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Ángeles Santos, de paso por Aragón

 

Chus Tudelilla Chus Tudelilla
15/09/2019

En la primavera de 1935 apareció el nº 10 de Noreste que Tomás Seral y Casas, editor y director de la revista, dedicó en exclusiva a las obras realizadas por mujeres: «heroínas de vanguardia», que «desafían la desapacibilidad del actual vivir». Atendieron a su llamada las escritoras Mercedes Ballesteros, Carmen Conde, Mª Luisa M. de Buendía, Elena Fortún, Dolores Arana, Mª Teresa Roca de Togores, Maruja Falena, Ruth Velázquez; y las artistas Norah Borges, Dionisia Masdeu, Menchu Gal, Rosario Suárez-Castiello, Rosario de Velasco y Ángeles Santos. El nº 11 de la revista (verano, 1935) reprodujo la fotografía de la exposición de libros y dibujos que en mayo ocupó el escaparate de la Librería Internacional de Zaragoza, bajo el reclamo de Homenaje de Noreste a las heroínas españolas.

De Ángeles Santos (Portbou, 1911-Madrid, 2013) se reprodujo su pintura Niña (1929). La niña es su hermana Conchita, que Ángeles Santos retrató ensimismada y triste. En 1935 la artista residía entre Barcelona, Portbou y Olot, bajo la protección familiar que la alejaría de sus inquietudes y amistades de vanguardia. Fue entonces cuando conoció al pintor e ilustrador Emili Grau Sala, con quien se casó en enero de 1936. Y fue entonces también cuando regresó a la pintura que había abandonado después de que su padre decidiera ingresarla en un centro de salud durante el mes de marzo de 1930. Sabedor de la situación, Ramón Gómez de la Serna, que la había visitado en Valladolid a comienzos de enero de aquel año para conocer toda su obra tras quedar fascinado ante el cuadro Un mundo en el IX Salón de Otoño de Madrid (octubre, 1929), publicó el 1 de abril en La Gaceta Literaria su artículo: La genial pintora Ángeles Santos, incomunicada en un sanatorio, escrito en París el 11 de marzo.

Santos retrató a su hermana en 'Niña'.

‘Un mundo’

Cuando Ángeles Santos pintó Un mundo tenía 18 años. Un día, recordó, «le dije a mi padre que sentía un enorme deseo de expresar todo lo que había visto en mi vida (...) Yo entonces no era rara. (...) Después me volví muy extraña». A la visita de Ramón, siguieron cartas. «Esta tarde me marcho a un largo paseo... Me bañaré en un río con los vestidos puestos –¡qué contenta estoy de dejar, por fin, el baño, civilizado, en bañeras blancas!–, y después me iré por el campo, huyendo de que me quieran convertir en un animal casero».

Bajo la promesa de hacer una vida normal, Ángeles Santos regresó a la casa familiar. Y a pesar de abandonar la pintura, las obras que había realizado entre septiembre de 1928 y comienzos de 1930 continuaron figurando en importantes exposiciones nacionales e internacionales hasta 1935, cuando las presentó en las galerías Syra de Barcelona, sin éxito. La pintura que tanto había interesado en Madrid no encajaba con los gustos catalanes. Siguió la exposición de abanicos pintados de Emili Grau que enterneció a Ángeles Santos. «Grau Sala pintaba unos cuadros muy alegres que no se parecían en nada a los míos. Entonces empecé a odiar mis cuadros. Me di cuenta de que eran tristes. Ya no quise saber nada de ellos. Cambié completamente de manera de pintar. Grau Sala me cambió. Cambió mi vida en todo», manifestó la artista, decidida a olvidar negándose. Y una vez tomada la decisión, la única que le permitía pintar y vivir, no se opuso a nada. En mayo de 1936, Ángeles Santos expuso una selección de sus últimas obras en Syra. Un sector de la crítica alabó su espontaneidad, sutileza intimista, sensibilidad y ligereza. Valores que la artista continuaría practicando a lo largo de su trayectoria, con el propósito de alejarse de las amenazas de lo sombrío. Paisajes, bodegones, flores y retratos ocuparon sus lienzos de formatos reducidos.

'Un mundo', obra de Ángeles Santos realizada en 1929.

Cuando estalló la guerra, Ángeles Santos y Emili Grau atravesaron la frontera desde Portbou. Emili viajó a París y Ángeles se reunió con su familia en Canfranc, donde nacerá su hijo Julián Grau Santos, en 1937. Dos años después se instalaron en Huesca, hasta 1948. Quiso retomar su actividad expositiva en Madrid pero nadie la recordaba. Y dudo que la reconfortaran los comentarios anodinos a sus individuales en las galerías Libros (1947) y Reyno (1948) de Zaragoza. En los años siguientes dejó de pintar, pero animada por su marido, con quien había retomado la relación, y por su hijo, regresó a la pintura; su único refugio. Y entonces ocurrió lo inesperado: sus mejores obras, tanto tiempo ocultas y hasta olvidadas, empezaron a ver la luz en importantes colectivas, que reivindicaron la genial y decisiva aportación de una artista a las vanguardias españolas desde los parámetros europeos expuestos en el influyente libro de Franz Roh Realismo mágico. Post Expresionismo. Problemas de la pintura europea más reciente (1927), traducido por Fernando Vela y editado por la Revista de Occidente. El reconocimiento de posguerra comenzó en 1966, con la exposición Frente al espejo celebrada en el Colegio de Arquitectos de Barcelona y Baleares, que incluyó el Autorretrato de 1928. En 1967, el VI Salón Femenino de Arte Actual, en el Hospital de Santa Cruz de Barcelona, seleccionó Niños y plantas, Niña muerta y Un mundo, que entusiasmaron. En 1975 se sucedieron dos exposiciones claves: El surrealisme à Catalunya (1925-1975), en la galería Dau al Set de Barcelona y Surrealismo en España, en la galería Multitud de Madrid. Hasta hoy.

Al tiempo que se recuperaba su obra de los años veinte, Ángeles Santos continuó exponiendo sus últimas obras. En octubre de 1975 la galería S’Art de Huesca presentó 33 pinturas, entre paisajes y retratos, llenos de gracia y con luz transparente, una obra profunda, vivencial y emotiva, al decir de los cronistas. En 1981 expuso en la galería Jalón de Zaragoza. En aquella ocasión el crítico Ángel Azpeitia, que solo conocía su obra de vanguardia a través del catálogo de la galería Multitud, según escribió, no supo decir si la evolución había sido para mejor o para peor. Lo que era evidente era que Ángeles Santos «esposa de artista, Emilio Grau Sala, y madre de otro, Julián Grau Santos, deja que el estilo de los dos influya sobre el suyo. Alcanza así una pintura muy atractiva, aunque muy lejos de sus previas inquietudes». No se apreciaron grandes cambios en las obras que presentó en la galería Odile de Zaragoza, en 1983, junto a las de su marido e hijo; ni en las siguientes que celebró en S’Art de Huesca, en 2001 y 2006, aunque en esta última se quiso recordar el pasado que, sin duda, aportaba valor a la secuencia de bodegones, paisajes y flores de su jardín, donde encontró el sosiego.