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La ficción épica de Ortiz Echagüe en Ansó

 

‘Novia ansotana’ (1926). - Museo de Zaragoza

‘Dos ansotanos’ (1926). - Museo de Zaragoza

Chus Tudelilla Chus Tudelilla
07/07/2019

El entusiasmo de Marín Sancho por los resultados obtenidos en el II Salón Internacional de Fotografía de Zaragoza, celebrado en el salón de fiestas del Centro Mercantil, a iniciativa de la Sociedad Fotográfica, quedó de manifiesto en la reseña que hizo para la revista Aragón del SIPA, organismo colaborador de la iniciativa al que pertenecían la mayoría de los organizadores. «Aragón renace, y no solo para los aragoneses; renace para el mundo entero». La mejor prueba era el gran éxito del II Salón, al que acudieron fotógrafos de veinte países, y la exposición de una selección de 570 fotografías, que fue visitada por más de 30.000 visitantes. Tras una extensa reflexión sobre la fotografía, sus relaciones con la pintura, las razones para considerarla arte y no un mero entretenimiento trivial, y la atención a los más diversos procedimientos técnicos, elige entre todos los fotógrafos a Ortiz Echagüe, presente con siete fotografías de ambiente ansotano que decidió donar a la Casa Ansotana, ambientada en 1924 en el Museo de Zaragoza a iniciativa de Eduardo Cativiela, secretario del SIPA, con quien Marín Sancho inició su comentario, a modo de conversación.

José Ortiz Echagüe (Guadalajara, 1886-Madrid, 1980) ya se había presentado al I Salón con seis fotografías, pero fueron las del II Salón las que llamaron la atención pues documentaban, con su particular estilo tardopictorialista, la esencia de uno de los lugares de la geografía española que resistía el impulso de la modernización: Ansó. Aquellas fotografías, que llevan por títulos En el portal, En el atrio, Devotas ansotanas, Mozo de Ansó, Novia ansotana, Tipo de Ansó y Rincón de Ansó, respondían al propósito que guiaba al reconocido fotógrafo Ortiz Echagüe: «Si la fotografía puede conseguir algo duradero como arte, ese algo se halla en esta dirección, en la que tiene un campo más amplio, un campo en el que el interés, el sentimiento artístico (...) conectan de manera poderosa, con todo el interés de documentar épocas por cuyas características y costumbres tienden hacia una extinción rápida».

Respecto a los métodos utilizados, manifestó: «No entiendo por qué los artistas fotógrafos tienen esa marcada tendencia a hablar principalmente de los métodos empleados, en vez de las emociones que han logrado comunicar a través de sus negativos»; e insistió en su rechazo a ser considerado pictorialista, pues su intención nunca fue imitar la pintura desde la fotografía. Estudiosos de su obra, como Fontcuberta, han señalado entre los precedentes de Ortiz Echagüe a Edward S. Curtis, quien entre los años 1907 y 1934 documentó tipos, indumentarias y costumbres de las diferentes tribus indias de Norteamérica, haciéndolos posar de modo idealizado en un paisaje sublime en riesgo de desaparecer, lo que implicaba, en cierto modo, negar su derecho a evolucionar.

Esta contradicción aparece en las fotografías de Ortiz Echagüe y también en las imágenes de quienes ansiaron preservar las supuestas esencias de un país, España, que a comienzos del siglo XX necesitaba con urgencia poner el reloj en hora.

LA BELLEZA DE LA LOCALIDAD / El 22 de noviembre de 1923, El Diario de Huesca publicó un artículo de Ramón Acín sobre la villa de Ansó, donde había pasado parte del verano. «Sin duda alguna, dos de las emociones estéticas más intensas que se pueden sentir y gozar en la vida, son las visitas a las villas altoaragonesas de Fraga y Ansó. (...) Cuando abandoné Ansó, sentí una más gran pena al tener que dejar aquel paisaje recio, con aquellos hombres de tal planta y aquellas mujeres que embutidas en aquellos sayales maravillosos caminaban cachazudas, con majestad de reinas y con unción de monjas; que palacio y convento a un tiempo parece la villa de Ansó; ideal palacio, convento ideal, llenos y vivientes, pero sin monjas y sin reinas...».

No dudó Acín en hacer propuestas en ese y otros artículos con el ánimo de impedir que la civilización «la pseudo civilización, que esto habría que discutirlo», diera al traste con tanta belleza: crear la Universidad de Estudios Aragoneses y un Museo del Traje en Huesca, organizar certámenes anuales del uso del traje regional, publicar una guía para propios y extranjeros, contribuir activamente con las tareas de la asociación Turismo del Alto Aragón, creada en 1912, solicitar apoyo a las instituciones... Respecto a la constancia en el uso del traje regional español, no tenía dudas sobre quién lo merecía: «un ansotano mocetón, asiduo llevador del traje castizo de su pueblo. Don Miguel Navarro, hombre rico y amigo de viajar, motivos ambos que demuestran bien a las claras que no viste el calzón y la blusica y calza alpargatas abiertas y se toca con el pañuelo y el sombrero típicos por razones de economía ni espíritu de rutina ni limitación de horizontes, sino por amor a lo suyo; por saber armonizar el confort que trae el progreso de hoy (en su casa no falta detalle de bienestar) con lo sano y fuerte y bello que queda de ayer». Armonizar, ese parecía ser el término más adecuado.

El teniente e ingeniero militar José Ortiz Echagüe, que en 1923 fundó la empresa Construcciones Aeronáuticas CASA, se inició en la fotografía en 1903 y en 1916 comenzó la serie Tipos y trajes con la intención de capturar en sus imágenes «el heroísmo de lo real», tras la decepción que a nivel personal, en una familia de militares, y colectivo había supuesto la pérdida de referencias y de símbolos que siguió al Desastre del 98. Durante más de sesenta y cinco años viajó por toda la geografía española para documentar aquello que el progreso haría desaparecer.

De Ansó pudo saber a través de muy variadas fuentes, literarias (Pérez Galdós, por ejemplo), artísticas (Sorolla, otro ejemplo), o directas (las mujeres ansotanas que en invierno vendían té de roca procedente de París o Suiza, y hierbas del Pirineo, por las calles de Madrid) y, por supuesto, a través de sus amigos en Aragón, como el fotógrafo Eduardo Cativiela, educado en el extranjero, que heredó de su padre, Pedro Cativiela, natural de Ansó, la pasión por la etnología pirenaica. Sea como fuere, Ortiz Echagüe visitó Ansó en 1926, fecha de las fotografías que presentó al II Salón de Zaragoza, en las que monumentalizó a los tipos ansotanos, elevándolos a la categoría de arquetipo, recreando en sus cuidadas composiciones y excelentes tirajes al carbón, una ficción épica, en palabras de Fontcuberta, que permanece inamovible en un tiempo que aspiró a ser eterno y ajeno a la modernidad. En 1929 se publicaron dos libros en Berlín, Spanische Köpfe (Cabezas españolas) de Ortiz Echagüe y Antliz der Zeit (El rostro de nuestro tiempo) de Sander. Dos maneras de ver y dirigir la mirada.

   
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