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El Chulucu

El fantasma del amor

 

Íñigo Íñiguez Íñigo Íñiguez
04/12/2018

Todavía sentía el dolor de los golpes recibidos en su cuerpo. Óscar se agitaba inquieto en el catre. Su hermana. “¿Qué había sido de su hermana?”, pensaba. Era la tercera vez que llevaban al pequeño Óscar al orfanato, por lo tanto, la tercera vez que lo separaban de su hermana. Lo que no sabía es que habría de permanecer allí hasta la mayoría de edad.

Huérfano de nacimiento, la única persona que lo quería en el mundo era su hermana mayor. Al cuidado de su tío, un tipo indeseable que andaba siempre borracho, los dos niños no conocieron más educación que la de los golpes y malos tratos. Sin embargo, a su hermana la recordaba como a un ángel. Un ángel de azulado camisón que le contaba cuentos. Aquel ángel que con ágiles movimientos se anticipaba al golpe del borracho para que el pequeño Óscar no lo recibiera. Aquel ángel cuya suave y blanca mano quedara marcada por la hebilla de un cinturón blandido por un puño cobarde.

En el orfanato Óscar conoció un ambiente severo y hostil. Entre chicos de la calle, lenguaje de la calle y desesperanza de la calle. Pasaron días y días. Pasaron noches y noches. Óscar seguía pasando noches inquietas. Sus sueños, siempre para su hermana. “Sólo ella me quería.” “¿Dónde estás hermana?” Al principio soñó su rostro pero luego todo empezó a difuminarse: ángeles, suaves ademanes, manos blancas. Olvidó su rostro. Y, en los últimos años de orfanato, sólo fantasmas de camisones azulados velaban por él y le contaban cuentos.

 *    *    *

 Hacía dos meses que Óscar había cumplido los dieciocho años. Sentado en el banquillo de los acusados esperaba con pavor el veredicto. Él sólo se había emborrachado pero alguno de sus colegas llevaba droga. Se había terminado el orfanato. Si le condenaban, le esperaba la cárcel. Sintió un miedo atroz. Sólo había visto un par de veces a la abogada de oficio que le habían asignado. Le parecía demasiado joven.

 --En pie, ordenó el juez.

 Se abrieron las puertas de la sala. La abogada defensora apareció cubierta con la toga. Avanzó suavemente hacia el estrado. Se apoyó en la mesa del juez y ambos cruzaron algunas palabras. Luego la joven letrada miró a Óscar. Le sonrió dulcemente y le tendió la mano.

El muchacho, con lágrimas en los ojos, dirigió la mirada a la mano marcada de su hermana. Se la estrechó con fuerza y ella le dijo: “ya es hora de que volvamos a casa.”

Los sueños siguientes devolvieron a Óscar el rostro olvidado, la dulzura, las manos blancas. Y fantasmas de camisones azulados le siguieron velando con amor y contándole preciosas historias hasta el fin de sus días.