Una de los tres hijos de la escritora irlandesa Maggie O’Farrell (Coleraine, Irlanda del Norte, 1972) sufre una media de 12 a 15 reacciones alérgicas al año. No todas son graves, pero muchas de ellas llevan a la niña al hospital con una mascarilla de oxígeno. Sentarse a la mesa con un desconocido que recientemente ha comido muesli, tomar el sol cerca de alguien que se ha puesto un bronceador a base de almendras, aproximarse a quien casca un huevo o a quien inadvertidamente lleva un cacahuete en el bolsillo, la picadura de una avispa.

Esas cosas que para el resto de la gente pasan inadvertidas disparan las alarmas en la escritora, acostumbrada a salir a escape para neutralizar el posible shock anafiláctico e incluso los primeros síntomas de un fallo cardiaco de la pequeña. La hija de O’Farrell tiene ahora 8 años y toda la familia ha aprendido a convivir con el peligro.

El octavo libro de la autora poco tiene que ver con sus anteriores novelas de ficción, Tiene que ser aquí y La primera mano que sostuvo la mía. Sigo aquí (Asteroide) es una memoria en la que el lector asiste a lo que la autora llama 17 roces con la muerte, momentos en los que a lo largo de su vida se enfrentó a esa posibilidad.

Lo cierto es que no pensaba publicar este libro, el fin era doméstico, lo escribió para su hija, para demostrarle que «a pesar de que la vida es frágil, hay que disfrutarla, agarrarla con las dos manos y vivirla al máximo».

Lo explica Farrell, irlandesa de manual: rizos rebeldes, pelo rojo y ojos azulísimos. En esos 17 encuentros con la distinguida dama hay algunos momentos inquietantes como el inicial cuando a los 18 años estuvo a punto de ser víctima de un violador y asesino en serie, o cuando más de una década después un sujeto la amenazó con una navaja en un viaje a Chile.

A medida que se desgranan los incidentes, el lector, pese a los sobresaltos, sabe que Maggie se salvará. La cosa se pone extrema en los dos últimos capítulos. Uno en el que relata cómo ella de niña sufrió una encefalitis que acabaría por alterar su percepción del espacio y el último sobre el severo trastorno inmunológico de su hija. «Tenía que ser muy cuidadosa para no provocar que la gente se sintiera mal o me compadeciera porque yo no me veo a mí misma como a alguien que ha tenido mala suerte o que ha sido desgraciada. Más bien lo que quería es que los lectores pensaran en sus propios roces con la muerte y eso les llevara a valorar la vida de otra forma», dice.

Infección de encéfalo

En la primera experiencia hay un recuerdo crucial para ella, el de una enfermera que mandó callar a unos visitantes en el hospital donde la pequeña Maggie luchaba contra la infección de encéfalo: «Silencio, aquí hay una niña que se está muriendo». Descubrir eso a los 8 años, la misma edad que tiene ahora su hija, te marca. «Creo que si no hubiera sufrido esa enfermedad de niña hoy no sería escritora. Si tienes la suerte de superarla, esa experiencia te transforma. Además resulta muy enriquecedora porque cuando eres un niño enfermo la gente no te cuenta lo que está pasando y tú tienes que mostrarte muy atento a sus expresiones faciales, al lenguaje corporal. Esas son habilidades importantes para un escritor».