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Brasil aparta a Rousseff

La decisión del Senado pone fin a trece años de gobierno del Partido de los Trabajadores. Michel Temer asume el cargo con un programa liberal de recortes y privatizaciones

 

Rousseff, ayer en Brasilia después de su destitución como presidenta. - afp / evaristo sa

edu sotos
01/09/2016

Un golpe de pluma estilográfica, la del presidente del Tribunal Supremo de Brasil, Ricardo Lewandowski, puso fin al mandato de la presidenta Dilma Rousseff. Un gesto simbólico que estuvo acompañado de los aplausos y cánticos del himno nacional de buena parte de los 81 miembros del Senado. Momentos antes, la votación definitiva del proceso de impeachment tuvo el resultado que muchos habían anticipado cuando, el pasado 12 de mayo, la Cámara Alta del Congreso decidió suspender de sus funciones a Rousseff permitiendo la consolidación del Gobierno interino del por entonces vicepresidente, Michel Temer.

Por 61 votos a favor, 20 en contra y ninguna abstención, los senadores concluyeron que Rousseff cometió un delito fiscal al firmar tres decretos suplementarios con los que autorizó préstamos al Gobierno por parte de la banca pública sin la autorización previa del Congreso y con el único objetivo de ocultar la cifra real de déficit del ejercicio del 2015. Una técnica de maquillaje contable que, sin embargo, había sido empleada por todos los presidentes de la joven democracia brasileña sin generar, hasta ahora, ningún tipo de conflicto con el poder legislativo. Pero, en los interminables 112 días que duró la fase final del impeachment, el delito de responsabilidad fiscal fue el argumento más ignorado por un Senado que se atribuyó una autoridad moral superior a pesar de que 41 de sus 81 miembros tienen causas pendientes con la justicia. Rousseff, por cierto, no tenía ninguna.

Vestida con su característico vestido rojo, que reserva para las grandes ocasiones, la líder del Partido de los Trabajadores (PT) no dudó en dirigirse a la nación desde el Palacio de la Alvorada, donde había seguido la votación junto a su mentor, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva. «El primer golpe que sufrí, el golpe militar, que estuvo apoyado por la violencia de las armas, la represión y la tortura, me alcanzó cuando era una joven militante. El segundo golpe, el parlamentario, basado en una farsa jurídica, me derriba del cargo para el cual fui escogida por el pueblo», sentenció la primera presidenta de Brasil, que 46 años antes se había enfrentado con la misma entereza el juicio de la dictadura militar por su pertenencia a la Vanguardia Armada Revolucionaria (VAR). «No me gustaría estar en el lugar de los que creen vencedores. La historia será implacable con ellos», espetó la presidenta guerrillera, que prometió dar mucha guerra al nuevo Gobierno Temer. «En este momento no os diré adiós, tengo la certeza de que os podré decir hasta pronto», concluyó.

temer, cauto / Una amenaza que muchos no esperaban, pero que podría ampararse en el mantenimiento de sus derechos políticos y los beneficios que la legislación garantiza a los exjefes de Estado, tras una segunda votación, destinada a este motivo específico, que concluyó con 42 votos a favor, 36 votos en contra y tres abstenciones. Sin embargo, Temer no se dejó amedrentar por las palabras de su antigua aliada política y procedió a su juramento como presidente de Brasil hasta el 1 de enero del 2018. Eso sí, en un último movimiento de cautela, evitó realizar un discurso eufórico que podría haberle causado más problemas que beneficios y limitó sus primeras palabras en el cargo a un mensaje a la nación que iba a ser emitido en la televisión nacional.

Por lo pronto, el panorama que espera al país no es de lo más prometedor. El llamado Plan Temer promete la solución a la crisis económica mediante recortes del gasto público, privatizaciones masivas de las empresas públicas, una profunda reforma del sistema de pensiones y una flexibilización del mercado laboral. Una receta decididamente neoliberal que ya se aplicó con resultados nefastos en el Gobierno del expresidente Fernando Henrique Cardoso a finales de la década de los 90 y que acabó por encumbrar, contra todo pronóstico, al sindicalista Lula da Silva. Una situación que, irónicamente, podría repetirse en las presidenciales del 2018.

Con los deberes hechos, Temer embarcó hacia la Cumbre del G20 en Hangzhou (China), mientras que Rousseff abandonará en unos días el Palacio de la Alvorada rumbo a Porto Alegre, donde su hija y sus nietos la esperan. Por su parte, el abogado de la expresidenta, José Eduardo Cardozo, anunció que recurrirá la «sentencia del golpe» ante el Tribunal Supremo. Golpe o no, no hubo duda de que se trató de un día triste para la primera presidenta de un país que se atrevió a soñar con un futuro mejor para todos pero cuya clase política, reaccionaria y populista hasta niveles delirantes, no tuvo la paciencia necesaria, o la honestidad suficiente, para esperar un nuevo veredicto de las urnas. H