy sigue dando trabajo a un grupo de mujeres del sector.

–Actualmente, ¿cuál es la situación de El Codito?

–Con los esfuerzos de los líderes comunitarios, hemos conseguido que nuestros 17 barrios tengan la legalización de sus terrenos y estén reconocidos por el estado. Tenemos todos los servicios básicos y un desarrollo ejemplar dadas las condiciones del territorio. Además, hemos trabajado en abrir espacios para los jóvenes a nivel cultural que permitan prevenir la drogadicción o el abandono escolar. Conseguimos que la alcaldía local nos cediera una casa para desarrollar allí el proyecto comunitario. Asimismo, potenciamos actividades para la construcción de una cultura de paz y reconciliación, nada fácil, dada la limitación económica. Nuestra cooperativa tuvo un reconocimiento de la alcaldía mayor de Bogotá con el primer premio Por una Bogotá Mejor.

–¿Alguna vez le han impedido esa labor?

–Siempre que se trabaja con una población empobrecida se viven muchas dificultades y sobre todo hay trabas cuando la misión es denunciar la injusticia. También al vivir en un territorio así, se dan envidias y rivalidades que no dejan que se desarrollen por distintos intereses de castas o grupos que defienden sus intereses, pero nada que me haya paralizado mi trabajo por los más pobres y sus intereses.

–¿Nunca se ha sentido débil?

–En muchas ocasiones, son 30 años ya. Pero cuando se ha interpuesto alguna piedra en el camino, siempre ha pasado algo o ha habido alguien que nos ha ayudado a continuar. Y lo más importante es que esta misión no es personal, cuento con un equipo de trabajo detrás. Ayudar a los demás y ver como las personas crecen, se desarrollan, salen adelante... es la mejor recompensa.

Espacio3

Suplemento semanal dedicado a la acción social, la economía solidaria y la cooperación al desarrollo. Se edita en colaboración con Obra Social La Caixa y se distribuye con la edición de los miércoles de El Periódico de Aragón.

Edita: Prensa Diaria Aragonesa. Hernán Cortés 37. 50005 Zaragoza.

Correo electrónico: suplementos@aragon.elperiodico.com
Periodicidad: semanal

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