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Intolerantes

 

Dice el diccionario que tolerancia es «resistir, soportar, especialmente un alimento o una medicina», luego los intolerantes son los que no lo resisten o soportan esos alimentos.

Cada vez más, algunos clientes de restaurantes presentan como intolerancia, incluso alergia, lo que antes se consideraba, simplemente, como manía a la hora de comer. Salvemos de esta columna a los celíacos diagnosticados, a los que sí sufren alergias y a los intolerantes que sufren con la ingesta de determinados alimentos. Y vayamos a por el resto.

Reduciendo al absurdo y asumiendo el respeto para todo ser humano –no entremos en los animales de compañía, que daría para más de una risa− todos los restaurantes deberían estar perfectamente preparados para atender a cualquier suerte de diferencia. Cojos, ciegos, gentes en sillas de ruedas, deberían poder transitar sin problemas por ellos. Y su comida tendría que atender a desdentados –que les piquen las almendras tostadas−, niños muy pequeños –trituren el bistec, por favor−, mancos de ambos brazos –camarero, dele de comer con la cuchara−, además de adecuar las sillas y mesas a las diferentes estaturas y tamaños de las personas, etc.

El anterior párrafo se antoja una imbecilidad, pero no parece serlo el alejar el huevo duro de una ensalada ilustrada, para que no se enoje el vegano; elaborar la tortilla de bacalao sin cebolla, porque no le gusta al señor; pedir el steak tartar muy hecho, porque no soporta la carne cruda; exigir quitar el jamón a la menestra, pues se es vegetariano; o rechazar la tapa con bonito, porque su pesca acaba con la vida marina.

Respetables opiniones si no se imponen a los demás. Uno, que lleva el mismo reloj desde hace décadas, jamás se ha pronunciado para que prohíban las relojerías; simplemente, no las consume.

Intolerantes son ellos. Los que perturban a los honrados cocineros, sofocan a los escasos camareros que les sobreviven y molestan a quienes simplemente queremos disfrutar con la comida. Con toda o, al menos, la que nos gusta.

La otra no la pedimos: para eso se inventaron las cartas.