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Sarah Hepola «Beber hasta el estupor es conformista»

La periodista y escritora norteamericana publica ‘Lagunas’, donde repasa sus memorias alcohólicas

 

Sarah Hepola «Beber hasta el estupor es conformista» -

KIKO AMAT
11/07/2019

Decir «solo bebo cuando salgo» es como decir «ahora mato menos niños»: una frase que busca tranquilizar pero solo causa alarma. ¿Y si vives en un lugar donde se sale siempre? La cultura de la melopea forma parte de la memoria celular de nuestro país, y lo mismo sucede en Norteamérica. En ambos lugares sabes que has bebido Como Dios Manda cuando entras en casa «ciego de un ojo, apestando y con las rodillas sangrantes» (como cantan Drive-By Truckers). Naturalmente, lo tienes peor si eres mujer. «Cuando los hombres se ponen ciegos, hacen cosas. Cuando las mujeres se ponen ciegas, se las hacen a ellas», escribe Sarah Hepola. Lagunas (Pepitas de Calabaza) destapa el lado fatídico, catástrofe-en-ciernes, del borrachín social. Si luces moratones a menudo, envías wasaps de disculpa rutinarios a la mañana siguiente, te has caído al menos una vez por las escaleras y, encima, todo eso te parece normal, no hay duda de que necesitas este libro.

–En la mayoría de memorias alcohólicas se barajan cifras de alarmante precocidad. Probó el alcohol por primera vez a los… ¿Siete años?

–Y a los once me puse como una cuba por primera vez. Es un rasgo común en la gente que acaba teniendo problemas con la bebida. No está claro si la gente con problemas es propensa a beber, o si la propensión a beber ocasiona problemas. El misterio es si esto está determinado biológicamente. En mi precocidad se distinguen varios factores: incomodidad conmigo misma, ansiedad social, duda e inseguridad y... que me gusta el alcohol. Tengo disposición genética hacia ello.

–Para los que padecíamos una larga serie de inadecuaciones sociales, beber era una poción mágica.

–El alcohol me arreglaba. Soy bajita, flaca y sensible. En el instituto nunca sentí que me tomasen en serio. Me consumía la idea de que la gente me juzgaba. Vivía atrapada en un autoexamen enfermizo. Pero de repente echaba alcohol en mi organismo, y el miedo desaparecía. Era magia. Me hacía sentir poderosa. No era nada atlética, pero beber me volvía competitiva. Era un juego en el que podía ganar.

–El alcohol borra el miedo, pero entonces te mete en chanchullos de lo más desaconsejables.

–El alcohol canjea un problema por otro. Estás fregando el suelo a la vez que derramas líquido. Pero no se trata solo de los chanchullos, también es el dolor. Las resacas son algo horrible. Tropezar y caer, tener moratones... Son problemas nuevos. El alcohol llega a tu vida en un momento frágil y se presenta como solución, pero el remedio es efímero.

–En su libro aparecen numerosas escenas de borrachera hostil. ¿Llevamos esa rabia dentro y el alcohol la libera, o el alcohol te transforma en alguien hostil, aunque seas un trozo de pan?

–Es un agente amplificador a la vez que liberador. Siempre he reprimido la ira, que era una consecuencia de mi miedo a no gustar. Eso me convirtió en una persona complaciente en la universidad. Pero a la vez, hacer ver que nada me irritaba me llevaba a enterrar la parte dolida de mí. Esa parte subía a la superficie cuando bebía. Los terapeutas denominan a eso «partes no integradas de tu personalidad». Te presentas como alguien feliz y centrado, pero en realidad estás lleno de rabia inexpresada. Por otro lado, el alcohol aumenta el volumen de tus sentimientos. Cuando vas muy borracho, gritas o lloras por algo que, al día siguiente, descubres que era una parida. No era una parte «no integrada» de ti, sino una distorsión deliberada de tu yo. Veo el alcohol como un pedal de distorsión de quién eres en realidad.

–Escribe «bebía hasta llegar a un lugar en que me daban igual [mis conflictos personales], pero me despertaba siendo una persona que se preocupaba mucho».

–Solía envidiar a los amigos a quienes les daba igual lo que habían hecho la noche anterior. La bebida me daba una libertad efímera, pero nunca pude zafarme del remordimiento. Me pregunto a menudo si los remordimientos eran una consecuencia de ser demasiado dura conmigo misma, lo que a su vez era la causa principal de mi inclinación a la bebida: el deseo de librarme de la voz en mi cabeza que estaba siempre criticándome.

–Me molesta la asociación entre rebelión y bebercio. Como si convertirte en un mamarracho farfullante representase algún tipo de insurrección.

–(Ríe) Beber hasta el estupor es un tipo de conformidad. Estás imitando los caducos estándares de rebeldía de ciertos gigantes literarios que padecían una enfermedad. Yo crecí con la idea de que beber era heroico. En mi caso tiene que ver con ser mujer, y con la imposición contracultural. Leer a Kerouac, todo eso. Pero Kerouac murió como un borracho imbécil con los pantalones meados.

–En casa de su madre.

–Exacto. Es una historia tristísima. Un hombre que pasó la vida hablando de libertad e independencia y nunca las halló. Yo nací en 1974 y crecí adorando a esos escritores. Todos esos hombres (siempre eran hombres) que se definían en oposición a la cultura conformista de mediados del siglo pasado. Desoír las expectativas que se tenía de ellos, salirse de la norma, beber y fumar eran los significantes de su rebeldía.

–Todavía persiste la absurda noción de que «los escritores beben; es lo que hacemos».

–El alcohol se presenta como una cura para todas las cosas que los escritores estamos intentando resolver: la alienación de cara al mundo, la locura o el hecho de no encajar. Pero la única forma de establecer una conexión es escribir. Esa es la experiencia transformativa en la que un escritor debería apoyarse. El alcohol nos impide escribir. Además, lo del escritor bebedor es un cliché, y una de las cosas que supuestamente tiene que odiar un escritor son los clichés.

–En Lagunas también afirma: «Nunca me ha gustado la parte del libro en la que el personaje principal deja de beber».

–La ficción nos ha vendido que el conflicto es deseable para llevar una buena vida, cosa que no es cierta. Otra falsedad es que en la sobriedad no hay conflicto. Cuando dejé de beber tuve que enfrentarme a todas las gilipolleces que había sepultado en borracheras. Mi vida está más llena de conflicto ahora que antes. Lo que sucede es que no es el conflicto romántico o dramático del borracho. Ya no me caigo por las escaleras, no me levanto al lado de tipos que no conozco. Esa tragedia romántica va de perlas para un filme o una novela, claro, del mismo modo que va fatal para la vida cotidiana.

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