Aunque para alivio de muchos la protesta de los chalecos amarillos no ha prendido en los barrios periféricos de las grandes ciudades, esos que periódicamente se inflaman cuando a la policía se le va la mano, Emmamuel Macron llevó ayer a la banlieue el debate con el que espera dar una salida a la crisis que estalló a finales de noviembre y que sigue marcando la agenda política del país.

Abierto el pasado 15 de enero con una charla maratoniana entre alcaldes, ese debate «concierne al conjunto de la nación» dijo el presidente francés ayer en Évry-Courcouronnes, una población de 70.000 habitantes a 30 kilómetros al sur de París en la que el exprimer ministro Manuel Valls -alcalde de Évry durante 11 años- habló de «apartheid territorial» cuando en el 2005 la chispa de la revuelta saltó en Clichy sous Bois tras la muerte de dos adolescentes, extendiendo los disturbios al resto de Francia durante semanas.

Tras aquella revuelta se han multiplicado los planes para mejorar la calidad de vida de esas zonas con una gran población de origen inmigrante y se han hecho grandes inversiones en programas de renovación urbana, pero sus habitantes siguen sufriendo la exclusión social y la falta de expectativas. El paro es superior a la media nacional y entre los jóvenes puede alcanzar hasta el 25%, según asociaciones que trabajan sobre el terreno.

Pese a todo, Emmanuel Macron enterró el pasado mayo un nuevo plan para las banlieues que le había encargado al exministro Jean Louis Borloo porque consideró demasiado caro el presupuesto de 50.000 millones de euros para programas que, a su juicio, no habían dado frutos en el pasado.

Algunos de los 150 alcaldes de la región y otros tantos presidentes de asociaciones reunidos en la sala Claude-Nougaro de la alcaldía de Évry-Courcouronnes evocaron los lastres que siguen arrastrando estos barrios y que el alcalde anfitrión, el conservador Stéphane Beaudet, describió así al inaugurar la charla: «Los problemas son los mismos (que en el caso de los chalecos amarillos) pero la diferencia es la segregación territorial».

El primer edil de Grigny, el comunista Philippe Rio, recordó al presidente que la República tiene «una deuda con los barrios populares, que no piden caridad sino justicia» y una representante del consejo nacional de ciudades le pidió «no ahorrar con los pobres». Emmanuel Macron, cómodo con un formato que domina y en el que hay espacio para el humor, fue respondiendo a todas y cada una de las cuestiones sin ceder en lo esencial. «Se puede hacer mejor gastando menos», argumentó siguiendo al pie de la letra lo que se ha convertido casi en un mantra.

Algunos vecinos esperaron en la calle la llegada del presidente. Muy animadas, las adolescentes Hermine, Kenza y Maëva coreaban un rap de apoyo a los chalecos amarillos y decían que Macron solo había reaccionado cuando estalló la revuelta.

Los debates se cerrarán el próximo 15 de marzo y, según ha publicado Le Journal de Dimanche, el presidente francés sondea la posibilidad de celebrar un referéndum el 26 de mayo coincidiendo con las elecciones europeas. Macron ha iniciado esta semana una ronda de contactos con los líderes de los grupos políticos con representación parlamentaria antes de tomar una decisión definitiva pero, de momento, la idea no está generando un gran entusiasmo.

El hecho de que la consulta coincida con las elecciones europeas disgusta en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Marine Le Pen lo ve como una maniobra de distracción y La Francia Insumisa acusa al presidente de «hacer un lifting democrático sin responder a las preocupaciones de los chalecos amarillos».