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ENTREVISTA

Silvia Albert Sopale: "Las feministas blancas hablan de nosotras sin nosotras"

 

Silvia Albert Sopale. - LAURA GUERRERO

NÚRIA NAVARRO
08/02/2020

Al finalizar cada representación de su monólogo 'No es país para negras', la actriz Silvia Albert Sopale (San Sebastián, 1976) abre un coloquio con una singular (y explosiva) regla de juego: los hombres blancos no pueden decir ni pío hasta que los negros –primero ellas; luego, ellos–, y las mujeres blancas después, expresen largamente sus opiniones. ¿Quién antes les había mandado callar? Nadie. Quizá por primera vez experimentan lo feo que es ser ninguneado.

–¿Cómo reaccionan los silenciados caballeros?
–La mayoría no entiende qué pasa. Algunos se indignan. Pero cuando por fin les toca hablar, lo hacen ya desde otro lugar. Finalmente comprenden.

–¿Y las mujeres blancas?
–Sienten culpa y vergüenza de su blanquitud, de sus silencios.

–La activista Bell Hooks dice que las blancas intentan "desaprender el racismo", pero la pifian.
–Hablan de nosotras sin nosotras. Y se apropian de nuestros términos ('sororidad' –'sisterhood'– viene de las hermanas negras de EEUU, por ejemplo) y los blanquean. El mundo está configurado entorno a Occidente y puede coger lo que le dé la gana. Si eso es de lo que acusan al patriarcado, es lo que también hace el feminismo blanco. 

–"El feminismo será antirracista o no será", suelen corear.
–Gusta mucho esa consigna, sí. Pero, ¿te has mirado el racismo que hay dentro de ti, mujer? ¿Dónde estaban las movilizadas contra 'la Manada' cuando las temporeras de la fresa de Huelva denunciaron abusos?

–No estaban.
–No. Yo les recomiendo callar, escuchar y ceder espacios de privilegio. Y hay que descolonizar el saber. A Barcelona traen académicas de fuera para que hablen de nosotras y a las que hay en el territorio ni las conocen ni las reconocen, quizás por el color de su piel. En la ciudad hay personas con una experiencia de vida que no tienen esa oportunidad. Como mucho, las exponen en un 'stand' para ver cómo cosen o hacen trencitas.

–No se fía, en definitiva.
–No puede representarme alguien que ha hablado siempre por mí, que ha estado a mi lado y no me ha visto. No conoce mis necesidades ni mis miedos.

–¿Necesidades muy distintas?
–Por ejemplo, las mujeres negras no tienen problemas con el techo de cristal, simplente porque terminan sus carreras y no encuentran trabajo de su especialidad. Al final, los problemas que plantean son los de las mujeres de clase media, blancas y heterosexuales.

–Plantee los suyos.
–A nosotras nos importa la educación, el racismo en las escuelas, la escasez de referentes para las mas jóvenes, cómo se está contando la Historia. Nos importa mucho lo que pasa en el Mediterráneo, con los menores no acompañados. Son nuestros 'hermanos' y nuestros 'hijos'. No se hace más porque estamos en un sistema racista, o no es la prioridad. ¿Comprende?

–Sí.
–Las blancas imponen una agenda porque 'es-lo-que-nos-afecta-a-todas'. Y no. A ellas las mata el machismo; a nosotras, el machismo, el racismo y el clasismo. ¿Cómo hacerles entender eso?

–Dé una pista.
–Poniéndose detrás, y sin empujar. Yo me manifesté el 8-M, escuché las consignas y, como soy una kamikaze, hablé desde el escenario sobre el trabajo sexual. Las abolicionistas se sulfuraron. La experiencia de las migrantes negras es muy jodida. Es una fantasía clasista sostener que "prohibiendo la prostitución encontrarán otros trabajos". No las podemos dejar atrás.

–Usted no es migrante, ni precaria. Es ilustrada.
–Cuando llego a un teatro, yo sola, los técnicos –hombres, blancos, heterosexuales– no tardan en desplegar el 'mansplaning' [término que define la actitud del hombre que interrumpe a una mujer para explicarle algo de manera condescendiente], el 'whitesplaining' [comportamiento similar, pero hacia individuos de otras etnicidades] y el racismo. Soy una mujer, soy negra, bisexual y encima grandota, y tengo que decirles: "'Hellooo', la obra es mía, la he escrito y la interpreto yo".

–Hasta el empoderamiento, ¿el camino es largo?
–Mi narrativa no es la misma que una víctima de trata, por ejemplo. Como dice Karo Moret, hay que "complejizar" el asunto. En general, las afroespañolas reivindicamos la pertenencia a este territorio. Cuando a nuestros padres les decían "vete a tu país", tenían un país al que volver. Nosotras no. Queremos estar representadas en todos los espacios. Queremos llevar a España al siglo XXI. 

–¿Cómo?
–Reconociendo su pasado. Hay que hablar de la esclavitud, de las colonias en Guinea y Cuba, explicar quiénes eran Sor Teresa Chikaba [1676-1748] o Juan de Pareja, asistente de Velázquez. La negación es continúa, supongo que porque hay mucho que esconder y porque, como dice el poeta Justo Bolekia, hay un deseo de ocultar la vergüenza.

–¿Por la crueldad de los antepasados?
–Y por la mezcla de la sangre. España lo que quiere es ser blanca, pero no lo es. Se lo está recordando el caso de Antonio Banderas, a quien en EEUU le han tratado de 'actor de color'. Yo, para empezar, lo que necesito es que la gente no tenga miedo de mí, poder caminar por la calle tranquila mirando a la gente a los ojos, sin sufrir su violencia.

–¿Eso no es posible?
–No te puedes relacionar con normalidad. Entras en una tienda y no te ven como una clienta, sino como una posible ladrona. Y los hombres, sobre todo los mayores, te miran con deseo. De antemano, somos migrantes, delincuentes, prostitutas o mujeres de la limpieza. . Al resto nos han borrado. Y ese imaginario se construye a partir de películas y series.

–A usted la conciencia le nació tarde.
–Hay un momento en que no puedes seguir mirando hacia otro lado. A mí me pasó cuando me quedé embarazada de mi hija –mi pareja es blanco–. Yo era española. 

–¿Cómo era hasta ese momento?
–Tenía un pequeño miedo –aún lo tengo– de poder ser agredida verbalmente, de llegar a un sitio y que me dijeran: "Vete de aquí, no perteneces a este lugar".

–Se mantenía en la periferia.
–Sí. Y pasé por la etapa del complejo –te alisas el pelo, disimulas las curvas– y no hablas nunca de las cosas que te importan. Si lo hacía, la conversación se convertía en un interrogatorio.

–Era la 'rara'.
–Era la 'otra'. Siempre quise ser actriz, pero los únicos referentes que tenía eran Vicenta Ndongo o chicas hipersexualizadas. Hasta que me metí en las redes y descubrí páginas como 'Negra Flor'. ¡Existía una comunidad [hay dos millones de afrodescendientes en España]! Me emocioné. No estaba sola. Empezaba a verme como una persona completa.

–Con ese hatillo de esperanza, ¿qué hizo?
–Soy una mujer de acción. Hago y luego pienso, y así me va. En el 2014 había muerto la poeta afroperuana Victoria Santa Cruz, autora de 'Me gritaron negra' –ahora mismo es el Poema de las mujeres negras de lengua hispana– y ese descubrimiento provocó un giro en la dramaturgia de 'No es país para negras', obra dirigida por Carolina Torres Topaga.

–¿Qué clase de giro?
–No quería hacer una obra sobre una negra que lleva un cántaro de agua en la cabeza. Quería explicar a una negra que quiere ir a comer una hamburguesa al McDonald’s y encontrar una camisa con motivos africanos en la tienda de la esquina. Fue un trabajo sanador para mí, para la comunidad y para mis ancestras.

–¿De qué hablaremos?
–De cómo tiene que ser el teatro, la tele, la publicidad... Con el feminismo y el LGTBI se ha entendido clarísimo. Con las personas racializadas, no. 

–Cierto.
–Y hablamos de nuestra comunidad, de cómo enriquecerla. Hablamos de cómo empoderar a nuestras hermanas y cómo despertar a las que aún duermen; de cómo ocupar todos los espacios. Hablamos de cómo cuidarnos para no quemarnos en la lucha y también hacemos autocrítica interna para mejorar. Hablamos de cómo romper esa imagen de negra única, de primera negra. Y sobre todo, hablamos de lo mismo que habla todo el mundo ¡pero con las gafas afrofeministas puestas!

 
 
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