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el apunte

Mi amiga Blanca

 

Vicente Merino, junto a Blanca Fernández Ochoa y su medalla conquistada en Albertville. - SERVICIO ESPECIAL

Cuando pierdes a un amigo una parte de ti se va con él, los gestos, los temores, las alegrías, las ilusiones… todo lo que ambos compartimos en el tiempo se van con él. Blanca era mi amiga, una amistad que se fraguó en la dura competición deportiva, felizmente se prolongó en la vida profesional y personal de los dos con un aporte considerable de generosidad y complicidad. Blanca ocupó una parte muy importante en mi carrera profesional, a su lado tuve la oportunidad de vivir las emociones más fuertes que jamás imaginé en Calgary y sentí muy cerca la gloria olímpica en Albertville. En estas dos citas olímpicas Blanca exhibió una personalidad que me cautivó.

El día más triste de su vida profesional lo sitúo en las pistas de la estación de Nakiska en las montañas Rocosas. Se presentó en el portón de salida del gigante con la seguridad y la determinación de quien confía ciegamente en sus fuerzas y su talento para ganar, lo demostró marcando el mejor tiempo de la primera manga, dejó correr las tablas con la agresividad propia de una campeona. Estuve a su lado el tiempo que trascurre entre una manga y otra, la observaba en absoluto silencio cómo trataba de memorizar todas y cada una de las puertas que tenía que salvar y que le llevarían a la gloria olímpica.

El destino le frustró una legítima aspiración. En su afán de volver a marcar el mejor tiempo también en la segunda manga arriesgó, a la salida de una puerta perdió la estabilidad, se fue al suelo y su sueño se rompió en mil pedazos. Tuve la sensación de que también se rompía algo dentro de mí. Con una amarga sensación me trasladé a la zona mixta donde ya me esperaba Blanca. Le hice sin duda la entrevista de mi vida, se rompió cuando le pregunté si era consciente de que había paralizado a todo el país, no pudo aguantar la presión, se desmoronó, comenzó a llorar desconsoladamente y los dos nos fundimos en una abrazo entrañable que todavía guardo en lo más profundo de mi corazón.

Paquito Fernández Ochoa reunió a un reducido grupo de amigos, entre los que me encontraba, para celebrar en un restaurante su cumpleaños. Sin previo avisó se presentó Blanca que traía un regalo para su hermano, le entregó un cuadro con el dorsal que había portado en la carrera con esta inscripción: «el destino ha querido que me quede a mitad de camino, pero nadie puede quitarme el orgullo de ser la hermana de un campeón olímpico». Recuerdo con emoción profunda el abrazo en el que se fundieron los dos hermanos. Esa era Blanca, fuerte en la derrota y generosa en la gloria de su hermano.

El destino le tenía preparada otra sorpresa, cuatro años después de esa amarga experiencia nos situó en otra cita olímpica, en Albertville. Blanca había tomado la decisión de cambiar el gigante por el slalom especial. La víspera de la competición la visité en la villa olímpica para desearle lo mejor, sin titubeos y con una sonrisa premonitoria me dijo: «si marcan un recorrido estrecho y la nieve está dura me veo con una medalla». Había trabajado mucho y duro, irradiaba seguridad y confianza. Consiguió su objetivo, bronce para la historia que tuve el honor de transmitir en directo para toda España por RNE. Hasta la estación de Meribel se desplazaron todos sus hermanos para celebrar con Blanca la medalla que al fin había conseguido, Paquito era el más feliz de todos.

El presidente del COI Juan Antonio Samaranch nos convocó a un grupo reducido periodistas en el Hotel Byblos de Courchevell esa misma noche para celebrar la medalla que Blanca colgó en mi cuello cuando volvimos a fundirnos en un emocionado abrazo como el de cuatro años antes en Canadá, pero evidentemente con otras sensaciones. Se sonreía abiertamente mientras me decía, «también es un poco tuya». Nunca te olvidaré Blanca, siempre estarás en mi recuerdo y en mi corazón. La vida son sentimientos que provocan emociones, de manera que sin emociones no es posible la vida. Tú la viviste con intensidad para terminar en un lugar que amabas profundamente, la montaña.

Seguro que serás feliz donde quiera que estés en la misma medida que me hiciste feliz a mí, tu entusiasta admirador como gran deportista, pero sobre todo como gran amiga que fuiste y eres. Buen viaje querida amiga y gracias por tanta felicidad que me provocaste contando y cantando tus hazañas deportivas.

*Vicente Merino fue jefe de deportes de RNE desde 1972 hasta 1998.