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El Chulucu

El amigo

 

Íñigo Íñiguez Íñigo Íñiguez
13/06/2019

“Lo sabía. Sabía que tarde o temprano me encontraría en esta situación; tumbado y malherido en un oscuro callejón, entre dos bidones de basura. Y… solo, sobre todo eso, siempre solo. Nunca me comprendieron o quizás yo me negué obstinadamente a comprenderlos. Ellos tenían miedo o tal vez yo lo tenía de ser como ellos. Creo que todo el mundo huye de la verdad aunque quizás sólo soy yo huyendo de mí mismo. Lo que sí tengo claro es que es he perdido la batalla contra los hombres grises cuyo fin es el pensamiento único; ufanos líderes de la resignación de la masa y absolutamente incapaces de aceptar la individualidad, la libertad y el sentido de la creación de otros hombres. Hombres que no saben llorar ni reír, sin sentimientos, sólo muecas y seriedad. Hombres que no admiran, que no se asombran por nada, pero que viven, eso sí.

 En fin, nada de esto tiene ya importancia. ¡Caray! Cómo me duele el pulmón derecho, y ¡qué manera de llover! Bueno, así no se verá tanta sangre en mi cara, aunque la verdad, no creo que nadie quiera verla. Bueno… quizás Martin… sí, yo creo que él sí. ¿Estoy llorando o es la sangre que ya no me deja ver?”

  *    *    *

  Martin tiró el cigarrillo por la ventana del coche. Se había detenido en un paraje casi desértico. El caluroso e indomable viento no sólo silbaba en sus oídos sino que agitaba violentamente los escasos matorrales de aquel desierto. Martin sintió un agudo dolor de cabeza. Se inclinó hacia el asiento trasero y cogió de nuevo el periódico. Se ajustó su pierna ortopédica, abrió el diario y releyó una vez más el pequeño recuadro:

  “MUERE DE UNA PALIZA AL SALIR EN DEFENSA DE UN MENDIGO”

  “¡Nick, Nick, maldita sea!” –se repitió mentalmente. De la guantera sacó el DVD favorito de Nick. Lo introdujo en el reproductor y comenzó a sonar “I’m so lonesome I could cry” de Elvis Presley. Al oír los primeros acordes de la canción, Martin cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo.

  *    *    *

 - ¡Eh! ¡Pásala, pásala!

 Martin no escuchó nada. La pelota de baloncesto se había parado delante de su silla de ruedas y lo único que hizo fue darle un puntapié con su única pierna hacia la dirección contraria de donde venía la voz.

 - ¡Leches! ¡Habérmela pasado a mí, joder!

 Eso sí lo escuchó. Acostumbrado a no oír reproche alguno, levantó la cabeza y vio la cara sonrojada de Nick que le miraba visiblemente molesto. Le observó jugar durante un rato. Le cayó bien el tipo. Era todo coraje y pasión en la cancha.

 La segunda vez que lo vio, Nick tomaba café en el bar de la universidad. Al fin se le acercó.

 - ¿Te importa que me ponga aquí?

- No, no, en absoluto –contestó un sonriente Nick.

- Quería comentarte una cosa. Me he apuntado a los campeonatos paralímpicos de baloncesto de la universidad. Te vi jugar el otro día en el patio. ¿Querrías ayudarme a entrenar?

- Sí –respondió Nick-. Yo entreno todos los días menos el miércoles. Puedo ayudarte cuando termine mi entrenamiento. ¿Qué te parece?

- Muy bien, muy bien, gracias. Por cierto, ¿cómo te llamas?

- Nick.

- Yo Martin, encantado.

- Por cierto, Martin… no debería entrenarte.

- ¿Por qué? –preguntó Martin sorprendido.

- Porque el otro día en el patio no me pasaste el balón a mí –contestó Nick en tono burlón.

- ¿Qué querías que hicieses? –preguntó Martin sonriendo. Me fue a la pierna mala, la buena la tengo de adorno.

 *    *    *

 Durante aquellos años fuimos inseparables. Nick me entrenó a mí y a todo el equipo y… ganamos el campeonato. Él no ganó el suyo. Nick tenía algo. Sólo él me hacía sentir normal, me hacía sentir importante. A pesar de todo su carisma, sentía que me necesitaba. Creía en mis opiniones. Se enfadaba conmigo, je, je. Me encantaba cuando se enfadaba conmigo; era rudo y grosero, de una sinceridad aplastante. Me enfrentaba con él, me encendía, le insultaba, pero todo aquello me llenaba de vida.

 Nunca conocí un tipo como él. Nunca tuve un amigo como él. No lo tendré jamás. ¡Cuántas acampadas hicimos junto a la playa aquellos años con otros compañeros de universidad! En todas compartimos la tienda y en todas me dejaba pasmado su naturalidad. Me ponía y quitaba mi pierna ortopédica como quien prepara un café, me ayudaba a meterme en el mar, buscaba el mejor sitio en los bares para mi silla de ruedas. Cuántas veces regresábamos borrachos por el paseo de la playa y él me cargaba a sus espaldas y corría diciendo que íbamos a ganar el “Grand National”. Nunca en mi vida he reído tanto. Nick tenía ese don. Te hacía reír a todas horas. ¡Y qué manera tenía de reír! En fin, con ganas, con su naturalidad de siempre.

 Nick no terminó la carrera. Era demasiado rebelde e impulsivo para un entorno tan encorsetado y convencional. Se enfrentó con profesores y alumnos, y la gota que colmó el vaso fue una tremenda discusión con un catedrático al cual le destrozó medio despacho. Nick no apareció más por la facultad. Tuvo más de veinte empleos y de la mitad salió por duros enfrentamientos con jefes o empleados. Nick vivía solo. Sufría por no ser amado por una mujer. Él era un idealista y ninguna mujer quiere a un idealista a su lado. Puede llegar a enamorarse, sí, pero no lo quiere a su lado. ¡Cuántas charlas mantuvimos en su apartamento sobre el honor, la dignidad, las mentiras, las habladurías, la envidia!

 No me dí cuenta de cómo Nick se iba desmoronando. Es curioso, a medida que fue integrándome en la sociedad él iba distanciándose de ella. Mientras tanto, las cosas a mí no me podían ir mejor; logré un trabajo estupendo, me casé con una buena mujer; compramos una buena casa y un buen coche pero… me fui apartando de Nick. No sé porqué. Todavía hoy lo pienso y no sé porqué. No sé, no entendía a Nick.

 La última vez que lo vi fue hace dos meses. Le dije que tenía que cambiar; que no podía enfrentarse con todo el mundo, que no podía ser tan sincero, ni tan impulsivo, ni tan tonto. Le dije que si no cambiaba terminaría mal. Nunca le había hablado así. Mientras hablaba Nick no dijo nada. Sólo cuando acabé, me miró a los ojos y me dijo con una media sonrisa: “Hace mucho tiempo que sé que voy a terminar mal.”

  *    *    *

  Martin se removió incómodo en su asiento. Seguía sonando Elvis. Pudo ver tras el cristal como los matorrales seguían moviéndose de un lado a otro. Cerró los ojos de nuevo. Pudo ver la imagen de Nick tumbado en el callejón. Su última sonrisa. No, no lo entendía. Puso sus manos sobre el volante, apoyó en ellas la cabeza y rompió a llorar.