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Plaza de la Misericordia

Escenario imprescindible

La Misericordia abre sus puertas hasta cuatro veces al día algunas jornadas pilaristas. Decenas de miles de espectadores pasan en una o más ocasiones por el recinto

 

Así lucía La Misericordia en el año 1964, con las torres de la Basílica del Pilar de Fondo. - Foto: Memoria Visual de las Fiestas del Pilar

Carmelo Moya Carmelo Moya
15/10/2020

Cuando en 1764 Carlos III nombró regente de la Real Casa de Misericordia a Ramón de Pignatelli y Moncayo este vio culminada la construcción de la plaza de toros de Zaragoza (de ahí su sobrenombre de La Misericordia) al objeto de proveer de sustento económico al Hospicio Provincial, nunca pensaría que su obra asistencial tornaría en uno de los emplazamientos principales de las actuales fiestas del Pilar.

Pignatelli, ejemplo de hombre ilustrado, era hijo del Príncipe del Sacro Imperio Romano-Germánico y de la V Condesa de Fuentes. Fue doctor en Cánones, Derecho, Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza (de la que fue Rector en hasta cinco ocasiones), donde también cursó estudios de Matemáticas, Física y Ciencias Naturales.

Por su parentesco con el Conde de Aranda (eran cuñados) le llegó el encargo de dirigir las obras del Canal Imperial de Aragón. Fue autor de un proyecto para enlazar el mar Mediterráneo con el océano Atlántico a través del río Ebro y el puerto de Laredo, pero su idea no prosperó. La plaza de toros de Zaragoza es sólo una parte de su vasto legado.

Pero el devenir del tiempo ha situado al coso en un edificio que constituye hoy uno de los ejes en torno a los cuales pivota la fiesta durante más de doce horas al día durante una semana frenética; un inmueble icónico que acoge mareas de zaragozanos y de visitantes que, con distintos objetivos, acuden a los tendidos con la esperanza de gozar de su afición taurina en cualquiera de sus modalidades.

De traje y corbata

Varios toreros observan tras la barrera el puyazo del picador. Foto: El Periódico.

Varios toreros observan tras la barrera el puyazo del picador. Foto: El Periódico.

Hasta hace no tantos años –por su carácter de plaza de temporada– La Misericordia era una de las cátedras nacionales en las que, de marzo a noviembre, pasaban examen las principales figuras del toreo y depositaban instancia una legión de aspirantes a torero que tenían en el coso zaragozano un riguroso tribunal que espurgaba el grano de la paja haciendo criba de mediocridades.

Eran tiempos con una oferta de ocio menguada y restringida que concentraba en los tendidos a aficionados numerosos y cualificados, estimados por el escalafón como de un gran rigor e influencia.

Hoy, la diversificación de la oferta ha propiciado un público de aluvión, ocasional, poco instruido y por demás tolerante que consiente cuando no alienta oropeles.

Así y todo, Zaragoza sigue siendo uno los cosos principales en los que todavía sale el toro de respeto en cuanto a volumen y hechuras. Y en el que, además de las corridas de toros, caben también un par de novilladas y una corrida de rejones. A pesar de su tardía celebración, sigue contando.

Sin parangón en lo popular

Salida al ruedo de una vaquilla durante las Fiestas del Pilar de 1995. Foto: El Periódico.

Salida al ruedo de una vaquilla durante las Fiestas del Pilar de 1995. Foto: El Periódico.

Pero cada vez más, los festejos populares están equiparando su importancia en cuanto a asistencia y repercusión a los festejos llamados formales.

No cabe duda de que no hay otra plaza con tal categoría por el número y calidad de su programación. Es una feria paralela que rinde en caja una cantidad tan considerable que asegura de por sí unos beneficios estimables al global de la cuenta de explotación. Imprescindibles, se diría.

Pero el notable colchón económico y la consolidación de que ahora gozan los festejos populares trae raíz del sueño de un grupo de locos soñadores que se embarcaron en un proyecto que fue objeto de no pocos vaivenes, casi siempre, cómo no, políticos.

En aquella España aperturista que huía con celeridad y hasta con desespero del gris plomizo que había imperado durante décadas para zambullirse en un mar de libertades hasta entonces solo imaginadas, un grupo de promotores entre los que se encontraban el ganadero José María Arnillas, Julián Nieto o Vicente Navarro encontraron la posibilidad de echar adelante su propuesta.

Eran tiempos en los que la alcaldía la ocupaba Ramón Sáinz de Varanda. Julián Nieto llegó a ser concejal como independiente por el Partido de los Trabajadores de España en su corporación y le guardó tal lealtad que incluso rechazó un puesto destacado para ir en las listas del PSOE que impulsaron inmediatamente después a González Triviño a la Casa Consistorial.

En el otro lado estaba el gobernador civil Francisco Laína, contrario a permitir que riadas de alegres y desenfrenados peñistas, ya dueños de la calle, “usurparan” un escenario que consideraba más adecuado para lo que debió de entender como la élite el festejo taurino ordinario: la corrida de toros.

Ese año 1980, primero de la probatina, el público que aguardaba en la calle para acceder al coso doblaba la capacidad oficial del aforo (entonces, en torno a los 14.000 asientos).

Laína llegó a reclamar a Arnillas y Navarro a comisaría. Julián Nieto, en su condición de concejal, tenía un cierto parapeto institucional y no llegó a las dependencias policiales. La respuesta de los peñistas fue plantarse por miles frente al Gobierno Civil hasta lograr devolverlos a la calle.

Un éxito rotundo

Imagen del concurso de roscaderos en los festejos del año 1992. Foto: El Periódico.

Imagen del concurso de roscaderos en los festejos del año 1992. Foto: El Periódico.

A pesar de los fallos de juventud, las mañanas de suelta de vacas echaron a rodar. Ese fue el origen. En principio solo eran tres días.

Pero el movimiento vaquillero había arrancado con una fuerza inusitada y fueron más los llamados a incorporarse a esa corriente imparable e incomparable (ganaderos de la tierra como Marcuello, Ozcoz, Murillo; la visión de los entonces empresarios hermanos Lozano) que fue ampliando la oferta conforme se iban limando las imperfecciones de un modelo de éxito que dura ya 40 años.

Lo primero que se instauró fue fijar un precio simbólico de 100 pesetas para intentar contener un tanto la asistencia de público y, al tiempo, cumplir –de aquellas maneras– con el aforo permitido.

Cuando ya se hubieron asentado las estructuras básicas de la suelta de vaquillas, la mente inquieta de Arnillas (verdadero inspirador y promotor de todo el movimiento) propuso en 1982 el primer concurso nacional de recortadores. El éxito fue total y su categoría aún perdura como el mejor de España. Años después se incorporaría el concurso de roscaderos, todavía vigente. Paulatinamente llegarían los toros embolados y otras tantas disciplinas que hoy se anuncian.

La genialidad de Arnillas y el profundo conocimiento de sus animales era entonces incomparable. Una mañana soltó un toro capón llamado Liebro que ofreció un espectáculo inusitado. Lo había tenido todo el año reservado para esa única salida. Y no se equivocó. Al momento de ser devuelto a los corrales entre la más atronadora ovación recibió una llamada de un ganadero valenciano. Este le ofrecía una considerable cantidad en millones de pesetas por el toro. Arnillas no vendió. Era así.

Se sacaba de la manga sus “vacas saltarinas” o ideaba prototipos para embollar las reses o enfundarlas. Luego, a lo mejor ni lo protegía industrialmente, pero su cerebro siempre estaba en acción. Él era una catapulta que lanzó lo popular para que llegara a ser lo que hoy conocemos.

El encierro no pudo ser

La efervescencia de aquellos años no tenía límites. Incluso se llegó a pensar muy en serio en realizar un encierro al estilo de Pamplona.

Se barajaron todo tipo de alternativas para su recorrido. Primero, que saliera desde la plaza del parque de bomberos aledaño a Conde de Aranda y que discurriera por la calle Pignatelli para llegar a la plaza de toros. Se desestimó por la estrechez de la vía; luego, el plan más racional era partir de Ramón y Cajal (junto al Hospital Provincial) para recorrer Madre Rafols y desembocar en la plaza por la antigua puerta de caballos.

Pero para las autoridades, los contras pesaron más que la frenética ilusión de sus inspiradores. Aquello no prosperó.

Una veintena de festejos

Un joven recortando a las vaquillas (2016). Foto: El Periódico.

Un joven recortando a las vaquillas (2016). Foto: El Periódico.

Lo cierto es que aquel revés no desanimó ni a los peñistas ni a los organizadores, que veían una fuente de ingresos cada vez más cuantiosa conforme avanzaban los años.

Si los Lozano dieron el primer paso en 1980, Arturo Beltrán se entregaría al máximo en tal empeño. Mantuvo a Arnillas a su lado y éste continuó su andadura con las sucesivas empresas durante casi tres décadas. Fue la época dorada de la programación. Y se fue abriendo el abanico de ganaderos. Y estos rivalizaban con lo mejor que tenían en el campo.

La plaza se convirtió entonces en territorio absolutamente peñista. Los tendidos eran un puzzle de colores, cada pieza coronada por su charanga. En los tendidos convivían los madrugadores almorzando magras entre tiento y tiento a la bota con el trasnochador que se quedaba dormido en el lugar más insospechado. El olor de la fritura de la churrería tangente al coso, el “revuelto” de rigor (bebida oficial y ritual)…

Se fue ampliando el número de mañanas vaquilleras a pesar de ir desacompasadas con el calendario escolar (una de las más obsesivas y recurrentes batallas de Julián Nieto que, claro, perdió); y fueron llenándose huecos horarios hasta sumar una media de veinte festejos que se alojan en jornadas en las que la plaza de toros abre sus puertas hasta en cuatro ocasiones.

Pero el espíritu vaquillero no ha sido doblegado por las actuales corrientes contrarias. El legado de aquellos visionarios, llevados en volandas por el movimiento peñista y alentado por las diferentes empresas ha obligado a actualizar la propuesta renovando el tipo de espectáculos. Así, uno de los espectáculos que más demanda tiene hoy es el concurso nacional de cortes de toros goyesco.

Un reglamento específico

Tal es la importancia que ha llegado a adquirir el festejo popular que el Gobierno de Aragón se vio obligado a regular su celebración. El BOA (Boletín Oficial de Aragón) publicó el 17 de octubre de 2001 el Decreto 226/2001, de 18 de septiembre, por el que se aprueba el Reglamento de los Festejos Taurinos Populares.

El texto, lógicamente, ha sido sometido a revisión y actualización para adecuarlo a las circunstancias que desde entonces han devenido.

 
 
2 Comentarios
02

Por Melitonpómez 14:55 - 15.10.2020

Que tiempos de aquellos días, donde se podía aparcar sin pagar, donde pasar días de campo donde ahora hay urbanizaciones cerradas, pero tenemos un Covid que puede dar mucho juego a esta Misericordiia,la vida avanza, la vida es transformación para los vivos.

01

Por JAVIER SESMA 9:42 - 15.10.2020

Análisis perfecto del coso zaragozano. Gran rigor histórico del siglo XX escrito con claridad y eficacia en el relato y basándose, siempre, en la experiencia personal. Perfecto.