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Una comida amarga

Granados ensombreció el almuerzo que había organizado el presidente Rajoy con sus barones para ganar impulso político y para reactivar al PP

 

Mariano Rajoy, con Alberto Núñez Feijóo, Cristina Cifuentes, Juan Manuel Moreno y María Dolores de Cospedal (de espaldas), este mediodía, en Génova, antes de la foto de familia. - JOSÉ LUIS ROCA

GEMMA ROBLES
13/02/2018

Había runrún en la sede central del PP de que Francisco Granados iba a pedir paso «algún día de estos» para convertirse en protagonista, después de que su exsocio David Marjaliza estuviera colaborando con los tribunales y, según parece, poniéndole las cosas bastante complicadas. El runrún dejó de serlo y se convirtió en una realidad este lunes, 12 de febrero, justo la jornada elegida por Mariano Rajoy para convocar a sus barones autonómicos a hablar de financiación, entre otros asuntos, y a almorzar con él, con su vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y su titular de Hacienda, Cristóbal Montoro.

Horas antes de esa comida con el presidente, el imputado Granados, el mismo que dijo hace meses que jamás tiraría de una manta que no existía, se despachó a gusto delante de un juez señalando a Esperanza Aguirre, Ignacio González e incluso Cristina Cifuentes como conocedores de un supuesto sistema de ingeniería financiera que permitía dopar con dinero extra proveniente de la Comunidad, una vez gastado el del partido, las campañas de Aguirre, la jefa, como él se refería a ella durante esa larga etapa en la que fueron inseparables.

¿Qué pruebas tiene Granados?. Ninguna. Al menos eso es lo que él mismo sostuvo a las puertas de la Audiencia Nacional al prestarse a hablar con los periodistas, finalizada su declaración judicial. Apuntó que él no pretendía acusar a nadie, tal solo «defenderse». No especificó de quién o de quiénes. Lo que es obvio es que quien durante años fue consejero en Madrid y número dos del partido regional sabe, y mucho, de lo que ocurría en el gobierno del que era parte y en la organización política en la que participaba.

No hay ‘mea culpa’

Otra cosa es que lo que diga ahora, que se encuentra entre la espada y la pared de la justicia por estar acusados de varios delitos graves, tenga más o menos credibilidad o que pueda probarlo, al fin y al cabo la clave del asunto. Sobre todo si opta por no autoinculparse, algo que le diferencia de quien protagonizó otra declaración-bomba que explotó hace unas semanas sobre la cabeza de los populares: la admisión por parte del valenciano Ricardo Costa de que en el PP había financiación irregular. Y de que si lo sabía es porque él participaba en esa trama en tiempos de Francisco Camps.

A esto y a sus vaivenes en el discurso que ha venido manteniendo se aferró ayer la dirección popular para tratar de quitar hierro al tema. De entrada, por boca de Fernando Martínez-Maillo, tachó de «bazofia pura» las palabras de Granados al tiempo que se arropó a Cifuentes por las acusaciones, de todo tipo, recibidas. Granados llegó a sugerir que mantenía un affair con González. La presidenta madrileña anunció querella criminal (sin descartar la vía civil) y los populares instan a otros partidos a apoyarla por las alusiones de carácter personal que ha recibido. Pero por el momento lo que le ha llegado es la solicitud de PSOE, Podemos y Ciudadanos de que comparezca en el Congreso para explicar cuál fue su papel en las campañas de Aguirre de 2007 y 2011.

En todo caso Granados logró amargar la comida a Rajoy y sus invitados en un día en que la dirección popular pretendía tomar impulso político y hablar de financiación. De eso quería charlar Cifuentes, entre otros. Pero fue ella la que de alguna forma se convirtió en protagonista por la situación en la que le dejó personalmente la estrategia de Granados. Éste sugirió que estuvo en el núcleo de poder que tomaban decisiones sobre irregularidades contables en el PP de Madrid y, de paso, le endosó una hipotética relación sentimental con Ignacio González. Un chascarrillo que según él era importante para entender que la ahora presidenta de Madrid fuera partícipe de la política más negra que se practicaba en la era Aguirre.

Que Granados le tenía ganas a quien durante muchos años fuera su jefa y que terminó por darle la espalda y concluir que le había salido «rana», se sabía. Que iría a por González, compañero de gobierno con el que apenas se hablaba e inmerso en su propia maraña de imputaciones por corrupción, una obviedad. Más sorprendente es que cargue con tanta virulencia contra Cifuentes.

Granados sabe tanto de la vida de su partido que es consciente que dirigir el ventilador (sin pruebas) hacia la presidenta es hacerlo hacia Génova. No en vano Rajoy eligió a Cifuentes para poner fin a una etapa, la de Aguirre, Gonzaléz y Granados.