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Gente a la últim@

Ramón Maneu: «El cristianismo dice que hay que abrir siempre la puerta»

 

Ramón Maneu. - CHUS MARCHADOR

Adriana Oliveros Adriana Oliveros
02/12/2018

La Obra Social de la parroquia del Carmen cumple 40 años. Comenzó como un comedor social (que atienden cientos de voluntarios) y hoy cuenta con catorce proyectos. El sacerdote Ramón Maneu es el actual delegado parroquial para la Obra Social.

–Ustedes hacen cierto aquella cita del Evangelio según San Mateo: «Porque estuve hambriento y me diste de comer»

–Nosotros partimos del Evangelio. Y allí aparece el servicio a los pobres, el amor a los pobres. Pero también procuramos tratar a la gente con más cariño. Valorarlo en su ser como persona.

–La Obra Social de la parroquia del Carmen cumple 40 años. ¿Qué han visto al echar la vista atrás?

–Vemos que somos herederos de muchas cosas, de la labor de la gente que empezó con esto. Vemos a nuestros voluntarios. Y que hay mucha gente que aporta su tiempo, sus ganas, su fe y su dinero, que forman parte de la historia.

–¿Cómo empezó esa historia?

–Pues, al principio, con algo que hacían muchas parroquias de toda la vida: dando bocadillos a gente que venía pidiendo. A partir de ahí, se formó un grupo y el párroco propuso que el local social se podía convertir en un lugar para atender a esas personas. Es así como nació el comedor, con la idea de no solo dar un bocadillo, sino de ofrecer un trato más humano a personas que lo necesitan.

-Ahora gestionan un gran número de servicios, sobre todo, a través de sus muchos voluntarios.

–Solo tenemos doce trabajadores, cinco de ellos en la guardería. Nuestros 341 voluntarios son gente impresionante. Cada vez que vienen aquí hacen jornadas laborales muy exigentes. Por ejemplo, en el comedor, vienen al punto de la mañana y no se van hasta que no dejan todo fregado y el comedor limpio. Aún así, necesitamos más gente, por ejemplo para los servicios de festivos y fin de semana.

–Supongo que en estos 40 años habrán notado un cambio en la pobreza.

–Al principio, atendíamos a transeúntes, en su mayoría hombres... Ahora, es una población más estable y aunque se cree que hay un gran colectivo de extranjeros, son en torno al 50%. Ha aumentado mucho la pobreza entre las mujeres y encontramos a muchas que no tienen una red. Eso nos importa mucho. Trabajar para ofrecerles una especie de familia. No queremos dar solo una comida y que se vayan. Nuestro esfuerzo va encaminado a que puedan salir de esta situación.

–En este sentido, están ustedes trabajando en pisos de inserción.

–Tenemos 17 pisos, normalmente destinados para familias que, en este momento, son monoparentales (tanto de hombres como de mujeres). Son gente que se han quedado sin nada. De este modo, les facilitamos una vivienda temporal. La idea no es que dependan de la parroquia, sino que esto les sirva de puente, para encontrar trabajo, o regularizar sus papeles. Ya hay gente que ha acabado el proceso y ha podido acceder a una vivienda al uso, aunque la precariedad salarial y la carestía de los alquileres en Zaragoza no ayuda.

–También tienen una Casa Abierta con el albergue...

–Es una casa de baja exigencia. Simplemente, un techo donde dormir para gente que se ha hecho mayor y que, a veces, está enferma. El espacio es del albergue y nuestros voluntarios van allí todas las tardes para hablar con ellos, para echar una partida. Luego se les da una cena y sabemos que duermen calientes, sin los problemas de la calle, aunque a la mañana siguiente vuelvan a salir.

–Hace 14 meses que usted vino aquí y cogió el testigo al padre Vicente Aranda como delegado de la Obra Social. ¿Qué encontró al llegar?

–Una gran historia y mucho por hacer. Por ejemplo, queremos abrir una casa para mujeres. Necesitan más atención. Y eso que también encontré una ciudad en la que se trabaja mucho, muy solidaria y que tiene una gran red, con cinco comedores sociales y un albergue municipal. El problema es que hay mucha gente que no llega a fin de mes. Los recursos públicos y privados tendrían que ser mayores.

–Creo que un proyecto como este genera fe en la Iglesia, sea uno creyente o no.

–La gente ve el ejemplo y aquí, más que hablar, se hace. La obra nace desde una perspectiva del Evangelio, pero es cierto que tenemos voluntarios de toda clase, incluyendo a gente que no es creyente pero que se acerca a nuestra labor. Esto es una forma de apertura de la Iglesia.

–La cita de San Mateo de antes --que aparece en su memoria-- sigue: «Fui forastero y me recibisteis». Hay sacerdotes que han sido críticos con la forma en la que se gestiona el problema de la inmigración.

–Lo mejor siempre ha sido la ayuda en el lugar y que la gente no tenga que emigrar. Pero el cristianismo dice que hay que ayudar a cualquier persona, que hay que abrir las puertas, que hay que abrir fronteras, aunque a veces algunos, incluso algunos cristianos, no lo entiendan.