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el ojo que muerde

Fernando Bartolomé: Bruno Solano, padre de la química aragonesa y buen hijo

 

Bruno Solano, por Daniel García-Nieto. -

Daniel García-Nieto Daniel García-Nieto
07/07/2019

En 1885, la sospecha de que las aguas del canal Imperial podían contagiar el cólera, alarmó a los vecinos de Zaragoza. Bruno Solano (Calatorao, 1840- Santander, 1899), catedrático de química, las analizó y extrajo esta conclusión: «El sueño de mi vida; mi vida misma, es mi madre; para tranquilidad de todos yo no tengo inconveniente en dar de beber a mi madre las aguas consideradas sospechosas». La ciudad estaba a salvo, gracias al padre de la química aragonesa.

Bruno Solano fue el primer decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza. El camino no fue fácil. Si las leyes educativas del siglo XX se distinguen por matarse unas a otras (La LOGSE muere a manos de la LOCE, que a su vez perece asesinada por la LOE…), las del XIX son puro genocidio. «En 1868, la DPZ y el Ayuntamiento de Zaragoza montan unos estudios de física y química, en el antiguo edificio de la Magdalena, que son periódicamente prohibidos por la ley de turno. En 1890, Bruno Solano, profesor de química en la Facultad de Medicina, da un puñetazo sobre la mesa y habla con el senador por la Universidad de Zaragoza, Julián Calleja, y el ministro de Fomento, José Luis Albareda, que dará un permiso provisional», relata el investigador Fernando Bartolomé, un físico que trabaja en el ámbito de la físico-química de materiales y habla con simpatía de alguien a quien tanto debe la ciencia aragonesa. Con el visto bueno de otro minuistro de Fomento, Segismundo Moret, echa a andar la Facultad de Ciencias de Zaragoza y ya nunca decae. Las huella del químico es grande y profunda. Cuando Santiago Ramón y Cajal escribe sus Recuerdos de mi vida, pone a todos sus profesores a caer de un burro, menos a Bruno Solano: «Es como si hubiera tenido una revelación con la química y la naturaleza. Cajal, que de joven era un bala, mal estudiante y boxeador, comienza su carrera al Nobel gracias a Solano». Su discurso de inicio del curso académico de 1887, La química en el espacio, ofrece una visión de la química orgánica de la época muy esclarecedora: «Conocían los ingredientes, pero no cómo estaban organizados los átomos». Bartolomé glosa un antiguo dicho científico: «Cuando un viejo profesor dice que algo es imposible, siempre se equivoca». En esta conferencia, Solano afirma que jamás seremos capaces de ver los átomos. «Y dada su longitud de onda, jamás podremos verlos con luz, eso es cierto. Y hoy los vemos con Rayos X, y también con electrones, gracias a efectos cuánticos que ni Solano ni nadie podía vislumbrar todavía, aunque estaban a punto de revolucionar nuestra comprensión de la naturaleza. En cualquier caso, fue un discurso que hizo época», asegura Bartolomé.

Bruno Solano, por Daniel García-Nieto.

Bruno Solano fundó la Escuela de química de Zaragoza, que se encuentra entre las mejores del mundo. A ella pertenecen científicos de la Facultad de Ciencias y de varios institutos de la Universidad y del CSIC en Aragón.

El profesor no fue un gran científico porque no generó nuevo conocimiento, como sí hicieron sus seguidores. «Solano tiene tres discípulos: Paulino Savirón, que desarrolló la química del cemento y logró hacer fortuna en el negocio de las cementeras; Gonzalo Calamita, que trabajó en la producción del azúcar de remolacha; y Gregorio Rocasolano, especialista en la bioquímica de las levaduras de la harina y del pan, y que es el vértice científico de la Escuela de química de Zaragoza», afirma Bartolomé. Todos ellos trabajaron en la incipiente industrialización de un Aragón que se desperezaba de su sueño rural.
Solano, que pagó de su bolsillo un viaje a París y Oslo para estudiar la filoxera, no logró, como sí hicieron sus aventajados alumnos, hacer fortuna. Jamás se casó ni se le conoció veleidad amorosa alguna. Murió pobre. Tanto, que sus compañeros le pagaron el funeral. Por lo menos, le enterraron junto a su amada madre, en Torrero.

Fernando Bartolomé: Doctor en Física e investigador del CSIC en el Instituto de Ciencia de Materiales de Aragón, se mueve entre imanes macroscópicos y nanoestructurados. En las últimas elecciones municipales formó parte de la lista del PSOE al ayuntamiento de Zaragoza. De más joven jugó al waterpolo.