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Gente a la últim@

Alberto Jiménez Schuhmacher: «Hasta que no cuidé a mi padre no supe lo que era el cáncer»

 

Con 38 años es hijo predilecto de Zaragoza, jefe del Grupo de Oncología Molecular del Instituto de Investigación de Aragón.... Y escribe. - EL PERIÓDICO

Adriana Oliveros Adriana Oliveros
25/11/2018

Con 38 años es hijo predilecto de Zaragoza, jefe del Grupo de Oncología Molecular del Instituto de Investigación de Aragón.... Y escribe. Su libro con la gran Begoña Oro --’Tu tan cáncer y yo tan virgo’-- acaba de ganar el Navarrativa de Jaén. Se presenta mañana.

–Cuando leí que un tal Schuhmacher había ganado el Premio Literario de Jaén de Narrativa Infantil y Juvenil, con Begoña Oro, pensé que usted tenía un doble o un clon... ¡También escribe!

–(risas). Clon temporal, porque el libro se escribió hace un tiempo. Lo que pasa es que la presentación confluye en un año en el que me ha pasado de todo.

–¡Desde luego! En octubre el año pasado le hicieron hijo predilecto de Zaragoza, en mayor, recibió el premio Aragonés del Año, votado por los lectores de nuestro diario, ahora el Jaén de Narrativa...

--Y más cosas de las que no os habéis enterado (risas)... La beca Fero, el premio de los Directivos... Ha sido brutal.

--¿Cómo nació este libro?

--Yo estaba dando una charla. Se acercó gente para darme las gracias y una de ellas fue Begoña Oro. Ella me dijo: “es que además, mi padre --Luis Oro-- también es científico, no sé si lo conoces”. Y yo pensé: “¿Cómo científico? Es ‘El Científico’”. Al día siguiente, supe que a ella le habían dado un premio por su libro Buenas noches, Miami. Lo leí, le escribí y empezamos a hablar de un proyecto conjunto. Ella escribe tan bonito. Ocurrió que justo entonces, mi padre se puso muy enfermo, con un cáncer, por el que al final falleció… Con el tiempo, volvimos a coincidir y decidimos que había que hacer el libro. Siempre con la idea de que fuera una historia bonita y real y, claro, que le sirviera a una persona que tuviera un familiar con cáncer.

-Me sorprendió que un libro con el cáncer como telón de fondo fuera tan divertido. Lloré, ¡pero también reí a carcajadas!

–La vida es así. Hay muchos adolescentes que pueden tener a un familiar con cáncer, pero siguen siendo adolescentes. Y les preocupan las cosas de su edad: si les hace caso menganita o menganito, qué móvil tienen... Una vez superas el susto de un diagnóstico así, hay una ventana de oportunidad que te permite aprender, por ejemplo, a valorar las cosas. Yo digo muchas veces que estuve trabajando en los mejores laboratorios, en los mejores centros de investigación... Pero cuando cuidé de mi padre me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que es el cáncer.

–¿Usted había escrito antes?

–Nada de ficción pero sí mucha divulgación... Y, si le confieso algo, durante una época... ¡Yo quería ser periodista! (risas)

–No será periodista pero se defiende muy bien comunicando. Recuerdo su discurso en Aragoneses del Año. Dio algún tirón de orejas a las instituciones.

–Pero en positivo... Fue un discurso de quien ha estado trabajando quince años duro. La sociedad necesita ser educada para reclamar un apoyo mayor para la ciencia. Porque nuestros dirigentes, en general, no lo acaban de tener claro. Si la ciencia es una prioridad, tiene que serlo, porque repercute en nuestra sociedad. Si nuestros políticos fueran líderes sabrían lo que es bueno y no habría que contárselo. Aragón es referencia mundial en muchas cosas. Y nos lo tenemos que creer.

–Voy a hacer un ‘spoiler’ del libro. Una dedicatoria a su padre y a su abuelo. ¿Su historia es parte de su vocación?

–Yo tuve un abuelo al que no llegué a conocer. Otro, con el que pude jugar poco. Y mi padre pudo ejercer poco de abuelo, porque falleció, también de cáncer,cuando mi hija tenía un año. Yo recuerdo estar en paseo de la Constitución viendo los globos de la AECC y decir: «yo trabajaré en cáncer». Mi abuelo había fallecido de cáncer, pero en realidad yo no sabía lo que era aquello. Pero luego sí, cuando estaba en la carrera me gustaba mucho la genética, que juega un gran papel en esta enfermedad. Y, cuando yo tenía 18 años, se montó el centro nacional de Enfermedades Oncológicas.

–Han pasado 20 años...

–Y me alegro de haber escogido este camino. Estamos viviendo un momento en la investigación que es bestial. Poder participar en un tiempo en el que cada día hay avances es muy estresante, porque nunca estás al día, pero también apasionante. El primer genoma que se secuenció tardó en hacerse 10 o 15 años y costó 3.000 millones de dólares. Ahora se hace en una noche y por menos de mil euros.

–¿Cómo da tiempo a todo? El libro, el laboratorio...

–Levantándome dos horas antes. Soy un tipo normal al que le gusta lo que hace.

–Pero, sabrá que no cumple el estereotipo de investigador...

–¡Ese cliché es erróneo! La foto de Einstein nos ha hecho mucho daño (risas).

–Por cierto, el libro incluye una serie de consejos para relacionarse, servidos con humor. 

–Sí. Ahora mi mujer, cuando se enfada conmigo, me los cita textualmente.