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IRREFLEXIONES

El cartero ya no llama

 

Francisco J. Zudaire Francisco J. Zudaire
11/01/2019

Apenas tenemos quien nos escriba. Porque no escribimos y, cuando llega una carta, los sobres remitidos no esconden más allá de un saldo apaleado. En estas Navidades pasadas leí un reportaje/noticia sobre una señora ¡que aún escribía postales de felicitación, con su sello y todo! Rara avis.

Pobres carteros, clasificando cartas y pateándose las calles con las alforjas llenas de mensajes, queridos u odiados, ahora amenazados por un final más inmediato que los coches de gasolina y diésel. Una vez más, muerte al mensajero. ¿Adónde nos ha llevado el progreso que finiquitó la entrañable figura del cartero con la huella de la ciudad marcada en sus gastadas suelas? Podríamos haberlos imaginado a lomos de ingenios voladores o con botas de siete leguas, pero ¿finiquitados por la electrónica?

La decadencia brota al arrimo de los nuevos hábitos, y a este oficio le pasó que mucha gente dejó de escribir Muy señor mío, dos puntos, espero que al recibo de ésta... o Querida y adorada Maripili, dos puntos también, y arrancar en mayúscula. El teléfono, primero fijo y luego celular, descubrió el laxo esfuerzo del comunicante, patentó el habla sin faltas de ortografía (es un decir) y desterró las buenas caligrafías al desván de los trasgos.

El teléfono -al menos antes- no dejaba huella y las declaraciones de amor se las llevaba el viento, dejando a los amantes de hoja caduca a salvo de que alguien les restregara un día el comprometedor macito de misivas envueltas en un lazo rosa.

Poco a poco, los sellos se fueron transformando en piezas de filatélicos que asoman en los mercadillos de la plaza un día por semana, si no llueve, y a los carteros les cayó un alud de sobres preinscritos con saldos de magras cuentas corrientes en su interior, promociones comerciales y tonterías varias. Pero la esencia de su razón de ser fue desmayándose, los buzones acabaron en la cola del Inem y con la boca abierta; no de asombro, aunque vete a saber. Sí de pura hambruna literaria.

Otra estocada hasta la bola -un purista diría bajonazo- se la dio un primer espada de la modernidad, emilio para los amigos, esa especie de comunicador del éter que permite el carteo con tu compañero de mesa, a medio metro, sin decirse ni mu. Whatsapp, Twitter y otros etcéteras remataron la faena, eso sí, devolviendo la escritura al éter para fabricar faltas de ortografía y sacando los colores a algunos desertores del paraguas telefónico.

Se limita la escritura del sobre, pues, a cuatro románticos de la epístola en vías de extinción, a alguna postal veraniega remitida desde Cancún, con ánimo de impactar, y a esa multa de la Guardia Civil que dabas ya por perdida (iluso, que eres un pardillo) en el laberinto de las estafetas.

Queda vigente la avalancha de papeluchos, cuya aséptica escritura vale menos que el propio mensaje, casi siempre embocado a enredarte en publicidades agresivas, premios imposibles, sorteos sin notario y misivas firmadas por los modernos Monipodios. A todos estos pícaros pelmazos sirven los sufridos carteros hasta que les caiga la puntilla.