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El Chulucu

Gijón

 

Íñigo Íñiguez Íñigo Íñiguez
13/09/2019

¡Qué dura es la vuelta de las vacaciones! Cuando era un chaval y volvía con mi familia de mi amado Gijón (lugar en el que nací) lloraba amargamente en el coche y, más aún, al entrar en nuestra casa. Una casa seca y asfixiante, desprovista de la humedad marina y del adormecedor rumor del Cantábrico. Se habían terminado de golpe y porrazo la libertad de horarios, los interminables juegos con mis primos asturianos, las estimulantes comidas en prados y merenderos… Para colmo, casi siempre me esperaban los temidos exámenes de septiembre.

Hoy, ya adulto, no puedo evitar los mismos pinchazos en el corazón que sentía hace más de cuarenta años. La vuelta de Gijón (“la antesala del paraíso” suele decir mi hermano) sigue siendo muy dura. Tan solo queda mitigada cuando en el tren aprieto la mano de mi esposa y porque ha desaparecido la angustia de los exámenes de septiembre. Probablemente no he madurado lo suficiente o, tal vez Gijón, sea cada día más hermoso. O ambas cosas.

Gijón sigue siendo para muchos un lugar a descubrir. Y me alegro. En mi caso, a los inmaculados recuerdos infantiles de cada verano: los juegos en el parque Isabel la Católica nutrido de animales de distintas especies, los memorables partidos de fútbol sobre la arena mojada de la playa de San Lorenzo, las excitantes correrías nocturnas con mis primos y sus dos perros sobre la arena seca y fría de la misma playa, el delicioso chocolate con churros al que nos invitaba mi abuelo en el entrañable café Dindurra… se une el vigoroso presente de una ciudad que rebosa naturaleza, magia y belleza por los cuatro costados. Pero solo hablaré de dos de ellos. Los que se extienden a ambos lados de la imponente playa de San Lorenzo. En uno de ellos; las termas romanas, la iglesia de San Pedro y el cerro de Santa Catalina se dibujan en el límite del arenal, a veces acariciados, a veces embestidos por el veleidoso oleaje del Cantábrico.

El otro… el otro es mi favorito. La playa queda dividida en escaleras. Hay veinticuatro. Pasado el río Piles se llega a la escalera número 16. De ahí al final mi cabeza solo gira a la izquierda. Desaparece la arena. Solo rocas y mar. Mar y rocas. En cada parpadeo de mis ojos pierdo un mundo. Sí, es un mundo de mar y rocas pero… a cada milésima de segundo ese mundo cambia. Y es una lástima perdérselo. Camino deprisa. Llego a la escalera 23. Salto un murete de cemento y busco mi asiento de piedra. Estoy al borde del acantilado y no veo más que belleza. Mar y cielo confundidos van mudando sus colores segundo a segundo. Algunas olas se alzan insondables y misteriosas para desvanecerse en un inmenso y apacible lago. Otras enloquecen de espuma y vigor golpeando las paredes musgosas del acantilado y, dejando ver en su huida, fugaces remansos de agua limpia y azul. Respiro intensamente. Vivo. No quiero irme de allí. Quiero descansar allí. Porque no pienso, no sueño. No imagino, no creo, no fantaseo. No lo necesito. Es la inmensa creación la que me envuelve, la que me llena de energía, la que me besa, la que me acaricia, la que me calma… Quiero seguir descansando y, algún día, morir allí. Aunque al borde de ese acantilado no creo que uno se pueda morir. Y si se muere, la muerte pierde su condición de vacío, de la nada, de la negrura. Aquí arriba solo puede tornarse en un hermoso sueño sereno, plácido y eterno.

Cuando acomodo mi cabeza en la ventana del tren se asoman los valles majestuosos y casi fantasmales del trayecto Gijón-León. En realidad son fragmentos, retazos de paisaje, porque abundan los túneles. Hay sesenta y tres. Otra vez la belleza se modifica en cuestión de segundos. Tal vez se construyeron tantos túneles porque los ojos eran incapaces de resistir tanta hermosura. Vuelvo a apretar la mano de mi esposa.