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El Chulucu

El cielo de los niños

 

Íñigo Íñiguez Íñigo Íñiguez
08/05/2019

- Ah, claro, ya te entiendo.

- ¿Y estás preocupado por eso? Bah, que tontería.

- ¿Estás muy enfermo? Vaya...

- Nada, nada, no te preocupes más. Yo te lo cuento. 

Te lo cuento a ti, mi pequeño amigo de ocho años. Y así tú se lo podrás contar al resto de niños y niñas de la planta. Y así, también lo sabrán otros niños y niñas enfermos de otras ciudades y de otros países. ¡Ah! y también sus padres y madres, sus abuelos y abuelas que, no sé por qué, todavía hay muchos que no lo saben.

Fue una tarde en el parque. Sentado en un banco yo también meditaba sobre ello. ¿Qué pasa con los niños y niñas que mueren, tan pequeñitos ellos? ¿A dónde van? ¿Es su cielo como el de los mayores? En esos pensamientos estaba cuando noté un golpecito en la cabeza. Miré hacia arriba y no vi nada. Seguí con mis pensamientos y a los pocos segundos, otra vez, el mismo golpecito en la cabeza. Tampoco vi nada cuando miré de nuevo hacia arriba. Me levanté y me puse a observar con detenimiento las ramas del árbol que estaba pegado al banco. “Será algún pájaro” musité entre dientes.

 - No. Soy yo. El ángel de los niños.

 ¡Mamma mia! Vaya susto me llevé. Sentado en el banco vi a aquel ángel de alas doradas y cabellos revueltos, con una cara hermosa, aunque bastante serio.

 - Me has asustado –le dije.

- Lo siento amigo. Estabas tan embobado con tus meditaciones que no sabía cómo llamar tu atención. Así que, te tiré dos ramitas a la cabeza.

- Vaya... –murmuré. Y me senté a su lado.

- Me ha llamado Dios, nuestro padre, para despejar tus dudas y para que tú se lo cuentes a todos los que te lo pidan, especialmente a los niños.

- Pero... ¿contarles el qué? –comenté sin salir de mi asombro.

- Todo.

- ¿Todo? –pregunté.

- Sí, todo lo que se refiere al cielo de los niños.

- Ah, entonces ¿hay un cielo especial para ellos?

- Por supuesto que sí. Y ahora escúchame atentamente.

 

Por una enfermedad, por un accidente, porque te arrancaron la vida con violencia y crueldad... No pasa nada. Ahí está el padre. Tras el ruido viene la calma. Tras el dolor y el sufrimiento, una gran serenidad. ¿Duermes, verdad? ¿Sueñas? En tu carita se dibuja una dulce sonrisa. Una brisa fresca la acaricia. Sientes una mano en tu mano. Es otro niño. Un niño precioso de cabello rubio y ojos claros. Es Jesús. “Hola” te saluda. Abres los ojos, admiras su rostro; sientes muchas cosas, pero por encima de todas sientes seguridad. El miedo ha desaparecido por completo. Jesús te ayuda a levantarte.

- Ven conmigo, hermanito –dice Jesús.

- ¿Adónde vamos, Jesús? –le preguntas. Porque tú sabes perfectamente quién es.

- Vamos a ver a nuestro padre, a Dios –te responde-. Tiene tantas ganas de verte que esta mañana casi se olvida de desayunar.

Mientras caminas con Jesús, esa niebla azulada que os rodea se va desvaneciendo y da paso a una fina y blanca arena. Está fresquita y da gusto andar sobre ella con los pies descalzos. Parece una playa. Casi no puedes ver el mar pues Jesús te conduce enseguida por un caminito hecho con tablas de madera y rodeado de frondosos árboles. Ahora estás a los pies de una escalera no muy alta, hecha con peldaños de mimbre y que conduce a una acogedora cabaña. Subís la escalera y entráis en la casita. No es una estancia grande pero sí muy cálida. Está llena de alfombras y el calorcito que sale de la chimenea del fondo te sienta de maravilla. Un hombre está de pie mirando por la ventana. Jesús se acerca a él y besa su mano con ternura. El hombre se gira y dice:

 - Hola hijo mío.

 Y en sus enormes ojos verás brillar algunas lágrimas.

 - Hola Dios, bueno... padre –saludas.

- Qué alegría verte, pequeño –dice él.

 Y te da el abrazo más increíble que te hayan dado jamás. Te salen las lágrimas y él te dice:

 - Nunca más volverás a sufrir. Dime hijo mío ¿qué es lo que más deseas?

- ¡Ver a mi madre! –se te escapa el grito.

- Y... a mi padre –añades más calmado-. Pero yo te quiero mucho Dios, digo padre. A ti te quiero al que más del mundo.

 Dios sonríe, te besa en la frente y te da una pequeña bolsa.

 - Ve con tu hermano Jesús. Él te llevará a ver a tus padres.

- ¡Te quiero Dios, te quiero mucho, te quiero, te quiero! –le dices una y otra vez.

- Vamos hermanito –dice Jesús.

 Y mientras bajáis las escaleras ves a Dios riéndose tras la ventana. Ya andando por la fina arena te atreves a abrir la bolsa. Dentro va tu peluche favorito. Lo agarras con fuerza contra tu pecho. “¡Caray, cuánta felicidad!” piensas.

 ***

 Y seguís caminando. Sientes viento frio en tu carita. Dejas tus huellas en una nieve que no congela, que es suave como el algodón. Luz tenue en una farola de hierro. Llegáis a la puerta de una cabaña de piedra. La nieve cubre el tejado. Pequeñas ventanas en el frente; amplios ventanales sobresalen en uno de los laterales. Del interior surge una luz difuminada y serena. Su tono es naranja, como acalorada por algún juego interminable. Se abre la puerta y descubres asombrado tu dormitorio, tu cuarto de sueños; con tus juguetes, tus peluches, tus pequeñas sillas. Junto al enorme ventanal se mueve una figura: “¡Mamá!” –gritas emocionado. El abrazo es largo y profundo. Tan dulce que... el vestido de tu madre se llena de azúcar. Hablas embarulladamente mientras te acaricia el cabello. Siguen muchos abrazos y muchos besos. Le hablas de Dios, de tu amigo Jesús, y jugáis los tres un rato con tus juguetes. Luego aparece papá con un trineo y dice: “Venga, vamos a jugar fuera”. Salís a la nieve. Montas en el trineo con Jesús, y papá y mamá os empujan pendiente abajo.

  ***

 Habéis llegado al final de la pendiente y ante vuestros ojos se muestra un paisaje fascinante. Bajáis del trineo. Jesús ha avanzado unos pasos, tú sigues boquiabierto contemplando el paisaje. Enormes campos verdes se extienden ante vosotros. La hierba es fina y mullida; su olor a manzana ácida, el tacto de seda. Es hierba de dibujos animados, de tebeo de infancia leído a la luz de una linterna, hierba de sueños plácidos. Cruzan los campos riachuelos cristalinos con piedras preciosas en el fondo. En el agua serena, colores amigos y colores desconocidos nacen del beso amoroso de los rayos del sol, y se tornan brillantes y danzantes al sentir la mirada de ojos inocentes y juguetones. Arco iris acuático de inigualable belleza que los peces aplauden con aletas de plata.

 Lavas tu carita y juegas a hacer círculos con una ramita en el agua del río. Siempre de la mano de Jesús, sigues un sendero de flores y arbolillos, delimitado por muretes de piedra. Pasáis frente a muchas casitas. Todas de piedra y madera con hermosos jardines donde bailan margaritas, claveles y rosas; y juegan conejitos, ardillas y traviesos gorriones. Jesús te abre la puerta para que entres en un jardín, y ves a niñitos gatear y jugar entre las flores. En el porche, sentada en las escaleras, una hermosa mujer acuna en sus brazos a una niñita que ríe y sonríe. Jesús besa a su madre y también a la pequeña.

 - Es mi mamá –dice Jesús. Cuida a los niños que no llegaron a nacer y a los que murieron siendo muy pequeñitos. Los cuidará hasta que vengan sus padres a buscarlos.

- ¡Qué gran idea!- exclamas. Y añades: “¡Qué gran mamá!”

Y te acercas y la besas. Y besas a la pequeña con mucha ternura. Y en sus bracitos dejas tu peluche favorito. Y te giras y miras al sol, a los campos, a los ríos. Y gritas muy alto: “¡Gracias, padre!”

***

Sí, mi pequeño amigo, hay un cielo para los niños. No te preocupes ya. No te preocupes más.

 

 

 

   
2 Comentarios
02

Por Edward55 16:46 - 08.05.2019

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Maravillosa vuelta a la infancia. Muchas gracias por este texto magnífico.

01

Por Lu Smee 13:04 - 08.05.2019

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Hola. Soy el ángel de los niños. Íñigo, además de ser un torrente de imaginación y emociones, es un niño tan, tan, tan grande, que solo para su enorme corazón ya hay reservada plaza doble en el cielo, con pista de tenis y tó.