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CARRERA HACIA LA CASA BLANCA

Los rivales de Trump se posicionan para disputarle la presidencia en el 2020

Nueve candidatos demócratas han oficializado ya sus campañas a un año vista del inicio de las primarias

 

Kamala Harris, senadora por California que aspira a convertirse en candidata por el Partido Demócrata. - EVA HAMBACH / AFP

RICARDO MIR DE FRANCIA
27/01/2019

La cuenta atrás ha comenzado. El próximo 3 de febrero faltará exactamente un año para que se celebren los caucus de Iowa, la cita electoral que marcará el inicio de las primarias demócratas para elegir al candidato que disputará la presidencia a Donald Trump en el 2020. En el seno del partido, los ánimos vuelven a cotizar al alza tras cosechar en las recientes legislativas su mejor resultado desde 1974 y nueve candidatos demócratas se han postulado ya para competir por la nominación. Con cuatro mujeres, una de ellas negra, dos hispanos y un asiático, la parrilla de salida es la más diversa en términos de género y origen étnico que se recuerdan. Y la previsión es que crezca en número a medida que pasan las semanas porque otros 14 demócratas sopesan seriamente lanzar sus candidaturas. 

A diferencia de lo que sucedió en las primarias del 2016, dominadas por la alargada sombra de Hillary Clinton, esta vez no hay un candidato a batir ni un claro favorito. Ninguno de los aspirantes cuenta con un reconocimiento unánime entre las bases o una trayectoria política tan completa como para disuadir a otros rivales. Una circunstancia que tiene su anverso positivo porque ninguno arrastra un equipaje tan pesado como el que acabó lastrando a Clinton. Las lecciones de su debacle están muy presentes en la mente de los estrategas demócratas, obligados a presentar esta vez algo más que una estrategia para impugnar las políticas y el temperamento del presidente. 

PRESENTAR UN PROGRAMA ATRACTIVO

“El partido necesita un candidato que sea capaz de contar con claridad y de forma convincente una historia que no tenga a Trump como personaje protagonista”, ha dicho Dan Pfeiffer, uno de los principales asesores de la campaña de Barack Obama en el 2008. “El gran reto de los demócratas pasa por impedir que Trump controle la conversación diaria. Tenemos que pensar creativamente y estratégicamente sobre lo que queremos comunicar y hacerlo con una disciplina implacable”. Esa habría sido una de las claves del buen resultado en las legislativas del año pasado, en las que los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes. 

Durante la campaña, muchos de sus candidatos trataron de esquivar las provocaciones del presidente, entraron lo justo en el debate sobre la caravana de inmigrantes y plantearon un discurso centrado en las principales preocupaciones de la ciudadanía, como la sanidad, la economía o la influencia tóxica de las grandes industrias en Washington. La movilización de las mujeres y el rechazo visceral que Trump genera en un sector importante del electorado hizo el resto. Pero los demócratas también aprendieron que hay espacio para competir con una agenda desacomplejada de izquierdas, una agenda que defiende la sanidad pública universal, la universidad gratuita o una rápida transición del modelo productivo hacia las energías renovables. 

POPULISTAS Y CENTRISTAS

En la campaña que comienza, varios candidatos pretenden ocupar ese espacio. Particularmente, las senadoras Elisabeth Warren y Kirsten Gillibrand, representantes del ala más populista del partido junto a la congresista y también candidata Tulsi Gabbard. Para todas ellas, la concentración de la riqueza, las componendas a los bancos o el abandono de la clase trabajadora son asuntos más prioritarios que las llamadas guerras culturales en torno al aborto, los derechos de los homosexuales o las armas. La rama populista competirá con figuras más centristas como el exalcalde de San Antonio Julián Castro, o la senadora Kamala Harris, quizá la candidata que más esperanzas ha despertado hasta ahora. 

En la recámara esperan nombres con mayor reconocimiento popular, como el exvicepresidente Joe Biden, el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg, el tejano Beto O’Rourke o el senador Bernie Sanders, el socialista que estuvo a punto de arrebatarle la nominación a Clinton en el 2016 con un discurso en la vieja tradición del populismo estadounidense. Ninguno ha dado todavía el paso adelante, pero todos están explorando sus opciones. 

LA CUESTIÓN IDENTITARIA

El otro gran desafío que enfrenta el partido pasa por definir su postura respecto a la llamada política identitaria. Clinton la abrazó sin tapujos con una plataforma que fue un mosaico de propuestas para responder a las preocupaciones de las minorías, desde el racismo en el sistema de justicia, a los derechos de los gais, la regularización de los inmigrantes o la discriminación de los musulmanes. Muchas voces dentro y fuera de la formación han cuestionado esa estrategia, que aspira a construir una mayoría electoral apelando a los intereses de las minorías, una ecuación complicada con la que se corre el riesgo de alienar a la población blanca y cristiana, el principal caladero de los votos conservadores. 

El ideólogo del trumpismo, Steve Bannon, lo explicó claramente en una entrevista reciente. “Quiero que hablen del racismo todos los días. Si la izquierda se centra en la raza y la identidad y nosotros apostamos por el nacionalismo económico, podemos destrozar a los demócratas”. Falta saber ahora si sus rivales serán capaces de articular un mensaje lo suficientemente amplio para recuperar el favor de la clase trabajadora blanca sin perder el apoyo de las minorías.