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LA BRÚJULA

Amores que matan

 

Ana Segarra Ana Segarra
08/04/2019

En un solo segundo

pude notar qué es la necesidad.

Estaba posada en mi mano

y yo cerré los dedos suavemente

a su alrededor.

Intentando que no se fuera,

que no echara a volar,

que se quedara para siempre a mi lado.

 

Lo conseguí.

Y tanto que lo conseguí.

Le construí una jaula

para que estuviera junto a mí

hasta el infinito,

Y ella dejó de batir las alas.

Comprendió que era inútil,

que por mucho que intentara moverlas

jamás podría volver a volar.

 

Porque ahora era mía

y solo mía.

 

Yo la observaba

a través de los barrotes.

Sus colores dejaron de ser colores.

Se volvió tristeza y fragilidad.

Pero al menos seguía estando aquí.

 

Me devané los sesos,

intentando saber por qué su color,

antes frenético,

se había vuelto pena.

Por qué ni siquiera me miraba

cuando pasaba por su lado.

 

Pero no encontré respuesta.

 

Pinté su jaula de color rojo

para ver si la alegría

se reflejaba así en sus alas.

Me pareció verlo,

en un segundo,

como una caricia mal dada.

Una brizna de color

teñía sus párpados.

 

Pero no era rojo, sino azul.

Azul lágrima, azul tristeza.

Azul me voy de aquí para siempre.

Azul no sabes lo que es el amor.

 

 
 
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